México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 17:La caída
—Es nuestro futuro.
—Su futuro —corrigió Amalia.
Gustavo permaneció frente a ella en la galería, con aquella expresión controlada que empezaba a irritarla cada vez más.
—Con el tiempo comprenderá.
Amalia estuvo a punto de responder.
No alcanzó.
Un golpe seco resonó desde la parte posterior de la hacienda.
Después otro.
Una puerta se abrió violentamente.
—¡Señor!
Amalia y Gustavo giraron al mismo tiempo.
Un trabajador atravesó el patio corriendo.
—¡Señor Conde!
Gustavo bajó un escalón.
—¿Qué ocurre?
—¡El almacén!
Otros hombres aparecieron detrás.
—¿Qué pasa con el almacén?
El empleado respiraba con dificultad.
—¡Las armas! ¡Faltan armas!
Amalia sintió que la sangre se le helaba.
El trabajador siguió hablando, pero ella apenas lo escuchó.
Su mirada se fue inmediatamente hacia el patio.
Hacia el lugar por donde había visto desaparecer al falso trabajador.
No debería estar aquí.
No hablaba de usted.
—Cierren las salidas —ordenó Gustavo.
El cambio en él fue inmediato.
—¡Nadie sale de la hacienda!
Los hombres comenzaron a moverse.
Amalia avanzó un paso.
—¿Qué está pasando?
—Entre a la casa.
—Gustavo...
—Amalia, entre.
Pero ella ya había comprendido.
Sombra.
Sombra escuchó el primer grito cuando todavía no había alcanzado la salida trasera.
—¡Cierren el portón!
Maldijo.
Habían descubierto el almacén demasiado pronto.
Dos trabajadores corrieron frente a él.
Sombra bajó la cabeza y continuó caminando como si también intentara comprender qué ocurría.
—¡Revisen los establos!
Cambió de dirección.
Su caballo estaba demasiado lejos.
No llegaría hasta él sin cruzar terreno abierto.
Otro grito.
—¡Falta uno de los trabajadores nuevos!
Ahora sí.
Sombra echó a correr.
—¡Ese! ¡Deténganlo!
Una bala golpeó la pared a su izquierda.
Sombra se agachó y atravesó el patio.
—¡Alto!
Otra detonación.
Sacó el revólver oculto bajo la camisa.
No quería quedarse a intercambiar disparos.
Necesitaba distancia.
Un hombre apareció frente a él.
Sombra lo golpeó con el hombro y lo lanzó contra unas cajas.
Saltó sobre un cercado bajo.
Del otro lado había una carreta cargada con varias cajas y enganchada a dos caballos.
Perfecto.
Subió de un salto.
Tomó las riendas.
—¡Vamos!
Los caballos arrancaron.
La carreta salió con violencia.
—¡Es él!
—¡Tras él!
Sombra se agachó cuando una bala pasó demasiado cerca de su cabeza.
Otra golpeó la madera.
Después otra.
Los caballos aceleraron.
Amalia llegó hasta el extremo de la galería.
—¡Amalia!
Doña Elena apareció desde la casa.
—¿Qué ocurre?
—No lo sé.
Mentira.
Sabía demasiado.
Hombres corrían hacia los establos.
Otros montaban apresuradamente.
Gustavo tomó un rifle.
—¡Quiero a ese hombre!
Amalia lo miró.
—¿A quién?
Gustavo no respondió.
Montó.
Cinco hombres salieron detrás de él.
El sonido de los cascos se alejó.
Amalia se aferró a la barandilla.
—Hija, entra.
—Un momento.
—¡Están disparando!
—Lo sé.
Eso era precisamente lo que la aterraba.
La carreta brincaba violentamente sobre el camino.
Sombra apenas podía mantenerla recta.
Las cajas se golpeaban unas contra otras detrás de él.
No podía regresar por la ruta por la que había llegado.
Los perseguidores estaban demasiado cerca.
Giró.
La carreta entró por un camino más estrecho.
—¡Arre!
Los caballos aceleraron.
Una bala alcanzó una de las cajas.
Otra se clavó junto a su mano.
Sombra respondió con dos disparos.
No para matar.
Para obligarlos a retroceder.
Funcionó apenas unos segundos.
Escuchó los cascos nuevamente.
Estaban cerrando distancia.
El camino comenzó a subir.
Sombra conocía esa zona.
Y sabía qué había más adelante.
Barrancos.
—Maldita sea.
Tiró de las riendas intentando reducir la velocidad.
Los caballos, asustados por los disparos, no obedecieron.
Una rueda golpeó una roca.
La carreta saltó.
Sombra estuvo a punto de salir despedido.
Recuperó el equilibrio.
—¡Vamos, vamos!
Un disparo.
Esta vez sintió el impacto.
El dolor atravesó su costado.
Sombra soltó el aire violentamente.
Miró hacia abajo.
