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Latidos Prohibidos

Latidos Prohibidos

Status: Terminada
Genre:CEO / Romance / Enfermizo / Completas
Popularitas:21.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.

Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.

Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: Bajo la Luz de los Cristales

El vestido era un espectro de seda color champagne que caía en un fluir suave hasta el suelo, con un escote discreto y una espalda cerrada que le permitía sentirse menos vulnerable.

Valentina se miró en el espejo de cuerpo entero de su dormitorio, intentando encontrar a la mujer que Dante veía.

La que había sido invitada a la gala benéfica anual del Museo de Arte Moderno. La que, según sus palabras, «iluminaría la sala más que cualquier joya».

Pero la mujer del reflejo parecía pálida; sus ojos, demasiado grandes en un rostro demacrado por el miedo y la medicación. Se ajustó la pulsera de plata, asegurándose de que quedara oculta bajo la manga larga y translúcida del vestido. Su arma secreta. Su estigma.

—Respira, Val —se susurró—. Es solo una noche. Sonríe, asiente y, si te cansas, te sientas.

El timbre sonó.

Dante estaba allí.

Al abrir la puerta, el aire se le escapó de los pulmones.

Vestía un esmoquin de corte impecable que acentuaba sus hombros anchos y su figura atlética. No llevaba corbata, sino una pajarita negra perfectamente anudada. Pero lo que más la impactó fueron sus ojos. Aquella noche, bajo la tenue luz del recibidor, no eran gris tormenta. Eran plata líquida y brillaban con una intensidad que ella sintió dirigida solo a ella.

—Dios mío —murmuró él, con la voz más grave de lo habitual. Su mirada la recorrió de arriba abajo con una lentitud deliberada que la hizo enrojecer—. Eres… devastadora.

Ella forcejeó por encontrar su yo sarcástico.

—Espera a que intente bailar. Ahí es cuando la devastación se vuelve literal.

Él sonrió, un gesto raro y deslumbrante que arrugó las comisuras de sus ojos.

—No habrá bailes que no puedas manejar. Lo prometo.

Le ofreció el brazo con una caballerosidad natural que no parecía fingida. Al tomarlo, Valentina sintió la solidez de su musculatura bajo la fina lana. Una ancla. La necesitaría.

El museo estaba transformado. Las altísimas salas, usualmente iluminadas con luz tenue para proteger las obras de arte, brillaban ahora con la luz de enormes candelabros y lámparas de cristal.

El murmullo de las conversaciones, el tintineo de las copas y los acordes suaves de un quinteto de cuerda componían una sinfonía de elegancia y poder.

Hombres con trajes caros y mujeres enfundadas en vestidos de diseñador se movían como peces exóticos en un acuario de lujo.

Valentina sintió la familiar punzada de inseguridad. No por la riqueza evidente —eso le resultaba casi absurdo—, sino por la vitalidad que desprendían: la facilidad con la que reían, bebían y conversaban durante horas. Ella ya sentía el peso del cansancio solo de pensar en mantenerse de pie toda la noche.

—Moretti. No sabía que te interesara el arte impresionista —dijo una voz masculina y robusta.

Dante se volvió, sin soltar el brazo de Val.

—Siempre hay tiempo para apreciar la belleza, Richards. Permíteme presentarte a Valentina Romero. Val, el señor Richards, un tiburón con mejor gusto para los trajes que para las adquisiciones hostiles.

El hombre rió, encantado, y le dedicó una sonrisa a Valentina.

—Encantado. Al fin una obra de arte que este hombre no puede comprar.

La conversación fluyó. Dante la guiaba con maestría, presentándola, incluyéndola en diálogos con un toque ligero o un comentario sarcástico que divertía a los presentes.

La protegía sin aparentarlo, interponiéndose sutilmente cuando notaba que su sonrisa se volvía forzada, encontrando siempre un banco o una repisa donde pudiera apoyarse un momento.

Y en cada intercambio, su mano encontraba la suya. Un roce breve en la parte baja de la espalda para guiarla. Sus dedos entrelazándose con los de ella por un instante al pasarle una copa de agua con gas —«El champagne está sobrevalorado», le susurró—. Cada contacto, por pequeño que fuera, enviaba un mensaje tácito: Estoy aquí. Contigo.

