Cuando El Reino Colmillo y Sombra Era una de las Poderosas y temidas por su generaciones de Reyes Alfas , con la espera de un nuevo Rey, todo dio un gran giro al tener una Niña Alfa llamada Ema.
Su Poder estaba en juego como su corona, no la creían apta, su vida fue criticada y usada para benéfio de muchos enemigos al ser una niña dulce y vulnerable.
La tomaron de menos, cuando su tortura escalo hasta una noche donde su mejor amiga la mató en un intento de celos por un el amor del Alfa Lucas quien era el más poderosos y deseadas por todas. La manada fue tomada y traicionadan por su tio lleno de odio y envidia hacia el Rey, tomo el control, llevando a su hijo ser el nuevo Rey Alfa, dando una muerte terrorífica a su hermano y su familia
Pero la muerte es algo misteriosa, pues en el cuerpo de Ema recae el alma de una joven totalmente diferente al resto, una máquina mortal llamada Cecilia.
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Más interesante
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Las dos mujeres se miraron con ansiedad: Samanta solo deseaba atravesarla con su espada, mientras Ema estaba decidida a no perder y mantenía toda su concentración. Adrián no la molestaba, pero ella sentía que la observaba atentamente.
–Daré las reglas nuevamente: el oponente que salga de la arena queda descalificado. Una vez que suene la bocina, la pelea se da por finalizada y no se tendrán en cuenta movimientos posteriores. Está prohibido transformarse y ocasionar daño grave; es una competencia, no una guerra —repitió el árbitro.
Sonó la bocina y comenzó el duelo. Samanta fue directa al ataque y dio el primer golpe. Ema la conocía bien: era bruta y descuidada, sin medir consecuencias. Esquivó el impacto con un giro de su espada y le dio una patada que la hizo caer.
Samanta se quejó; estaba a unos metros de salir de la arena. Se levantó rápidamente y atacó enérgicamente: sus espadas chocaban con fuerza mientras todos observaban concentrados.
–¡Vamos, Ema! ¡Mándala a volar! —gritó Megan enfurecida.
Ema sonrió sin apartar la mirada de Samanta, quien la desafiaba con la mirada, espada contra ⚔ espada. Samanta le dio un cabezazo que la hizo caer, pero Ema golpeó sus piernas con agilidad y se levantó al instante.
Ema circuló a su alrededor, un poco agitada: su pecho subía y bajaba, pero mantenía los ojos fijos en su contrincante, apretando con fuerza la empuñadura.
Samanta se colocó en posición y sacó una segunda espada. Todos murmuraron al ver la trampa; Ema sonrió y sacó la suya, esperando el ataque.
–Al fin lograste un poco de atención, Samanta. Lo que tanto anhelabas —ambas se acechaban.
–Y es lo único que debería haber pasado, Ema, pero tú lo arruinaste —enfureció, lanzándose al ataque.
Ema reaccionó con rapidez, enredando una de sus espadas y haciéndola caer fuera de su alcance.
–¡Carajo! —murmuró entre dientes al no poder agarrarla. Suspiró, pero tomó un puñado de arena en la mano: jugaría sucio y no le importaba.
Patrick y Adrián se miraron; habían visto perfectamente lo que planeaba hacer.
–Debe advertirla, Rey. Podría terminar muy mal —dijo con preocupación.
–No puedo; me tiene bloqueado el vínculo —apretó los dientes.
Samanta atacó de nuevo. Ema esquivó, pero sintió cómo le arrojaban tierra en los ojos. El público gritó de sorpresa.
«¡Emaaaa, atrás!»
Bell gritó en su mente. Ema se desvió rápidamente, tratando de ver, pero sintió una cortada en el estómago que la hizo caer al suelo.
«¡Arriba, Ema! No dejes que esta idiota te gane»
Ema se frotó los ojos y respiró hondo: no podía entrar en pánico. Escuchó la risa de Samanta; sus ojos le picaban y su vista estaba borrosa.
«Concéntrate, usa tus oídos. Tú puedes, eres una alfa»
Adrián se levantó de su silla; todos estaban en silencio. Ema dejó caer una de sus espadas y se colocó en posición con los ojos cerrados, ajustando su oído para escuchar cada sonido.
–¡Maldita… presumida! —rugió Samanta corriendo directamente hacia ella. Ema escuchó sus pasos, olfateó el aroma del hierro y esquivó con precisión, haciendo que su contrincante volara hasta el límite de la arena justo cuando sonó la bocina.
Todos gritaron: «¡Síííí, Emaaa!» Sus compañeros rugían de emoción.
