Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 18: El Peso del Silencio
El apartamento de Valentina solía ser su refugio, pero esa noche las paredes parecían cerrarse sobre ella, aplastándola con el peso de un silencio que gritaba.
El episodio había llegado sin avisar, como un ladrón en la noche, pero con una violencia que hacía que los anteriores parecieran meros ensayos.
No fue un simple mareo o una punzada. Fue una avalancha.
Comenzó con una opresión feroz en el pecho, tan intensa que la dobló por la mitad sobre el sofá, jadeando por un aire que se negaba a llegar.
Luego vino el dolor, un cuchillo al rojo vivo que se clavó bajo sus costillas y se irradiaba hacia su brazo izquierdo, entumeciéndolo.
El pánico, un viejo conocido, se desató entonces con una furia nueva, ciega y absoluta. No había espacio para pensamientos racionales, solo para el terror animal de saberse al borde del abismo.
No, no, no, por favor, no. No así. Solo.
Arrastrándose, con la visión nublada por las lágrimas de agonía y miedo, alcanzó el pastillero de emergencia en la mesilla. Sus dedos, entumecidos y torpes, apenas pudieron abrir el compartimento.
La pastilla blanca rodó por el suelo. Un gemido de frustración desesperada escapó de sus labios. Se dejó caer al suelo, frío contra su mejilla, buscando a tientas el pequeño salvavidas. Cuando por fin la encontró, se la metió bajo la lengua con un sollozo, saboreando la amarga promesa de alivio.
Los minutos que siguieron fueron una eternidad de infierno. Acostada en el suelo frío, abrazándose a sí misma, sintió cómo el dolor y el pánico libraban una batalla campal en su cuerpo. Cada latido era un martillazo brutal contra sus costillas, irregular y aterrador.
¿Es esto? ¿El final? ¿Sola aquí, en el suelo, sin haber…?
Sin haberle dicho la verdad. Sin haberle dado la oportunidad de elegir. Sin haber sabido cómo se sentía su mano en la suya en un momento como este.
La imagen de Dante se impuso en su mente, no como un salvador, sino como un testigo ausente.
¿Qué haría él si estuviera aquí? No lloraría. No entraría en pánico. Evaluaría la situación con esa calma exasperante suya. Llamaría a una ambulancia. Le sostendría la mano. Le diría… ¿qué le diría? «Aguanta, Valentina. Respira. No te rindas.»
Y ella, ¿quería que lo viera? ¿Que viera cómo su cuerpo se traicionaba a sí mismo, cómo la fuerza y el sarcasmo se esfumaban para dejar paso a este ser aterrorizado y quebrado? ¿Quería ver la lástima, el horror, o quizás la resignación en sus ojos grises? La idea le dolió casi tanto como el cuchillo en el pecho.
No.
No podía.
Prefería mil veces la soledad de este infierno privado que la humillación de su mirada compasiva. O, peor aún, la obligación de quedarse por pena.
Lentamente, con una agonizante lentitud, la medicación comenzó a hacer efecto.
El cuchillo se convirtió en una punzada sorda, la opresión en una losa pesada pero manejable. El galope desbocado de su corazón se calmó hasta convertirse en un trote irregular y cansado.
El pánico se retiró, dejando a su paso un agotamiento tan profundo que sentía que nunca volvería a levantarse.
Permaneció tirada en el suelo, llorando en silencio, no por el dolor físico que se retiraba, sino por la desolación absoluta que lo seguía.
La fragilidad no era una sombra; era una losa de mármol que la inmovilizaba.
¿Cómo podría construir algo con alguien cuando los cimientos de su propia existencia eran tan endebles?
Fue entonces cuando sonó su teléfono. El timbre, estridente en el silencio post-apocalíptico del apartamento, la hizo sobresaltar. Miró la pantalla con visión borrosa. Dante.
El corazón, traidor, dio un vuelco de alegría antes de que su mente pudiera detenerlo.
¿Contestar? ¿Con la voz quebrada por el llanto y la debilidad? ¿Dejarlo entrar, aunque fuera a través de la línea, en este momento de absoluta ruina?
La tentación fue feroz. Escuchar su voz. Dejarse arrullar por su tono grave, aunque fuera para mentirle. Pero el miedo fue más fuerte. Rechazó la llamada. Dejó que el teléfono se silenciara, ahogando el último vestigio de conexión con el mundo exterior.
Un segundo después, sonó un mensaje. Todo bien?
Tres letras. Una pregunta simple. Y un océano de preocupación tácita detrás. Valentina miró el mensaje, y una nueva oleada de lágrimas, estas de rabia e impotencia, brotó de sus ojos.
¿Qué le decía? ¿La verdad? «Sí, todo bien. Solo estaba en el suelo, luchando por no morir sola.» Imposible.