Fue durante un vals, cuando la orquesta comenzó a tocar, que la vio. Isabella Renault. Una mujer esculpida en ángulos perfectos y envuelta en un vestido de terciopelo negro que se ceñía a un cuerpo de diosa. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño impecable, y su risa, como campanillas de cristal, cortó el murmullo de la sala cuando se acercó a ellos.

—Dante, querido. Hacía siglos —dijo, posando unas mejillas perfumadas cerca de las suyas en un gesto de beso europeo—. No sueles venir a estos aburridos eventos. ¿Busca tu fundación alguna pieza para subastar?

—Isabella —asintió él, con una cortesía fría que Valentina notó de inmediato—. No, solo disfrutando del arte. Isabella Renault, Valentina Romero.

Isabella volvió la mirada hacia Valentina, rápida y evaluadora, registrándolo todo: el vestido sencillo pero elegante, la ausencia de joyas, la palidez—y la descartó amablemente.

—Encantada. ¿Eres de alguna galería de Madrid? Tu acento es encantador.

—Soy librera —dijo Valentina, con una sonrisa que le costó un esfuerzo sobrehumano.

—¡Ah! —exclamó Isabella, como si alguien le hubiera contado un chiste privado—. Qué… terrenal. Dante siempre tuvo debilidad por los proyectos poco convencionales.

La punzada fue directa y certera. No fue un insulto abierto, sino un desdén elegante que subrayó la distancia abismal entre su mundo y el de Valentina. Isabella posó una mano en el brazo de Dante con una familiaridad que encogió el estómago de Valentina.

—Cariño, tienes que venir a ver la pieza que donó mi familia. Es un Miró absolutamente sublime. Y, por favor, rescátame de los Cavendish; son insufribles con su nuevo yate.

Dante ni siquiera miró la mano en su brazo. Su mirada estaba fija en Valentina, captando la tensión en su mandíbula, el leve retroceso de su postura.

—Tal vez en otra ocasión, Isabella —dijo, con la voz cortante como cristal—. La pieza de los Renault siempre ha sido más espectáculo que sustancial. Prefiero quedarme aquí. Con mi acompañante.

Isabella parpadeó, sorprendida por el rechazo directo. Su sonrisa se congeló.

—Como quieras. Adiós, Dante. Encantada, Valentina.

Se alejó con un susurro de terciopelo, dejando a su paso un rastro de perfume caro y de incomodidad.

Valentina respiró hondo, sintiendo cómo las punzadas de inseguridad se convertían en alfilerazos.

No por celos, sino por la cruda realidad: Isabella podía pasearse por la sala toda la noche, bailar, beber, seducir.

Ella, en cambio, sentía cómo el cansancio trepaba por sus piernas, cómo un leve mareo empezaba a amenazar los bordes de su conciencia. No podía competir en ese terreno. Nunca podría.

—No es lo que piensas —murmuró Dante, inclinándose hacia ella. Su aliento le acarició la oreja.

—¿Y qué es lo que pienso? —preguntó ella, sin mirarlo.

—Piensas que ella pertenece a este mundo y tú no. Piensas que es fuerte y tú frágil. Piensas que no puedes dar lo que mujeres como ella ofrecen con tanta facilidad.

La precisión de sus palabras la dejó sin aliento. Él siempre veía demasiado.

—Y no es así —continuó, su voz firme y susurrada—. Ella es ruido. Tú… tú eres la única pieza de valor real en esta sala llena de baratijas sobrevaloradas. Y la única a la que quiero escuchar.

La orquesta inició un nuevo vals, más lento y más melodioso.

—Y ahora —dijo Dante, tendiéndole la mano—, me debes un baile.

—Dante, no puedo… —protestó ella, sintiendo el pánico—. El corazón… el ritmo…

—No vamos a bailar —afirmó él, tomando su mano con suavidad y determinación—. Vamos a flotar.

La guió hacia la pista. Su brazo rodeó su cintura, no con fuerza, sino con un apoyo firme que le permitió descansar la mayor parte de su peso en él. Su otra mano entrelazó los dedos con los de ella, elevándolos hasta su pecho. No había espacio entre ambos. Él se movía con lentitud deliberada, apenas un balanceo suave al compás de la música, un movimiento más cercano a un abrazo en movimiento que a un baile.

