Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 17
Pasaron varios días desde aquella primera consulta. Elara había estado ocupada como siempre, atendiendo pacientes, organizando suministros y aprendiendo cada día algo nuevo en el hospital. Pero no había olvidado a Kael Drayton. Le había recetado un tratamiento y le había pedido que volviera para evaluar su evolución, como hacía con cualquier paciente.
Y así, una mañana soleada, Kael apareció en la entrada del hospital con una sonrisa que iluminaba todo su rostro.
—Elara —dijo, casi sin aliento—. He vuelto.
Ella levantó la vista de los papeles que estaba organizando y le devolvió la sonrisa.
—Kael. Me alegra verte. ¿Cómo te has sentido?
—Mucho mejor —respondió él, siguiéndola hacia el consultorio—. Las medicinas que me recetaste han funcionado de maravilla. Ya no me siento tan cansado, y hasta he recuperado el apetito.
—Me alegra oírlo —dijo Elara, tomando asiento—. Siéntate, quiero revisarte para asegurarme de que todo va bien.
Kael obedeció, y Elara repitió el mismo examen de la vez anterior: tomó su pulso, palpó sus ganglios y escuchó su corazón. Esta vez, Kael no se sonrojó tanto. Parecía más relajado, incluso disfrutando del contacto.
—Todo parece estar en orden —dijo ella, separándose con una sonrisa—. El tratamiento te ha sentado muy bien. Sigue tomando las medicinas hasta que termines el frasco, pero ya no es necesario que vuelvas a consulta. Estás completamente recuperado.
Kael asintió, pero algo en su expresión cambió. Sus ojos, que antes brillaban de alegría, ahora parecían un poco apagados.
—Ya veo —dijo, y su voz sonó más baja—. Entonces... no necesito volver.
—No —confirmó Elara, sin notar su decepción—. Pero si vuelves a sentirte mal, ya sabes dónde encontrarme.
Kael sonrió débilmente y se despidió con un movimiento de cabeza.
Pero al día siguiente, volvió a aparecer.
Elara lo vio desde lejos, mientras organizaba unos suministros en la entrada del hospital. Frunció el ceño y se acercó.
—¿Kael? ¿Qué haces aquí? ¿Acaso necesitas otra consulta?
Él se detuvo frente a ella, con las manos ligeramente temblorosas y un sonrojo que le subía hasta las orejas.
—No... no es eso —dijo, tartamudeando un poco—. Es que... vine a verte a ti.
Elara alzó una ceja, confundida.
—¿A verme?
Kael asintió y, con un movimiento nervioso, sacó de detrás de su espalda una caja pequeña, envuelta en un paño elegante y adornada con un lazo de seda.
—Esto es para ti —dijo, ofreciéndosela con ambas manos.
Elara parpadeó, sorprendida.
—¿Qué es?
—Ábrelo —dijo él, con una sonrisa tímida.
Ella tomó la caja con cuidado y levantó la tapa.
Dentro, descansaba un collar de oro y piedras preciosas. El diseño era exquisito, con un colgante en forma de lágrima que brillaba con un destello azul profundo. Era hermoso. Y también era demasiado ostentoso.
Elara sintió que el peso de aquel regalo era más grande de lo que estaba dispuesta a aceptar.
Cerró la caja y se la devolvió a Kael con una sonrisa amable pero firme.
—No puedo aceptar esto.
Kael abrió los ojos, sorprendido.
—¿Por qué? Es un regalo. Por haber salvado a mi hermano.
—Kael —dijo ella, con calma—, no necesito que me pagues por haber hecho mi trabajo. Salvar a tu hermano fue mi obligación como médica. Habría hecho lo mismo por cualquier persona.
—Lo sé, pero... —insistió él, con un tono casi suplicante—. Por favor, aceptalo. Es mi forma de agradecerte.
Elara negó con la cabeza.
—No puedo aceptar algo tan valioso por hacer lo que debía hacer. Además —añadió con una sonrisa—, sería un poco incómodo. Imagina que los demás médicos me vean con un collar así. Parecería que me sobornaron.
Kael abrió la boca para responder, pero una voz grave y conocida lo interrumpió.