Sangre.
—Carajo.
No había tiempo.
Continuó.
El camino se estrechó todavía más.
Una rueda pasó demasiado cerca del borde.
Sombra tiró de las riendas.
—¡Quietos!
Los caballos seguían desbocados.
Detrás, los perseguidores redujeron la velocidad.
Ellos sí conocían el peligro.
Sombra intentó llevar la carreta hacia la izquierda.
La rueda delantera golpeó otra piedra.
La madera crujió.
El eje cedió.
Todo ocurrió demasiado rápido.
La carreta se inclinó.
Sombra vio el borde.
Después el vacío.
Saltó.
No llegó suficientemente lejos.
La carreta volcó.
Su cuerpo golpeó el suelo y rodó con ella.
Madera rompiéndose.
Cajas.
Piedras.
Caballos relinchando.
Sombra sintió un golpe brutal en las costillas.
Después otro en la cabeza.
Intentó protegerse.
No pudo.
El mundo giró.
La carreta cayó por el barranco.
Y él con ella.
Los perseguidores detuvieron los caballos arriba.
Uno desmontó.
—¡Dios santo!
La carreta había quedado destrozada muchos metros abajo.
Una rueda continuaba girando lentamente.
Las cajas estaban dispersas.
Uno de los caballos no se movía.
—¿Y el hombre?
—Cayó con ella.
Gustavo llegó detrás.
—¿Lo ven?
—No.
—Bajen.
Dos hombres buscaron un descenso.
Tardaron.
Cuando consiguieron aproximarse a la parte baja encontraron madera rota, sangre sobre algunas piedras y las huellas del desastre.
Pero ningún cuerpo.
—Aquí hay sangre.
—Tuvo que caer más abajo.
Uno miró hacia la pendiente.
—Si no murió con el golpe, murió después.
—Busquen.
Buscaron.
No demasiado.
La luz comenzaba a caer y el terreno era peligroso.
Uno regresó finalmente hacia Gustavo.
—No encontramos el cuerpo.
Gustavo miró el barranco.
—¿Están seguros de que cayó?
—Lo vimos, señor. La carreta se fue con todo y el jinete.
Otro hombre señaló las manchas de sangre.
—No pudo sobrevivir.
Gustavo permaneció en silencio.
Después miró el camino.
—Volvamos.
Sombra recuperó la conciencia con alguien golpeándole suavemente la mejilla.
—Vamos.
Otro golpe.
—No me hagas cargar un cadáver.
Sombra abrió un ojo.
Rafael.
—Qué... romántico.
Rafael soltó el aire.
—Ah, bueno. Si todavía puedes decir estupideces, no estás muerto.
Sombra intentó incorporarse.
El dolor fue inmediato.
Se le escapó un gemido.
Rafael dejó de sonreír.
—No.
Sombra respiró con dificultad.
—Estoy bien.
—Claro.
Rafael miró la sangre en su costado, el rostro golpeado y la forma en que mantenía un brazo pegado al cuerpo.
—Estás precioso.
—Cállate.
—Eso intento desde que te conozco.
Sombra intentó levantarse nuevamente.
Las piernas le fallaron.
Rafael lo sostuvo antes de que cayera.
—¡Quieto!
Esta vez no había humor.
—¿Qué demonios hiciste?
—La carreta...
—Ya vi la carreta.
Sombra cerró los ojos.
Respirar dolía.
Mucho.
—¿Me seguiste?
—Sí.
—Te dije que no.
—Y por una vez me alegra no hacerte caso.
Sombra abrió los ojos.
—No se lo cuentes a nadie.
—Voy a mandar hacer una placa.
Intentó levantarlo.
Sombra gritó entre dientes.
Rafael se detuvo inmediatamente.
—Costillas.
—Probablemente.
—¿Brazo?
—Hombro.
—¿Cabeza?
Sombra lo miró.
—Veo dos idiotas.
—Entonces estás mejorando. Normalmente ves uno.
Pero Rafael ya estaba pálido.
Había demasiada sangre.
Improvisó un vendaje alrededor del costado de Sombra y consiguió detener parte del sangrado.
Después vino lo peor.
Sacarlo de allí.
Cada movimiento era una tortura.
Sombra perdió el conocimiento dos veces.
Rafael tuvo que arrastrarlo en algunos tramos y cargar buena parte de su peso en otros.
Cuando finalmente alcanzaron el caballo que Rafael había ocultado, ambos estaban cubiertos de sangre y tierra.
—No te mueras —murmuró Rafael.
Sombra apenas abrió los ojos.
—No pensaba hacerlo.
—Perfecto. Porque pesas demasiado para enterrarte.
Llegaron al campamento de noche.
Los primeros hombres que los vieron dejaron de hablar.
—¡Rafael!
—¡Ayuden!
Varios corrieron.
Sombra intentó apartarlos.
