María, enamorada del príncipe de sus sueños como toda doncella, todo a su alrededor caera cuando descubra que no todo lo que creía, era real, y la desilusión la lleva a tomar una decisión, un sacrificio que cambiará su vida y la de todos los reinos.
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CAPÍTULO 18
Aquiles no soportaba la idea de que uno de ellos la viera desnuda; molesto mira al médico y con una mirada asesina le dijo. – Jack, estás loco si crees que voy a dejar que uno de ustedes tres mire el cuerpo de María.
Tienes que buscar otra forma de salvar su vida, pero no voy a dejar que nadie la mire, su cuerpo solo puedo…
Se quedó callado en seco, rápido pensó en lo que iba a decir y esa frase no pensaba decírsela a ellos; él no podía decirles que en ese momento solo pensaba en que “su cuerpo solo podía verlo y tocarlo él”, algo realmente tonto, terminó regañándose mentalmente, mordiéndose la lengua para no terminar la frase.
Jack frunce el ceño y serio dijo. – ustedes tres ¿Qué demonios están pensando? Son unos depravados, sin conciencia.
Yo no estoy diciendo que la vamos a desnudar, solo la dejaremos en el fondo del vestido, con esa ropa no se verá nada de su cuerpo, debe tener lo menos posible de ropa para que el agua fría la toque, así espero que le baje la temperatura.
Aquiles solo de pensar que uno de ellos le quitaba el vestido no le gustó, pero tenían que hacer lo que Jack decía; era un hombre posesivo y sin poder evitarlo ya sentía que María era de él, serio les dijo. – todos salgan yo me haré cargo y Omar ve por Mía, pero trata de cuidar su encubierta no quiero que nadie sepa que está con nosotros.
Mía me va a ayudar a cuidar de María, mientras que Jack piensa en que medicamento darle para que se recupere más rápido.
Marcos se dio cuenta que Aquiles lo que estaba sintiendo eran celos de que alguien tocara a María y eso le gustó, por fin ese jovencito sentía algo especial por alguien, pero no fue el único que se dio cuenta, Jack también lo pudo ver, algo que le agradó, su amigo estaba empezando a enamorarse.
Jack hizo que todos se apresuraran a salir y ordenó que llevaran unas cubetas de agua, aunque las dejaran en la puerta del camerino de Aquiles, sabía que iba a ocupar más agua.
Aquiles se acercó a ella, la hizo que se pusiera de lado y empezó a quitarle los lazos que ataban el vestido; estaba nervioso y si no fuera porque ella estaba enferma, ese acto hubiera hecho que su hombría reaccionara de una manera que sí sería capaz de someterla a sus placeres, pero en ese momento era más su preocupación, rápido le quitó el vestido y solo la dejó en el fondo, que era de tirante grueso, con un escote cuadrado que solo cubría su pecho, aunque dejaba ver un poco.
La parte de la espalda estaba destapada hasta la mitad; era larga debajo de la pantorrilla, casi llegando a los tobillos. Era de color blanca, de una tela no muy gruesa y no era muy ancha, estaba un poco floja, si se marcaban sus curvas.
Aquiles no pudo evitar verla de pies a cabeza, la tela pega a sus piernas gruesas, su cintura pequeña y su pecho grande, lo hizo perderse un poco en su belleza, pero en ese momento la escucha susurrar. – no quiero, papá no me gusta eso.
Ese susurro lo hizo reaccionar, rápido toma una de las mantas que usaba para cubrir la cama, va al baño y la tiende a un lado del barril, después va por ella; la toma en sus brazos se mete al baño con ella, la sienta en el suelo sobre la manta, recargada a la pared y empieza a echarle agua en la cabeza y todo el cuerpo.
Él sin poder evitarlo empezó a ver como el fondo se le empezó a pegar a su cuerpo, se empezó a transparentar partes de su piel, de su pecho, de sus piernas; para él fue un momento incómodo, porque no quería dejar de verla y también era preocupante porque ella no dejaba de temblar, de decir que tenía frio, la miraba realmente mal.
Se sintió mal por estar viendo su hermoso cuerpo, de no poder evitarlo sabiendo que ella estaba enferma; se regañaba mentalmente, se trataba de obligar para solo ver su rostro, pero era más la tentación, era algo que no pudo evitar, pero no pensaba dejarla morir, se quedó ahí echándole agua tentando su frente cada segundo esperando que la fiebre le bajara.
La miraba desconsolado, no quería que nada le pasara, no quería que muriera eso sentía que no podía permitirlo, era extraño para él, pero solo de pensar en perderla lo hacía sentir extraño y desesperado empezó a echarle agua más rápido, quería bajarle esa temperatura, tenía que hacer que abriera sus ojos, que lo volviera a ver.
En su desesperación empieza a decir. – Maldición mujer tienes que recuperarte, no te voy a dejar morir en mis brazos y no te permito morirte, esa es mi orden, tienes que obedecerme.
Acarició su rostro y lo recargó en su pecho, sin importarle nada empezó a echarle más agua, aunque eso significara terminar mojado junto con ella; él sentía la necesidad de tenerla cerca, de cuidarla y eso era algo que nunca lo había hecho por nadie.
Estaba tan concentrado en ella, viendo su rostro, de vez en cuando acariciaba su rostro que no se dio cuenta cuando Mía entró al baño y se quedó parada viéndolo; ella estaba sorprendida por lo que estaba viendo, nunca se imaginó que su príncipe tuviera ese lado bueno.
Era tan extraño verlo tan cariñoso con una mujer, que no pudo evitar quedarse solo viéndolo en silencio y recordando como lo había conocido.