—Cierra los ojos —murmuró junto a su oído—. Solo siénteme.

Valentina obedeció. El mundo exterior —las miradas, la música, el fantasma de Isabella— se desvaneció. Solo existía la solidez de su cuerpo contra el suyo, el calor de su mano en la espalda, el olor a limpio y a él, el sonido de su respiración sincronizándose con la de ella.

Cada latido de su corazón, antes un recordatorio de su fragilidad, se acompasó con los pasos lentos y medidos de Dante. No había esfuerzo. Solo entrega.

—¿Ves? —susurró él—. No se trata de lo que no puedes hacer. Se trata de cómo lo hacemos nosotros.

Ella abrió los ojos y encontró los suyos fijos en ella. No miraba a nadie más. No le importaba nadie más. En medio de ese mar de glamour y pretensiones, su mirada era un faro que la señalaba únicamente a ella. La única importante.

Una paz profunda, tan extraña como maravillosa, la inundó.

El miedo no desapareció, pero se transformó.

Ya no era el temor a no ser suficiente, sino el miedo a perder esto: este momento de perfecta comprensión. Este hombre veía sus límites no como un defecto, sino como una parte más de ella, y se adaptaba para traspasarlos junto a ella.

Descansó la frente contra su pecho, sintiendo la tela suave del esmoquin bajo su piel. Él apretó su mano con más fuerza.

—Cuando te canses, me lo dices —dijo—. Nos vamos. Sin preguntas.

Ella asintió, sin levantar la cabeza.

—No me cansaré aún —murmuró—. Todavía no.

Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, no era una mentira. Con sus brazos alrededor de ella, sintió que podía flotar toda la noche.

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America Lopez
encantadora historia, muy auténtica
Thana: Me da gusto que le gustara 🥰
total 1 replies
Melisuga
Una pareja real es un 100 % en sí misma, como un todo único e indivisible. El cómo distribuyen las porciones de ese 100 es una cuestión interna, particular de cada una, y se reacomoda minuto a minuto, según las fortalezas, debilidades y necesidades de cada uno de sus integrantes. Unas veces irán a la mitad y otras, uno tendrá que poner más que el otro para equilibrarse mutuamente. Pero siempre, SIEMPRE serán el 100 los dos JUNTOS.
💖💖💖
Melisuga
Es un proceso muy fuerte y desgastante. Se precisa mucha fuerza de voluntad y mucha fe para salir adelante. Por suerte, ellos la tienen y se sostienen mutuamente.
💖💖💖
Thana: Me alegra mucho que le esté gustando ❤️
total 1 replies
Melisuga
Ha sido un capítulo precioso y muy emotivo.
🥹💖🥹
Melisuga
Otra declaración de amor descarnada y poco común.
Melisuga
Un hombre sin conflictos externos ni hogar difícil, tan solo su propia personalidad y habilidades enfocadas hacia objetivos específicos.
Melisuga
Es el toque de humanidad que faltaba en su vida.
💖
Melisuga
Dante está desnudando su alma sin dejar nada oculto.
😍😍😍
Melisuga
A mí me resultó muy provocador...
😍😍😍
Melisuga
Sofía es una gran amiga.
💖💖💖
Melisuga
Absurdo, torcido y sacrificado; pero puro y limpio.
🥹💖🥹
Melisuga
¡Qué corazón tan grande tiene Val!
💖💖💖
Melisuga
¡Oh!
Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
Melisuga
Lo suponía. Sofía no sabía nada de la enfermedad de Valentina.
Izy Maldonado
Ijole que le digo, pues que logro trasmitir lo que pensaba, y me llego, gracias, gracias por compartir tu talento.
Thana: Muchas gracias por leerla y disfrutarla ❤️
total 1 replies
Melisuga
💖💖💖
¡Un amor más grande que el amor!
Melisuga
Esa es una gran respuesta. De hecho, la mejor que podría darle en estas, y cualquier otra, circunstancias.
Melisuga
La intensidad de los sentimientos y la relación de Valentina y Dante me desborda.
💖💖💖
Melisuga
Insisto, Dante hace las declaraciones de amor más bizarras y hermosas que he leído en mucho tiempo.
💓💖💓
Melisuga
Imaginar esta escena ha sido emocionante y especial, llena de una ternura y sensualidad de altos quilates.
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