«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»
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19
¡Ok, hablemos bajito, por favor! Que nadie haga ruidos fuertes porque el ambiente dentro de este auto es absolutamente sofocante. La tensión se puede cortar con un hilo dental. Por un lado, tenemos a nuestra hermosa Tessa, que va en el asiento del copiloto que se muere de la risa por dentro; y por el otro, a Luciano, que va al volante tratando con todas sus fuerzas de no morir del puro coraje.
Luciano llevaba las dos manos apretadas contra el volante de cuero, cambiando las velocidades con una brusquedad que hacía sufrir la transmisión. Tenía la mirada fija en la carretera nocturna de Milán, pero su mente seguía atrapada en el jarrón de rosas del recibidor.
—¿Cómo se atreve? —escupió Luciano, rompiendo el silencio con la voz ronca—. No puede mandarte flores así como así. Es una total falta de respeto.
—¿Por qué no puede? —preguntó Tessa con una calma deliciosa, acomodándose en su asiento —. Es un pretendiente, Lu. Eso es lo que hacen los pretendientes.
—¡Pues no puede porque todavía tu padre no ha autorizado ninguna solicitud ! —bramó el italiano, buscando desesperadamente cualquier regla del protocolo de la mafia para justificar sus celos—. Hasta que el consejo no dé el visto bueno, ningún imbécil tiene derecho a mandarte nada.
«¡Paciencia, Señor, dame paciencia!», . Es que de verdad, este hombre, en vez de ser sincero de una buena vez y abrir el corazón, ¡se hunde él solito en su propia fosa! Es más, Tessa, mi reina, si me estás escuchando, ¡bájate de ese auto ahora mismo y deja que este tarado se vaya completamente solo al cine! Que aprenda a la mala.
—Pues a mí sí me gustó el detalle —continuó Tessa, picándole la cresta al león con una sonrisa angelical—. Me pareció muy romántico. Hacía mucho que nadie me regalaba flores.
—¡Eso no es cierto! —replicó Luciano, indignado, girándose a verla por un microsegundo—. Yo te mando flores todas las semanas. Cada viernes recibes un arreglo en tu casa, porque...
¡Sí! ¡Dile! ¡Díselo ya, pedazo de animal! Dile por qué se las mandas. Dile que te pasas el jueves eligiendo las mejores lilas solo para verla sonreír. ¡Suéltalo!
—...porque adoro a mi hermanita —concluyó Luciano.
Dios... de verdad, ya llévame. Llévame contigo porque yo con este nivel de pendejez colectiva no puedo seguir viviendo. ¡¿Hermanita?! ¡¿Otra vez con la bendita etiqueta?! Te juro que dan ganas de estrellar el auto contra un poste a ver si con el golpe le reacciona el cerebro.
Tessa soltó un suspiro pesado, y la chispa de diversión de sus ojos se transformó en un destello de pura frustración.
—Ah, pues Alfonso lo hizo porque me ve como una MUJER —recalcó ella, subiendo el tono de su dulce voz—. Como una mujer muy bella. Exactamente igual que Yuri esta tarde.
—Ese es otro idiota —gruñó Luciano, acelerando el motor—. Qué mala educación tienen en Rusia, de verdad. Llegar a una casa ajena así, sin ser invitado... o sea, eso no se hace. Es de pésimo gusto.
—Pues a mí me pareció una muy buena idea —lo contradijo ella, cruzándose de brazos—. Cuando algo realmente te interesa en esta vida, no te quedas sentado esperando. Tomas medidas precautorias y actúas rápido antes de que alguien más te gane.
¡Huy! Sutilmente te llamó lento . Te dio una bofetada con guante blanco y la pura verdad es que sí, eres desesperantemente lento. Un caracol con cara bonita.
—¿O es que tú no lo haces así con las mujeres que tienes de pareja? —preguntó Tessa, clavándole una mirada inquisidora.
