Desde la noche en que presenció la muerte de su padre, Eleonore Montrose no ha vuelto a hablar. Su silencio, convertido en motivo de vergüenza para su familia, es usado por su madrastra, Lady Agatha, para someterla y ofrecerla en matrimonio a un hombre al que no conoce: Lord Edmund Blackwood, heredero de una antigua casa junto al mar.
Obligada a unirse a un extraño y exiliada en una mansión llena de ecos, Eleonore descubrirá que el silencio puede ser también un refugio… y que el amor, incluso en medio de la imposición, puede revelar verdades que todos preferirían mantener enterradas.
Pero cuando los recuerdos reprimidos regresen, su voz —la que creían perdida— podría ser tanto su salvación como su condena.
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CAPÍTULO 17
El amanecer filtraba su luz pálida por los cristales del invernadero, dibujando sombras suaves sobre las hojas húmedas. Edmund ya estaba allí, de pie junto a la mesa de trabajo de Eleonore, contemplándola con una atención que parecía contener todo el mundo.
Ella no había hablado, pero su mirada, fija en el vapor que ascendía de los tiestos, era intensa. Sus manos descansaban sobre el regazo, temblorosas apenas, como si el simple acto de estar allí la llenara de un miedo hermoso.
—No sabía que vendrías tan temprano —susurró Edmund, y por un instante su voz tembló. Él nunca lo admitiría, pero sentirla así lo conectaba con sus emociones sin filtros, como cuando era niño. Y se preguntaba si después de haberse convertido en un ser tan frío que los rumores lo convirtieron en un monstruo, se merecía alguien tan pura, tan noble, tan dulce, tan valiosa, tan fuerte.
Eleonore levantó los ojos y, por primera vez, una sonrisa ligera se dibujó en sus ojos. Le tendió la libreta. En una hoja estaba escrito: ¿Lo soñé yo también?
Edmund leyó las palabras y su pecho se apretó. Tomó la libreta con cuidado y escribió debajo: No. No fue un sueño.
Ella lo observó durante un largo instante. El tiempo parecía haberse detenido; ni el sol que calentaba el cristal ni el vapor que cubría sus cuerpos podían tocar aquel silencio que era solo de ellos.
—No tienes que forzarte —susurró Edmund, inclinándose apenas hacia ella—. No quiero que lo hagas por mí.
Eleonore negó suavemente. Tomó la pluma y escribió otra vez: No lo intenté. Simplemente salió.
Él sintió un temblor recorrerlo; la torpeza y la fragilidad de sus palabras lo atravesaban más que cualquier grito. Lentamente, se acercó un paso, luego otro, hasta que la distancia entre ambos se volvió mínima.
—Me estoy enamorando completamente de ti—murmuró Edmund.
Sus manos se rozaron. Primero un toque casual, torpe, pero que no se apartó. Después, cuando sus dedos se entrelazaron sin pensarlo, algo cambió, la conexión se volvió compartida, firme, silenciosa pero intensa. Edmund acercó su rostro, y sus labios rozaron los de ella con una lentitud cargada de todo lo que habían callado; ahora era imposible vivir sin sentir esa muestra de amor.
El beso no era pasión desbordada, sino confesión; un reconocimiento mutuo de que se necesitaban, que no había espacio para dudas. Eleonore cerró los ojos, apoyando la frente contra su mejilla después del contacto, respirando el mismo aire que él, y él la rodeó con los brazos, conteniéndose para no fundirse del todo.
Cuando finalmente se separaron, apenas un suspiro escapó de él. Ella escribió, con un trazo tembloroso pero decidido: Yo… también.
Él sonrió, lo hizo con sinceridad absoluta, dejando escapar toda la tensión contenida de meses. Su mirada la buscó, y la encontró. Ninguna palabra más era necesaria. Solo el pulso compartido, la cercanía, la certeza silenciosa de que ya no había marcha atrás.
El invernadero se llenó de luz tibia y vapor. Afuera, el día avanzaba sin prisa, pero dentro, dos corazones habían encontrado su lugar, y nada —ni palabras, ni miedo, ni pasado— podía cambiarlo.