En el continente de Saderia, un lugar mágico, hermoso y medieval todas las razas de seres convivían en paz. Pero la raza de los dragones por su prepotencia , decidieron ellos ser la raza dominante y comenzó una guerra con los humanos, elfos, trolls y Orcos gigantes. Cuando los dragones estuvieron a punto de ser derrotados la reina de los dragones hizo un ritual y creó en el círculo del fin al primer y único sangre de Dragon conocido como El Oscuro. Este ser salvó a los últimos 4 dragones y los repartió por todo el continente. 100 años después un joven llamado Reinders es la primera reencarnación de El Oscuro el cual se encuentran de casualidad uno de los cuatro dragones en una chica ,comenzó así su aventura , su enfrentamiento con su destino.
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CAPÍTULO 20: El RUGIDO DEL DEVASTADOR.
El silencio de las minas era casi insoportable.
Solo los pasos apresurados de Mar, Reinders, Estu y Trok rompían la oscuridad mientras huían entre los túneles iluminados por las runas enanas. A lo lejos, el eco de los gritos demoníacos resonaba como un recordatorio de su derrota y del enemigo que habían liberado. Reinders respiraba con dificultad. La sangre aún corría por una herida en su hombro.
—Sigue adelante —dijo, con la voz ronca—. No te detengas, Mar.
Ella lo sostenía casi a la fuerza, sus ojos cargados de frustración y rabia. Elsa se había quedado, ahí en las fauces de la bestia.
—No te atrevas a morir, ¿me oyes? No después de todo esto.
—No planeo hacerlo —intentó sonreír, pero apenas podía sostener la espada—. Coleman no me lo permitiría.
Trok miraba hacia atrás, con el rostro endurecido por el dolor.
—Perdimos las minas…, su amiga, y quizás algo peor.
Cuando al fin emergieron a la gran bóveda de Ertad Triber, los enanos los recibieron con alarma. Campanas de piedra comenzaron a repicar en señal de refugio. Reinders cayó de rodillas, exhausto. Estu se arrodilló junto a él. —Debemos reagruparnos. Elsa aún está allá afuera…
Mar apretó los puños.
—Y no pienso dejarla atrás.
El surgimiento de la Emperatriz Dragón Demoníaca nacería del mismo Valor
Mientras tanto, en las profundidades que habían dejado atrás, un rugido estremeció la montaña.
Valor, el Demonio de la Devastación, se alzaba ante un altar de obsidiana. A sus pies, una figura femenina temblaba: Elsa. Su cuerpo estaba cubierto de heridas, su respiración entrecortada.
—Tu fuerza es interesante, pequeña —dijo Valor, su voz reverberando como un trueno que nacía del mismo infierno—. La devoción… el amor… la culpa. Todos esos sentimientos me resultan útiles.
—No… —susurró Elsa, levantando la mirada—. No me usarás…
Valor extendió su mano, y un fuego carmesí la envolvió.
—Ya es tarde. No es uso, es ascensión. Te concedo una parte de mi llama eterna.
Una esfera de magma oscuro atravesó su pecho. Elsa gritó, su cuerpo elevándose en el aire, rodeado por fuego y sombras.
Su piel brilló como metal fundido; sus alas se abrieron, convertidas en enormes láminas de lava viva. Su cabello, antes rojo claro, se tornó carmesí.
Cuando sus ojos se abrieron, el fuego danzaba dentro de ellos.
Valor la observó, satisfecho.
—Levántate, Emperatriz Dragón de Lava Demoníaca.
Elsa cayó de rodillas, temblando. Su voz, entre humana y rota, susurró:
—Reinders… perdóname…
Pero los refuerzos estaban en camino.
A la entrada de la comunidad del Dragón, Creta descendió desde el cielo. Los aldeanos miraron con temor al horizonte. De entre el humo de las montañas surgió Elsa, envuelta en fuego demoníaco, caminando como una diosa caída.
—Elsa… —Creta bajó su arma lentamente—. ¿Qué te han hecho?
Elsa no respondió. Solo levantó una mano, y una llamarada rugió hacia ella. Creta saltó hacia un costado, el suelo se abrió bajo sus pies.
El combate comenzó.
Golpe contra golpe. Fuego contra viento.
Elsa era una tormenta de poder, cada movimiento suyo incendiaba el aire. Pero Creta, ágil y determinada, logró resistir con la fuerza de su linaje dracónico. En un choque final, ambas se impulsaron con todo. El impacto generó una explosión que destrozó la roca alrededor. Cuando el humo se disipó, ambas seguían de pie, heridas, jadeando.
—Aún… queda bondad en ti, ¿verdad? —dijo Creta, con la voz suave.
