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La Prisionera Del Comandante Declan

La Prisionera Del Comandante Declan

Status: Terminada
Genre:Esclava / Sirvienta / Ascenso de clase social / Dominación / Amor tras matrimonio / Completas
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.

NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Navira

El silencio de mi alcoba, que antes me resultaba reconfortante, se convirtió de pronto en una prisión de cristal. Las doncellas habían dejado una pequeña bandeja de plata sobre mi tocador con la correspondencia del día. Entre las invitaciones a bailes y los informes de suministros para Sundergard, había un sobre amarillento, sin sello real, con una caligrafía que reconocería incluso si estuviera ciega.

Mis manos empezaron a temblar antes de tocarlo. El aire se volvió espeso, como si el frío de Vaelkoria hubiera decidido congelarme los pulmones desde adentro.

Abrí el sobre con dedos torpes. Solo había una hoja.

> "Navira, pequeña rata de Sundergard. ¿De verdad creíste que un General de hierro podría protegerte de tus pecados? Las cadenas de plata no ocultan quién eres. Te vi arder una vez, y te veré suplicar de nuevo. No importa cuánto te escondas en su cama; sigo siendo el dueño de tus pesadillas. Pronto, volverás a donde perteneces: a mis pies."

>

La carta cayó al suelo, pero el daño ya estaba hecho. Varek. El nombre que había intentado enterrar bajo las cenizas de mi aldea. El hombre que me había acosado durante años, que me había perseguido por los callejones oscuros y que había convertido mi juventud en un desierto de terror. Creí que había muerto en el incendio. Creí que el fuego se lo había llevado.

De repente, la Ciudadela se sintió pequeña. El collar de plata me quemaba la piel. Las paredes parecían cerrarse sobre mí. El pánico, ese viejo enemigo, me golpeó con la fuerza de una marea negra. Sentí que no podía respirar, que el sudor frío me empapaba el vestido de seda.

"Vuelve a donde perteneces".

—No —susurré, pero mi voz era un hilo quebrado—. No otra vez.

Empecé a caminar de un lado a otro, tropezando con mis propias faldas. La paranoia se apoderó de mi mente. ¿Y si estaba aquí? ¿Y si Declan no podía detenlo? Varek era una sombra, un monstruo que no entendía de ejércitos ni de leyes. Mi mente retrocedió a las noches en las que me escondía en los sótanos, escuchando sus pasos sobre mi cabeza, sus amenazas susurradas a través de las grietas.

Sentí una necesidad desesperada de sentir algo real, algo que no fuera este miedo paralizante. Mi mirada cayó sobre un abrecartas de plata sobre el escritorio. Era afilado. Brillaba con una luz cruel.

No era un intento de morir; era un intento de despertar. Quería que el dolor físico acallara los gritos de mi pasado. Tomé el metal y, con manos frenéticas, lo presioné contra mi antebrazo, justo debajo del encaje de la manga. El dolor agudo fue un alivio momentáneo, un ancla en medio de la tormenta de pánico.

Justo en ese momento, la puerta se abrió. Mila y Elara entraron con jarras de agua fresca, riendo por algo que Kael les había dicho.

El silencio que siguió fue absoluto.

El abrecartas cayó de mi mano, tintineando contra el mármol. Mi brazo sangraba levemente, manchando la manga de mi vestido esmeralda. Yo estaba de pie, pálida como un cadáver, con los ojos desorbitados y la respiración entrecortada.

—¡Señorita Navira! —gritó Mila, dejando caer la jarra, que estalló en mil pedazos de cerámica—. ¡Por los dioses! ¡¿Qué ha hecho?!

Elara corrió hacia mí, tratando de sujetarme, pero yo retrocedí, chocando contra el ventanal.

—¡No me toquen! —grité, mi voz rompiéndose en un sollozo—. ¡Él viene! ¡Él está aquí!

—¿Quién, señorita? ¡No hay nadie! —Elara estaba llorando de terror al ver mi estado.

—¡Llamen a Declan! —supliqué, dejándome caer de rodillas entre los trozos de cerámica y el agua derramada. Mi orgullo se había evaporado; solo quedaba la niña asustada de Sundergard—. ¡Llámenlo ahora! ¡Díganle que lo necesito! ¡Por favor!

Mila salió corriendo de la habitación, sus gritos pidiendo por el Comandante resonando por todo el pasillo. Elara se arrodilló a mi lado, tratando de limpiar la sangre de mi brazo con su delantal, pero yo no sentía nada. Solo veía la caligrafía de Varek en el aire, grabada en mis pupilas.

Pasaron segundos o siglos, no lo sé. Pero entonces, escuché el sonido que mi alma estaba reclamando.

Las puertas de mi alcoba fueron derribadas, no abiertas. Declan entró como un huracán de furia y acero. Llevaba el uniforme desordenado, como si hubiera salido corriendo de una reunión a mitad de una frase. Su rostro estaba blanco, sus ojos azules inyectados en sangre mientras escaneaba la habitación hasta que se detuvo en mí, arrodillada en el suelo, sangrando y temblando.