Lucas respiró aliviado, pero Samanta se levantó furiosa y se dirigió hacia Ema. Lucas lo advirtió; Adrián frunció el ceño. En un movimiento rápido, Samanta sacó su cuchillo y la embistió por detrás.
«¡Cuidado!» dijo Aron en su mente. Adrián interceptó el golpe con su propia espada, recibiendo una cortada en la frente al esquivar a Samanta.
Lucas se colocó frente a Ema junto a los chicos; todos la protegieron. Lorenzo la agarró: su frente sangraba y gruñía con odio hacia Samanta.
–¡Guardias, llévensela! —gritó Adrián.
–¡No… no… por favor! No puede hacer esto —gritaba Samanta.
Ema trató de levantarse, pero cayó de nuevo. Lucas la sostuvo en sus brazos.
–La llevaré a la enfermería —dijo mirando de reojo a Adrián, quien le hizo sentir su imponente aura.
–No puedes; es tu turno, Lucas. Nosotros la llevamos; debes concentrarte —Lorenzo la tomó de los brazos.
Paolo llegó en ese momento:
–Voy con ustedes… No pienso dejarla sola —miró a Lucas—. Si tú sales, yo también —dijo serio.
Lucas asintió; ambos se retiraron, lo que significaba que su pelea se pospondría para la mañana, a primera hora. Los chicos la llevaron; Adrián ordenó a Patrick que vigilara a Samanta: le daba mala espina lo sucedido y estaba seguro de que había algo más detrás.
...
Adrián llegó a la entrada de la enfermería y vio a todos los jóvenes esperando fuera de la puerta. Todos abrieron los ojos y mostraron sus cuellos en señal de respeto al verlo.
–¿Cómo está ella? —se acercó a Lucas, quien evitaba que entrara.
–Duerme… El médico aún no sale, Rey —Lucas sentía los celos que emanaba del Rey presionando en su pecho.
–Ella está consciente; pueden pasar… Mi Rey —dijo el médico sorprendido al verlo.
Megan y los chicos no entendían nada de que el Rey estuviera ahí.
–¿Paso usted primero o yo? —dijo serio Lucas. Adrián sonrió ladino y entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Los demás miraban a Lucas aún más desconcertados.
...
Ema sentía dolor en la cabeza y un ardor en el abdomen.
–¡Maldita sea…! —se quejó.
–Bienvenida de nuevo. Cada vez me sorprendes más, alfa —dijo Adrián detrás de ella.
–¿Por qué todos hacen esto? —se lamentó, mirándolo sentado en una silla—. ¿Cómo entró?
–Tu amigo me dejó pasar —se levantó y se acercó a la camilla.
–¡Ch, tonto Lucas! —resopló—. ¿Necesita algo?
–Sí, te dije que la próxima vez que nos veamos quería respuestas —se sentó frente a ella.
–¿Y qué le hace pensar que puedo confiar en usted? —levantó una ceja, tratando de sentarse. La herida de su abdomen aún no sanaba: el cuchillo de Samanta era de hierro con incrustaciones de plata.
–En ese caso, te haré tres preguntas —miró su herida, se levantó y comenzó a deshacer el vendaje.
–Yo mismo me encargo —dijo Ema.
Adrián le tapó la mano para impedirlo:
–Eres terca como una mula, mujer —la miró firme.
–¿Qué quiere saber? —resopló, aguantando el dolor.
–¿Qué relación tienes con Luis, el jefe de mi guardia?
«¡Saltó la liebre…!»
Ema apretó los dientes:
–Soy su sobrina preferida, ¿no lo sabía? —dijo sarcástica. Adrián levantó la ceja.
–¿Son cercanos? Y la joven que te atacó, ¿qué relación tienen ustedes?
«No sé si se hace el tonto o realmente lo es… Tendré que decirle la verdad. Después de todo, seguro está involucrado con él; tendré que correr el riesgo»
Ema suspiró resignada:
–El idiota de mi abuelo tuvo una amante cuando mi padre nació. Luis y mi padre se criaron juntos, pero mi querido tío nunca le tuvo simpatía —suspiró. Adrián escuchaba atento, buscando alguna señal de mentira—. Nunca se dio cuenta de que Luis no lo quería. Cuando creció, se alejó y no lo volvimos a ver hasta que yo nací.
–¿Nunca les dijo dónde estaba?
–No. Luis nunca me quiso y yo lo supe desde el principio. Es muy amigo de Verfor; me enteré hace poco… Y Samanta es una loca obsesionada con el alfa Lucas, por eso me odia profundamente.