—Puedo caminar.
Dio un paso.
Las piernas cedieron.
Tres hombres tuvieron que sostenerlo.
El silencio que cayó sobre el campamento fue extraño.
Aquellos hombres habían visto a Sombra herido antes.
Habían visto sangre.
Habían visto muerte.
Pero verlo incapaz de sostenerse solo era distinto.
Mariel apareció.
Se quedó blanca.
—¿Qué pasó?
—Después —respondió Rafael—. Agua. Vendas. Ahora.
Llevaron a Sombra hasta su carpa.
Lo acostaron.
Él intentó incorporarse.
—Necesito hablar con...
Rafael lo empujó nuevamente contra el catre.
—Necesitas callarte.
—Las armas existen.
—Me importa un carajo las armas ahora.
—Gustavo...
—Mañana.
—Rafael.
—Mañana.
Sombra intentó discutir.
El dolor decidió por él.
Cerró los ojos.
Mariel se arrodilló junto al catre.
—¿Va a estar bien?
Rafael no respondió inmediatamente.
Miró a su amigo.
—Sí.
Pero lo dijo como si necesitara convencerse también.
En la hacienda, los hombres regresaron mucho después.
Amalia estaba en el salón con sus padres cuando escuchó los caballos.
Se levantó.
—Siéntate —ordenó Don Ignacio.
Ella obedeció.
Gustavo entró cubierto de polvo.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Don Ignacio.
Gustavo dejó los guantes sobre una mesa.
—Encontramos al ladrón.
El corazón de Amalia golpeó violentamente.
—¿Quién era?
Gustavo la miró.
—No lo sabemos.
—¿Lo atraparon?
Uno de los hombres respondió desde la puerta:
—No hizo falta, señorita.
Amalia volvió lentamente la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—Huyó en una carreta.
El hombre hizo una pausa.
—Cayó por un barranco con todo y el jinete.
Amalia dejó de respirar.
—¿Cayó?
—Sí, señorita.
—¿Y...?
No pudo terminar.
Gustavo respondió:
—Murió.
La palabra cayó sobre ella.
Amalia sintió que algo desaparecía bajo sus pies.
No.
No podía ser.
Quizá no era él.
Había muchos hombres.
Muchos trabajadores.
Pero recordó el establo.
La ropa.
La mirada.
Estoy trabajando.
Recordó haberlo visto cruzar el patio.
Recordó los gritos poco después.
Las armas.
El hombre que faltaba.
Era él.
—¿Encontraron el cuerpo?
Su voz sonó sorprendentemente normal.
Gustavo negó.
—No.
Una chispa absurda de esperanza apareció.
—Entonces no saben si murió.
—La carreta cayó completa —explicó uno de los hombres—. Vimos al jinete caer con ella. Había sangre abajo.
Amalia apretó las manos sobre su falda.
—Entiendo.
Eso fue todo.
Doña Elena la miró.
—¿Te encuentras bien?
Amalia levantó la cabeza.
—Sí.
Mentira.
—Solo estoy cansada.
—Fue un día desagradable —dijo su padre—. Ve a descansar.
Amalia se levantó.
Caminó.
No corrió.
No lloró.
No preguntó nada más.
Subió las escaleras manteniendo la espalda recta.
Cerró la puerta de su habitación.
Y entonces se quedó apoyada contra ella.
Inmóvil.
No podía respirar.
Buscó el pañuelo casi desesperadamente.
Lo encontró.
Lo apretó contra el pecho.
—No.
La palabra salió rota.
Sombra no podía estar muerto.
No después de encontrarlo aquella misma tarde.
No después de verlo vivo.
No después de...
Las lágrimas comenzaron a caer.
Amalia se cubrió la boca para que nadie pudiera escucharla.
En el campamento, Sombra abrió los ojos entrada la madrugada.
Intentó moverse.
No pudo.
Tenía el torso vendado, el hombro inmovilizado y un dolor pulsante detrás de la cabeza.
Rafael dormía sentado junto a la entrada de la carpa.
Mariel había dejado agua cerca.
Sombra respiró lentamente.
Seguía vivo.
Por poco.
Los días siguientes no serían de caballo ni de armas ni de persecuciones.
Serían de cama.
De heridas.
De depender de otros.
Algo que detestaba.
Cerró los ojos.
Sin saber que, a varios kilómetros de allí, Amalia lloraba en silencio por él.
Sin saber que para ella el barranco había terminado de una manera completamente distinta.
Esa noche existieron dos verdades.
En el campamento, Sombra respiraba con dificultad bajo las vendas, vivo y obligado a permanecer inmóvil.
En la Hacienda De la Vega, Amalia apretaba un pañuelo entre las manos y lloraba por un hombre al que creía muerto.
Y ninguno de los dos sabía todavía que aquella mentira nacida en el fondo de un barranco estaba a punto de cambiarlo todo.