Con dedos que aún temblaban, tecleó una mentira. Sí. Estaba en la ducha. Todo bien :)
El emoticón le pareció un insulto a su propio sufrimiento. Pero era necesario. La barrera tenía que mantenerse.
Su teléfono sonó de inmediato. Él la estaba llamando de vuelta.
Él sabía.
Él siempre sabía.
Tragó saliva, se secó las lágrimas con el dorso de la mano e inspiró hondo, intentando que su voz sonara normal.
—Hola —dijo, y hasta a sus propios oídos le sonó débil y nasal.
—Valentina —su voz era un bajo vibrato, sereno pero cargado de una intensidad que la traspasó—. ¿Estás segura?
—¡Por supuesto! —forzó una risa que sonó falsa y quebradiza—. ¿Qué iba a estar haciendo? ¿Planificando el derrocamiento del gobierno desde mi bañera?
Silencio del otro lado. Un silencio elocuente, pesado. Podía casi verlo frunciendo el ceño, analizando cada tono, cada pausa en su voz.
—Has sonado… diferente —dijo al fin, con cuidado.
—Es el agua. Le afecta a las cuerdas vocales. Deberías probarlo alguna vez —bromeó, deseando que la conversación terminara, que él se convenciera y la dejara sumirse en su miseria a solas.
—Val —la interrumpió, y el uso del apodo, tan raro en él, la hizo estremecer—. Si hay algo… si necesitas algo…
—¿Como qué? ¿Que vengas a frotarme la espalda? —espetó, el sarcasmo surgiendo como un mecanismo de defensa automático—. Creo que podemos saltarnos esa etapa, Dante. Todo está bien. De verdad.
Mintió. Mintió con cada fibra de su ser, con el sabor a medicamento aún bajo su lengua y el frío del suelo penetrándole los huesos. Mintió para protegerlo. Para protegerse. Para mantener intacta la frágil ilusión de normalidad que habían construido.
Hubo otro silencio, más largo. Más tenso. Cuando habló de nuevo, su voz había cambiado. Había perdido parte de su calma, ganando un deje de frustración.
—De acuerdo —dijo, y la palabra sonó a rendición, pero no a aceptación—. Descansa, entonces.
—Descansaré —mintió de nuevo—. Buenas noches, Dante.
—Buenas noches, Valentina.
Colgó. Valentina dejó caer el teléfono al suelo y enterró el rostro en las manos, sollozando en silencio. Lo había conseguido. Lo había alejado. Había protegido su secreto. Y se sentía más vacía y sola que nunca.
Al otro lado de la ciudad, Dante dejó su teléfono sobre el pulido escritorio de su estudio. La frustración era un nudo en su estómago. Sabía que mentía. Lo había oído en el temblor apenas perceptible de su voz, en la falsedad forzada de su risa. Algo había pasado. Algo malo. Y ella se negaba a dejarlo entrar.
Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad nocturna. Sentía una impotencia que le resultaba insoportablemente familiar y odiosa. Estaba acostumbrado a resolver problemas, a eliminar obstáculos. Pero, ¿cómo podía resolver un problema que ella se empeñaba en esconder? ¿Cómo podía protegerla de un enemigo que se negaba a nombrar?
La llamada que había hecho antes, la que ella había escuchado a medias, resonó en su mente. "El mejor especialista… tratamientos experimentales… para esa persona es una prioridad absoluta." "Esa persona" era ella. Había movido cielo y tierra para encontrar a los mejores cardiólogos del mundo, estaba preparando el terreno, armando una red de seguridad a sus espaldas. Pero todo era inútil si ella seguía empujándolo fuera.
Apoyó la frente contra el cristal frío. La quería. La quería con una ferocidad que lo aterraba. La quería sana, fuerte, riendo con esa risa que le iluminaba los ojos y desafiaba su mundo ordenado. La quería tanto que el solo pensamiento de que estuviera sufriendo sola, asustada, lo enloquecía.
No. No podía quedarse allí, al otro lado de la línea, aceptando sus mentiras corteses. No esta vez.
Tomó una decisión instantánea. Giró sobre sus talones, cogió las llaves del coche y su abrigo. No importaba la hora. No importaba si ella se enfadaba. No importaba nada.
Iba a ir a su casa. Iba a llamar a su puerta. Y esta vez, no se iría hasta estar seguro de que estaba bien.
Hasta que la viera con sus propios ojos. Hasta que, si era necesario, derribara cada una de sus paredes con sus propias manos.
El peso del silencio de ella era demasiado pesado para cargarlo solo.
Y estaba decidido a compartirlo, le gustara o no.
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Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
¡Un amor más grande que el amor!
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