Fabricio creyó haber dejado atrás las sombras del pasado cuando encontró en Esteban un amor dulce y verdadero. Pero la felicidad no llega sin precio, amenazas, mentiras y la obligación de fingir para protegerse pondrán a prueba su confianza. Entre lo que se muestra ante el mundo y lo que se guarda en secreto, entre el sabor suave de lo que desea y el peligro oculto en cada paso, tendrá que aprender que en la vida y en el amor, lo más dulce también puede esconder lo más amargo.
NovelToon tiene autorización de persona X para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
día 16
Creí que después de lo de ayer todo se calmaría un poco, que al menos podríamos respirar con más tranquilidad ahora que mi padre me había dejado quedarme. Pero me equivoqué terriblemente. La calma no llegó; en su lugar, apareció algo mucho más oscuro, algo que me dejó sin salida y me obligó a tomar una decisión que me parte el alma en pedazos.
Desde que entré a la escuela, sentí una mirada pesada clavada en mi nuca todo el tiempo. No era la mirada de los demás, llena de juicio o curiosidad; era la de Brayan, fría, fija y vacía, como si ya no quedara nada de ternura en sus ojos. No se acercó durante las clases, no gritó ni hizo escenas frente a todos… sabía esperar, sabía elegir el momento justo para atacar donde más me dolía.
Al terminar las clases, Esteban tuvo que quedarse un momento para hablar con el director y entregar unos papeles. Me dijo que me esperara en la entrada, pero yo decidí ir al baño primero antes de salir. Fue el error que él estaba esperando.
En cuanto entré y cerré la puerta, sentí que la manija se trababa por fuera. Me di la vuelta sobresaltado, y ahí estaba Brayan, apoyado contra la puerta, bloqueando cualquier salida. Su respiración era agitada, tenía las mejillas rojas y en la mano sostenía algo pequeño, envuelto en un pañuelo, pero lo que más me heló la sangre fue su sonrisa: una sonrisa amarga, rota, de quien ya no tiene nada que perder.
—Creí que ya no te vería —dijo con voz suave, pero cargada de veneno—. Pero tu papá decidió dejarte aquí… qué lástima. Así nos damos la oportunidad de hablar en privado, sin que él te defienda ni que Esteban se meta en medio.
—¿Qué quieres, Brayan? —le pregunté, retrocediendo hasta quedar apoyado en el lavabo, sintiendo cómo el miedo me subía por la garganta—. Ya pasó todo, te lo dije: yo no puedo corresponderte. No me obligues a sentir algo que no está en mi corazón.
Se acercó despacio, muy despacio, hasta quedar a solo un paso de distancia. Ya no había furia descontrolada en él, solo una fría determinación que me asustaba más que cualquier grito.
—¿No puedes? —repitió, bajando la voz hasta convertirse en un susurro que me estremeció—. Pues yo tengo algo que hará que sí puedas, o que tengas que fingir que sí quieres, aunque te cueste la vida.
Desdobló el pañuelo que tenía en la mano y lo puso sobre el lavabo. No era un arma, ni dinero, ni nada que yo esperara. Eran fotografías. Muchas fotografías. Al acercarme un poco, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies: eran imágenes mías, de cuando era niño, de cuando lloraba escondido en el patio de la escuela anterior, pero lo peor de todo… había una hoja con todos los detalles de mi pasado: los nombres de las escuelas de donde me habían echado, los motivos reales, incluso las cartas que yo le escribía a mi madre cuando me sentía solo, cosas que yo creía que nadie más conocía.
Pero lo que me hizo quedar paralizado fue una foto más: mi padre, cuando trabajaba de noche en el hospital, en una situación delicada que no podía salir a la luz. Brayan señaló con el dedo esa imagen y sonrió con amargura.
—¿Te das cuenta? —dijo con frialdad—. Me tomé el tiempo de investigar, de escuchar, de averiguar todo lo que tú y tu familia han ocultado para sobrevivir. Si estas fotos y papeles llegan a la dirección de la escuela, a los vecinos, a las autoridades… ¿qué crees que pasará? Tu padre podría perder su trabajo, tu familia tendrá que volver a huir, pero esta vez con la marca de que no son lo que dicen ser. Y tú… tú volverás a ser el chico raro, el que miente, el que trae problemas a donde vaya. Solo que ahora, no tendrás dónde esconderte.
Sentí que me faltaba el aire. Era algo demasiado delicado, algo que podía destruir todo lo que mi familia había construido con tanto esfuerzo, algo contra lo que no podía defenderme. Me quedé mirándolo con lágrimas que empezaban a brotar sin querer, con la angustia apretándome el pecho hasta doler físicamente.
