Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 17: La Furia De Cony
Mientras tanto, en el sector exclusivo de la ciudad, Ricardo llegó al apartamento de Cony. Apenas se abrió la puerta, la modelo se abalanzó hacia él con rostro afligido, intentando reparar el desastre de la mañana.
—Mi amor, qué bueno que estás aquí... Lo siento mucho, yo...
Pero Ricardo no la dejó terminar. La tomó suavemente pero con firmeza por ambos brazos, obligándola a guardar silencio y mirarla directamente a los ojos.
—Esto se acabó definitivamente, Cony —sentenció con una frialdad absoluta—. Entre tú y yo ya no hay nada.
—¿Qué? —exclamó ella, sintiendo que el mundo se le venía abajo—. ¡¿Todo por esa?!
—No, es porque ya no siento nada por ti —respondió Ricardo con total sinceridad, soltando sus brazos—. Así que es mejor no hacerte perder más el tiempo. Te puedes quedar con este apartamento, el auto y las joyas. Son tuyos.
Cony soltó una risa amarga y llena de sarcasmo, echando la cabeza hacia atrás.
—Gracias... Igual que si me estuvieras dando una liquidación, ¿verdad? ¡Como a alguien a quien tiras a la basura porque ya no te sirve!
—Cony, por favor... Últimamente las cosas entre los dos ya no eran iguales —pidió Ricardo, manteniendo la calma.
—¡Claro que no! ¡Desde que esa llegó! —gritó fuera de sí—. ¿Qué le ves, Ricardo? ¡Es una vieja simple, sin ningún tipo de gracia!
—¡Deja de insultar a Renata! —advirtió Ricardo con la voz grave, frunciendo el ceño por primera vez—. No tienes por qué descargar tu rabia con ella. No hay absolutamente nada entre Renata y yo. Pero lo nuestro... se acabó.
Sin dar pie a más reclamos ni dramas, Ricardo dio media vuelta y salió del apartamento, cerrando la puerta tras de sí con firmeza. Sintió una ráfaga de aire fresco al recorrer el pasillo hacia el ascensor, sabiendo que acababa de cerrar un ciclo que debió terminar hacía mucho tiempo.
Al quedar a solas, la rabia de Cony explotó sin control.
—¡Maldita sea! —chilló, agarrando el primer florero de cristal que encontró sobre la consola y estrellándolo con violencia contra la pared.
A ciegas por la ira, comenzó a destruir todo lo que tenía a su alrededor: tumbó los adornos, tiró las lámparas al suelo y rayó los retratos, jurando entre dientes que Renata pagaría muy caro haber destruido su relación con el hombre más poderoso de la ciudad.
A la mañana siguiente, la luz del sol entró suavemente por las cortinas del pequeño apartamento de la familia Solís. La jornada comenzó con el habitual correteo, aunque el ambiente seguía tenso por la actitud de Sergio, quien apenas pronunció palabra antes de salir hacia el colegio, dejando la puerta entornada con frialdad.
—Mamá, por favor, cualquier novedad con el abogado me avisas de inmediato —pidió Mateo mientras se terminaba de arreglar en la puerta para salir a buscar empleo de medio tiempo.
—Sí, mi amor, no te preocupes —respondió Renata, acomodándole con cariño el cuello de la camisa—. Y mantén el teléfono cerca.
—Te quiero, mamá. Que te vaya muy bien hoy.
Renata llegó muy temprano a las Compañías Del Solar, como era su costumbre. El piso presidencial estaba en absoluto silencio. Con la pulcritud de siempre, acomodó la papelería en la recepción, organizó la agenda sobre el escritorio principal de la oficina y corrió a la pequeña cocina a preparar la taza de té recién hecho.
Pocos minutos después, las puertas del ascensor ejecutivo se abrieron y Ricardo apareció en el pasillo, luciendo un traje impecable y con un semblante mucho más relajado. Al ver a Renata esperándolo con la taza humeante en la mano y una sonrisa serena, el cansancio del empresario pareció esfumarse por completo.
—Buenos días, Renata —saludó él, acercándose a paso firme.
—Buenos días, señor Del Solar. Le preparé su té —dijo ella entregándoselo con total amabilidad.
—Muchas gracias, Renata. Por cierto, hablé a primera hora con el doctor Benavides, el abogado principal de la corporación. Estará aquí a las diez de la mañana para revisar los documentos de la citación de la familia de esa mujer. Quiero que esté completamente tranquila: de este asunto nos encargamos nosotros.
—No sé cómo pagarle todo lo que está haciendo por mi familia, señor... —murmuró Renata, sintiendo un nudo de profunda gratitud en la garganta.
—No tiene nada que pagarme —respondió él con voz baja y una calidez que le hizo dar un vuelco al corazón a Renata—. Saber que ustedes van a estar bien es más que suficiente.
Mientras tanto, en un lujoso apartamento sumido en el caos y los destrozos de la noche anterior, Cony terminaba de maquillarse frente al espejo. Con la mirada llena de rabia y resentimiento, tomó su teléfono celular y marcó un número rápidamente.
—¿Sí? Dime —contestó una voz masculina al otro lado de la línea.
—Necesito que me averigües absolutamente todo sobre una mujer —siseó Cony, apretando los dientes con furia—. Se llama Renata Solís. Quiero saber dónde vive, quién es su familia ¡Todo!.
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.