Elsa tembló, lágrimas de magma cayendo por su mejilla.
—No sé cuánto tiempo más resistiré…
Un destello rojo cruzó sus ojos. Valor la llamó desde lejos. Y Elsa, con un rugido, desapareció entre las llamas.
Creta cayó de rodillas, respirando hondo.
—Reinders… tienes que salvarla antes de que sea demasiado tarde.
El cielo se tiñó de rojo sobre las montañas cuando Drop, el general de la Comunidad del Dragón, se alzó frente al demonio. La noticia de Estu fue dada a la perfección y el hombre más fuerte del mundo en ese momento se encontraba cara a cara contra en villano del mundo. Su armadura dorada y blanca brillaba bajo la luz sangrienta del crepúsculo. Valor lo miró con una sonrisa imponente.
—Esa presencia… —murmuró—. Tu alma… me resulta familiar.
—Soy Drop de la Espada Dorada. Protector de los pueblos libres.
Valor rió, el eco de su voz temblando en las montañas.
—No, no… Eres algo más. Eres la chispa de aquel que me selló.
—¿Qué estás diciendo?
—Tienes la voluntad del Rey Coleman.
Drop empuñó su espada, una luz divina surgiendo de ella.
—Entonces esto será justo. Un humano te selló antes y uno volverá a hacerlo.
El choque fue brutal. Valor habia adoptado su forma pequeña de deos metros, y no se movía, pero cada golpe de Drop hacía temblar el suelo. La velocidad del caballero era inhumana, su espada una ráfaga dorada. El demonio, sin embargo, lo bloqueaba con una sola mano. La forma de Rey de la Guerra no era suficiente.
—Interesante. Has alcanzado el primer nivel del Rango de Genio. Lo sé por tu aura dorada, la habilidad pata modificar la estructura de tu maná para hacerte más fuerte.
Drop saltó hacia atrás, jadeando. —¿Y tú?
—Yo estoy en la cúspide del cuarto nivel.
Antes de que Drop pudiera reaccionar, Valor desapareció. En un instante estaba frente a él. Su puño, envuelto en energía carmesí, impactó directamente en el pecho del caballero.
La tierra se partió. Drop cayó al suelo, su armadura destrozada.
Valor lo sostuvo por el cuello, elevándolo.
—Eres digno… pero todavía pequeño.
Lo arrojó lejos, y su voz resonó con desprecio y respeto al mismo tiempo:
—Eres el más fuerte desde Coleman… pero aún no eres él.
Antes de que pudiera acabarlo, una ráfaga de viento cortó el aire. Creta apareció, gravemente herida, sosteniendo a Drop por el brazo.
—¡No lo tocarás!
Y desaparecieron en un destello de runas antes de que Valor alcanzara a reaccionar. El demonio los observó marcharse y sonrió con lentitud.
—Que huyan… necesitaré entretenimiento cuando empiece la Devastación.
La Cumbre de los Reinos estalla.
En el gran salón del Reino de Astrea, las antorchas ardían con intensidad. Reyes, generales y embajadores de todo el continente estaban reunidos.
El aire era espeso, lleno de tensión y miedo.
El Rey Aldor se levantó, su voz grave.
—Valor ha regresado. Los informes de Nordia y el Bosque de la Luz lo confirman. Si no hacemos algo ahora, no habrá mañana.
El Rey Einar de Nordia golpeó la mesa.
—¡No uniré mis fuerzas con orcos ni elfos! ¡Preferiría morir de pie!
La Reina Lyra de los Elfos se puso de pie con una mirada fría.
—Y morirás de verdad si no lo haces, testarudo humano.
El Jefe Orco Grumak gruñó.
—Valor destruyó mi frontera norte. ¡Ya no tengo territorio que defender! Lo que quiero es venganza.
El silencio cayó por un instante.
Aldor los observó, y finalmente habló con una calma solemne:
—Entonces formemos lo que nuestros antepasados no pudieron.
—¿Qué propones? —preguntó Lyra.
—Una alianza. No por gloria, sino por supervivencia.
—¿Y quién la comandará? —preguntó Einar, escéptico.
—No un rey —respondió Aldor—. Sino un símbolo. El portador de Coleman. Aquel que llaman el Oscuro, Reinders.
Los murmullos recorrieron la sala.
—Reinders… —susurró Lyra—. El heredero de los Dragones.
Finalmente, los cuatro líderes se pusieron de pie y entrelazaron sus manos sobre la mesa de mármol.
—Por los vivos y los caídos —dijeron al unísono—.
—Por la Alianza de los Reinos.
Las antorchas ardieron con una llama azul. Y así, el mundo se preparaba para una batalla que haría temblar los cielos.