—¿Por qué haces esto? —le pregunté con voz quebrada—. ¿Cómo puedes usar lo que más me importa para obligarme? Pensé que al menos me tenías cariño…
—¡Porque te amo! —gritó de repente, perdiendo la compostura, y sus ojos se llenaron de lágrimas desesperadas—. ¡Y ver que tú prefieres a otro, que lo miras como yo quiero que me mires a mí, me está volviendo loco! Si no puedo tenerte por amor, entonces te tendré por necesidad. Es la única forma que se me ocurrió para que no me dejes atrás.
Metió la mano en su bolsillo y sacó un pequeño tarro de vidrio, cerrado herméticamente, y lo puso sobre las fotos.
—Esta es mi propuesta —dijo, volviendo a calmarse, aunque su voz seguía temblando—. No te pido que te cases conmigo ni que dejes de verlo del todo… todavía. Solo te pido que aceptes este tarro. Dentro hay una mezcla que preparé, algo que debes tomar cada noche, solo una gota en tu bebida. No te hará daño grave, te lo juro, pero hará que tu mente se confunda un poco, que tus sentimientos se enturbien, que poco a poco vayas sintiéndote más cómodo conmigo y menos obsesionado con Esteban.
Me quedé mirando el tarro, sintiendo cómo se me helaba la sangre en las venas. Era una propuesta que no tenía salida: si decía que no, destruía a mi familia y todo lo que habíamos logrado. Si decía que sí, me estaba entregando a mí mismo, estaba envenenando mi propia libertad y mi propio corazón. No había ninguna otra opción posible.
—¿Por qué me haces esto? —repetí, ya sollozando, sintiendo que el mundo se me venía encima—. Esto no es amor, Brayan… esto es esclavitud.
—Llámalo como quieras —respondió él, acercándome el tarro hasta casi tocarme la mano—. Pero es la única forma de que salgas de esto sin perderlo todo. Tómalo, Fabricio. Acepta. O verás cómo todo lo que amas se desmorona en menos de una semana.
No pude hablar más. Las lágrimas caían sobre mis manos temblorosas mientras miraba el pequeño recipiente brillando bajo la luz del baño. El terror, la angustia, la desesperación se mezclaban en mi pecho en una sensación tan fuerte que creía que iba a desmayarme. No tenía salida. Ninguna.
Con el alma hecha pedazos, con la sensación de que estaba firmando mi propia condena, extendí la mano y tomé el tarro. Estaba frío, pesado, y sentí que en ese momento llevaba en la palma de mi mano el precio de mi supervivencia.
Al ver que lo aceptaba, Brayan sonrió de nuevo, esta vez con un aire de satisfacción dolorosa. Guardó las fotos y los papeles con cuidado y se acercó para susurrarme al oído:
—Muy bien. Así estaremos bien. Recuerda: cada noche, una sola gota. Y no se lo digas a nadie… ni siquiera a Esteban. Si él se entera, todo se acaba para todos.
Salió del baño y cerró la puerta con suavidad, dejándome solo, con el tarro en la mano y un dolor que me recorría todo el cuerpo. Me dejé resbalar hasta quedar sentado en el suelo, llorando en silencio, sintiéndome más solo y más roto que nunca.
Cuando salí del baño unos minutos después, Esteban ya me esperaba, y al verme pálido, con los ojos hinchados, se acercó preocupado para abrazarme. Pero yo tuve que apartarme con una excusa, porque tenía el tarro escondido en el bolsillo, y sentía que si él me tocaba, sabría en seguida que algo estaba terriblemente mal.
Ahora estoy aquí, sentado en la oscuridad de mi cuarto, mirando este pequeño recipiente sobre mi mesa de noche. Lo que siento no tiene nombre: es rabia, es dolor, es impotencia. Me obligaron a aceptar algo que me destruye por dentro, bajo la amenaza de perder a mi familia y todo lo que me queda.
¿Cómo podré mirar a Esteban a los ojos sabiendo lo que llevo conmigo? ¿Cómo podré vivir sabiendo que estoy siendo obligado a traicionar mis propios sentimientos?
El juego cambió por completo. Ya no es solo luchar contra el mundo… ahora tengo que luchar contra mí mismo, contra el veneno que me obligaron a aceptar, con el miedo constante de que todo salga a la luz.
Y lo peor de todo es que sé que esto recién empieza. Brayan no se detendrá aquí.