—Doctora Elara, venga a mi oficina.
Ambos se giraron.
Emilian Hawthorne estaba de pie a unos pasos, con los brazos cruzados y una expresión seria. Sus ojos oscuros se posaron en la caja que Kael sostenía, y luego en Elara, con una mirada que no dejaba espacio para réplicas.
Elara sintió un ligero escalofrío.
—Sí, enseguida —respondió, asintiendo.
Se volvió hacia Kael y le dedicó una sonrisa de despedida.
—Lo siento, Kael. Tengo que irme. Pero en serio, no necesito regalos. Solo sigue tomando tus medicinas y cuídate.
Kael asintió, visiblemente decepcionado, pero sin atreverse a insistir más.
—Entiendo —dijo, guardando la caja en su bolsillo—. Hasta luego, Elara.
Ella le sonrió una vez más y luego siguió a Emilian, que ya había comenzado a caminar hacia su oficina sin mirar atrás.
—
Una vez dentro, Emilian cerró la puerta con suavidad pero con firmeza. Se sentó detrás de su escritorio y la miró con una expresión que Elara no lograba descifrar del todo.
—¿Sueles recibir regalos de tus pacientes? —preguntó, con un tono que intentaba sonar neutral pero que no lo lograba del todo.
Elara se sentó frente a él, sin inmutarse.
—No. Y tampoco los acepto.
Emilian la observó en silencio durante unos segundos.
—Parecía muy insistente.
—Lo era —admitió ella—. Pero ya le dejé claro que no necesito recompensas por hacer mi trabajo.
Emilian asintió lentamente. Algo en su expresión se suavizó, aunque su voz seguía siendo seria.
—Eso es bueno. Los regalos pueden crear expectativas que no siempre son fáciles de manejar.
Elara inclinó la cabeza, curiosa.
—¿Habla por experiencia propia, profesor?
Él soltó una risa baja.
—Digamos que he visto a más de una enfermera aceptar regalos de pacientes y luego arrepentirse.
Elara sonrió.
—No se preocupe. No soy tan ingenua.
Emilian la miró, y por un momento, el silencio entre ellos fue cómodo, casi íntimo.
—Lo sé —dijo finalmente—. No lo eres.
Se levantó de su asiento y dio la vuelta al escritorio. Elara levantó la vista, sorprendida al verlo tan cerca. Se inclinó ligeramente hacia ella, apoyando una mano en el respaldo de su silla.
—¿Sabes? —dijo, con voz más baja—. Ese collar era bonito.
Elara parpadeó.
—¿Sí?
—Pero no lo necesitas.
Su mano se movió, y antes de que ella pudiera reaccionar, sus dedos rozaron el borde de su cuello, donde el collar habría descansado. El contacto fue breve, apenas un roce, pero Elara sintió que su piel ardía allí donde él la había tocado.
—Tienes algo mejor —murmuró él, con una sonrisa leve—. Tu talento.
Elara tragó saliva. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
—Emilian... —susurró.
—Sí —respondió él, sin apartar la mano—. Dime.
—¿Qué estás haciendo?
Él la miró a los ojos, y por un instante, la seriedad que siempre llevaba consigo se desvaneció por completo.
—No lo sé —admitió—. Pero no quiero parar.
Elara sintió que el aire se volvía más pesado, más cálido. Sus ojos se encontraron y algo en el ambiente cambió.
Emilian retiró la mano lentamente, como si le costara hacerlo, y dio un paso atrás.
—Deberíamos hablar de los pacientes —dijo, con una voz que intentaba recuperar su tono profesional, pero que aún temblaba ligeramente.
Elara asintió, aunque su mente seguía en aquel roce, en aquella mirada, en la forma en que él había dicho que no necesitaba un collar.
—Sí —logró decir—. Los pacientes.
Se aclaró la garganta y tomó los informes que había dejado sobre el escritorio. Pero cuando sus dedos rozaron el papel, notó que aún temblaban.
Emilian, que ahora estaba de pie junto a la ventana, la miró de reojo.
Y en sus ojos, Elara vio algo que no había visto antes.
Algo que la hizo sentir que aquella oficina era el lugar más seguro del mundo.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