Luciano soltó una risa seca, intentando recuperar su postura de hombre de mundo.
—Yo nunca he tenido pareja, Tessa. Son solo compañeras... compañeras de juego. Compañeras pasajeras, ya sabes cómo es.
—Ah... o sea, te las coges.
¡¡FIIIIIIIIIIIIIUMMMMMM!!
¡Dios del cielo! ¡Luciano pisó el freno de golpe y las llantas del auto chillaron contra el pavimento con una violencia brutal! Por poco y salimos todos volando por el parabrisas. Nena , ¿estás bien?
El auto se detuvo en seco en medio de una carretera solitaria. El silencio que siguió fue sepulcral, solo interrumpido por el jadeo pesado de Luciano, que se había girado por completo hacia ella con los ojos abiertos como platos, pálido como si hubiera visto al mismísimo diablo.
—¿Qué... qué dijiste, conejita? —tartamudeó Luciano, y juro que la voz se le rompió en tres pedazos.
—Pues así se dice, ¿o no? —respondió Tessa con una franqueza desarmante, mirándolo sin un ápice de vergüenza—. Coger. A mí también me gustaría hacerlo en algún momento.
¡Dios de mi vida! La niña nos salió muy... pero muy franca. Quién diría que detrás de esa carita tierna de ángel había una mujer con las cosas tan claras.
—¿A... hacer qué, conejita? —preguntó Luciano, con la garganta tan seca que parecía que había tragado arena del desierto.
—Pues coger, Luciano —repitió ella, pronunciando cada letra con una naturalidad insultante.
Rojo, azul, amarillo, naranja... mil colores. El rostro de nuestro imponente italiano cambió por mil colores en un segundo. Parecía un semáforo descompuesto. El cortocircuito cerebral de Luciano se podía oler en el aire.
—Tú... tú no eres para co... comer... para eso —consiguió articular, trabándose con sus propias palabras, completamente escandalizado por la idea de que alguien tocara a su hada.
—¿Y para qué soy, entonces? —le soltó Tessa, arrinconándolo contra su propio asiento con esa mirada que exigía una respuesta .
¡Sincérate de una buena vez! Dile que quieres que sea la señora Marchesi, dile que te mueres por meterla en tu cama, ponerle un anillo y que tengan un chingo de hijos corriendo por el jardín de esa casita que ella quiere. ¡Dile la verdad!
—Bueno... tú eres... —Luciano empezó a titubear, mirando sus labios, mirando sus ojos, con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Pero el miedo a romper la única realidad que conocía lo volvió a congelar—. Tú eres mi conejita. Eres... eres especial.
Tessa dejó caer los hombros, y toda la energía y el desafío que tenía encima se evaporaron en un segundo, dejando en su lugar una tristeza tan profunda que me partió el alma. Desvió la mirada hacia la ventanilla, y su dulce voz sonó rota, apagada.
—Olvídalo, Lu... Ya entendí —susurró, y una pequeña lágrima traicionera rodó por su mejilla—. Soy solo para ser tu amiga, tu hermanita de la infancia, y nada más. Qué tonta soy. Quiero hacer el amor, quiero experimentar la vida, ¡y ni siquiera he dado mi primer beso! Qué patética soy de verdad...
¡Ay, Tessa, mi preciosa! No estés triste, mi vida. No eres para nada patética, eres un ángel hermoso. El único idiota, lento y cobarde aquí es el gigante que tienes al lado, que no lo hace con mala intención, sino porque le tiene un pánico terrorífico a perderte si da el paso equivocado. Pero mírenlo... Luciano se quedó helado en su asiento, con las palabras de Tessa taladrándole el pecho: «Ni siquiera he dado mi primer beso». Sus ojos se fijaron en los labios de la chica, y una chispa oscura, salvaje y peligrosa se encendió en su mirada. El lobo finalmente ha sido acorralado por su propia presa.