—¡Fuera! —rugió Declan a las doncellas. Su voz hizo vibrar las ventanas—. ¡Llévense esto y salgan de aquí ahora!

Elara y Mila huyeron aterrorizadas. Declan cruzó la habitación en un segundo, cayendo de rodillas frente a mí. Me tomó de los hombros con una fuerza que me dolió, pero que fue lo único que me impidió desvanecerme.

—Navira… Navira, mírame —dijo, su voz era un trueno contenido, cargada de una angustia que nunca le había escuchado—. ¡¿Qué ha pasado?! ¡¿Quién te ha hecho esto?!

—La carta… —logré señalar con un dedo tembloroso el papel en el suelo—. Él… él no murió, Declan. Varek está vivo.

Declan tomó la carta con una mano mientras la otra me sujetaba con fuerza. Vi cómo sus ojos recorrían las líneas de Varek. Vi cómo el músculo de su mandíbula se tensaba hasta parecer piedra. Su respiración se volvió pesada, peligrosa. El aire a su alrededor parecía cargarse de electricidad estática.

—¿Este es el hombre del que me hablaste? —preguntó, su voz ahora era un susurro letal—. ¿El que te perseguía en Sundergard?

Asentí, enterrando mi rostro en su pecho, manchando su camisa blanca con mis lágrimas y la sangre de mi brazo.

—Tiene razón, Declan. Las cadenas no me protegen. Él va a encontrarme. Él siempre me encuentra.

Sentí sus brazos rodearme con una fuerza feroz, casi asfixiante. Me apretó contra él como si quisiera fundirme con su propio cuerpo, como si su armadura de hierro pudiera protegerme de los fantasmas.

—Escúchame bien, Navira —dijo, obligándome a levantar la vista para que viera la promesa de muerte en sus ojos—. Nadie vuelve de entre los muertos para tocar lo que es mío. He quemado ejércitos por menos de lo que dice esta carta. Si ese bastardo respira el mismo aire que tú, juro por mi linaje que le arrancaré el corazón con mis propias manos.

Él tomó mi brazo herido, mirando el tajo con una mezcla de rabia y una tristeza infinita. Me besó la muñeca, justo al lado de la herida, con una ternura que me partió el alma.

—No vuelvas a hacerte esto —suplicó, y por primera vez, el Comandante Supremo sonaba vulnerable—. No te lastimes porque una sombra te ha asustado. Yo soy tu sombra ahora. Yo soy el monstruo que asusta a los monstruos.

Me quedé allí, envuelta en su calor, sintiendo cómo el pánico empezaba a ceder ante la presencia abrumadora de Declan. Él me levantó en vilo y me llevó a la cama, sentándome en su regazo mientras buscaba gasas para vendarme.

—No voy a dejarte sola ni un segundo —sentenció, limpiando la sangre con delicadeza—. Kael ya está movilizando a los rastreadores. Encontraremos a Varek antes de que el sol se ponga, y te prometo, Navira, que lo último que verá en este mundo será mi rostro antes de que lo mande al infierno de verdad.

Me aferré a su cuello, ocultando mi cara en su hombro. El miedo seguía ahí, pero ahora tenía un escudo. Tenía un animal a mi lado que no entendía de miedos, solo de conquista.

—Gracias —susurré.

—No me des las gracias —respondió él, dándome un beso en la sien mientras terminaba de vendarme—. Solo prepárate. Porque cuando atrape a ese hombre, voy a dejar claro a todo Vaelkoria que Navira no es solo mi mujer. Es mi vida. Y nadie amenaza mi vida y vive para contarlo.

Me quedé dormida en sus brazos, escuchando el latido constante de su corazón, sabiendo que la guerra ya no era solo por un reino, sino por mi propia alma. Y Declan estaba ganando.

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Silvana Beatriz Velazquez
maravillosa historia 😍. Solo me hubiera gustado un extra con el nacimiento del bebé y unos años después mostrando su carácter.
Elsa Martinez Gonzalez
MAGNÍFICA
Paola Cordero
Jajajjaja y jajajjajajajjaja como todo hombre super exagerado jajajajajajsjajsjjs
karla yustiz garcia
🤣🤣🤣🤣 la vitamina N
Olinda Bernales Bertolotto
Siempre lindo... nunca decepciona leer tus libros.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄
Sharon Mendoza
precioso
Sharon Mendoza
precioso
karla yustiz garcia
se lee tan buena 👏👏
karla yustiz garcia
será que hay fotos de ellos 🤔
karla yustiz garcia
a mi también 🤭
karla yustiz garcia
me encanta 😍😍
karla yustiz garcia
😍😍 que bello
Viviana Lopez
Espléndido
Irene Covarrubias
creo que fue muy sutil 🤣🤣
Rosa Villena
Bellísima historia, me encantó, gracias, gracias ❤️🥰
Elilu 🇲🇽
jajaja no pues viéndolo por ese lado Declan tiene razón es un gran avance en la relación de peros y gatos que se traen ustedes dos.
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