–¿Tu amigo? —preguntó serio. Ema asintió, mirando hacia otro lado.
–¿Por qué pregunta sobre Luis? ¿Acaso ya se dio cuenta de que tiene una rata en su castillo? O ¿ya lo sabía? —dijo filosa.
–No sé de qué hablas… ¿Podrías explicar por qué crees que es una rata? —Adrián se interesó por su comentario: Ema sabía algo que él ignoraba.
–Para ser un Rey, le falta observar más —dijo burlona—. El viejo quiere mi puesto; solo está en su cargo porque debe estar tramando algo. Y por la forma en que se mueve por su castillo, creyéndose dueño… Me enteré de que usted seguro está de su lado —lo miró acusadora.
Adrián sonrió y se acercó a su rostro:
–Y si fuera verdad… ¿Qué haría, alfa?
–No permitiré que se apodere de mi manada. Puede ser su tierra, pero yo soy su alfa. Rey o no, puedo patearle las bolas; no me desafíe —apretó los dientes, aguantando su aura.
«Esta mujer es una fiera» —dijo Aron, más que orgulloso.
Ema se quejó: su herida dolía como una braza.
–Eres ruda… Pero temo arruinarte la diversión porque no soy aliado de Luis. Al igual que tú, estoy seguro de que está tramando algo, y ahora que me lo cuentas, ha sido de gran ayuda. La joven que te atacó fue la pista que necesitaba —miró su herida, sintiendo su dolor—. Por tu ayuda, te devolveré el favor.
–¿Cómo… wow…? ¿Qué hace…? —dijo nerviosa al ver cómo Adrián lamía su herida en el abdomen. Sintió el vínculo tan fuerte que tuvo que morder sus labios, soltando un jadeo.
Notó cómo su herida se curó al instante. Adrián fijó su mirada en sus ojos verdes; Ema sentía su corazón latir con fuerza, mientras Bell movía la cola de emoción.
–Gracias.
–Gracias a ti.
Mantuvo la mirada en ella por un instante más: era como si el tiempo se detuviera, y solo existieran ellos dos, sin ruidos ni nadie más alrededor.
–¿Aún me rechazarás, Ema? —su voz resonó en todo su cuerpo. Podía sentir su aroma, que la consumía; su corazón latía a mil y su respiración se agitaba.
–¿Y usted? —se acercó más a él. Sus ojos color sol eran más que extraordinarios; observó sus facciones: todo en él era perfecto.
Adrián sonrió ladino:
–Dejaremos esto para la próxima. Quizás entonces ya tengas una respuesta —dejó un beso en su frente, dejándola sin aliento.
–Espero que usted también la tenga —dijo Ema, sin mirarlo. Adrián sonrió y salió. Lucas y los demás entraron rápidamente.
–¡Ema! Ay, no sabes lo mucho que me asusté —dijo Megan llorando, junto a Silvia que la abrazaba. Lorenzo y Arturo estaban detrás.
–Estoy bien. Esperen… ¿Qué hacen aquí? ¿Y su competencia? —miró a Lucas y Paolo.
–La suspendieron; no íbamos a dejarte sola, después de lo que tú hiciste por nosotros —dijo Paolo.
–Yo menos; los dos estábamos de acuerdo. La pasaron para mañana —dijo Lucas, viendo su rostro preocupado.
–No debían…
–¡Ch, ch! No escuchamos, no escuchamos —dijeron burlones los dos, haciendo reír a los demás.
–¿Qué pasó con Samanta? —se levantó buscando una remera.
–Los guardias se la llevaron, pero seguro la suspenderán… Y bien merecido —dijo Megan. Silvia asintió.
Ema se cambió la remera detrás de las cortinas:
–Ya veo… Tengo hambre… ¿Comemos? —dijo sonriendo.
Todos asintieron. Lucas le pasó las gotas para los ojos.
–¿Cómo te fue con el papacito Rey? —preguntó.
–¡JAJA, te acordaste de eso! —rieron juntos—. Creo que bien… Aún no sé qué hacer, pero por ahora no me molestará —caminaron con paso firme.
–Aún sigue mi propuesta si no lo eliges —dijo pícaro. Ema rodó los ojos; Lucas movió las manos en rendición con una mueca.
Todos fueron a comer y esperar los resultados. Fernando estaba muy preocupado, pero Ema lo tranquilizó mostrándole que ya estaba curada.
«El beso del Rey también curó la cortadura de la frente»
«Su saliva solo puede curar a su pareja, Ema. También nos puede hacer más fuertes y poderosas al ser un licántropo puro»
«El papacito se pone cada vez más interesante»
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