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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:842
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 15 - La última luz. Misterio encerrado en metal.

Tomó una manta gruesa y, con extremo cuidado, colocó al bebé en sus brazos. Su pequeño cuerpo frío, al abrazarlo, le ofreció un consuelo extraño, casi irreal. Era la primera y la última vez que podía sostenerlo así.

Respiró hondo, conteniendo el dolor que le desgarraba el pecho. Susurró una disculpa, ahogada entre lágrimas silenciosas.

Lo había fallado. No pudo protegerlo.

Lo acostó con ternura en la incubadora, acomodándolo con la delicadeza de quien intenta aferrarse a lo imposible. Luego, con un nudo en la garganta, cerró la tapa.

Lo arrastró fuera, sintiendo cada paso como un peso insoportable. Sacó el arma, revisó las pocas balas que le quedaban y la apuntó hacia esa diminuta cabeza. Creía que sería fácil. Que el dolor ya no podía alcanzarla.

Pero sus manos temblaban. Sus dedos se negaban a presionar el gatillo. Su corazón retumbaba en su pecho como un tambor, como si su propio cuerpo luchara contra lo inevitable.

Cuando todo terminó, lo llevó hasta el árbol más grande y hermoso de la isla. Cavó un pequeño agujero con lo que le quedaba de fuerza y lo depositó allí, con cuidado, como si aún pudiera sentir su peso.

El dolor la atravesó de nuevo, brutal y despiadado. Pero ya no quedaban lágrimas. Solo silencio.

El último adiós a su pequeño cuerpecito fue más duro de lo que jamás imaginó. No pensó que dolería tanto, a pesar de no haberlo conocido en vida. Pero el dolor era insoportable, desgarrador.

Meses había vivido en su cuerpo, creciendo dentro de ella, alimentándose de su sangre, de su esencia. Cada parte de él provenía de ella. ¿Cómo no iba a doler? Si era un pedazo de su propia existencia.

En ese instante, no lo veía como una extraña criatura. No veía el experimento, ni el horror de su origen. Lo miraba hermoso, adorable, perfecto.

Se quedó observándolo por largos minutos, grabando cada rasgo en su mente, cada pequeño detalle. No la imagen de lo que yacía frente a ella, sino la de los archivos. Así lo recordaría por siempre.

El pequeño se llevaría consigo una parte de su ser. Una que nunca regresaría.

Pensaba en lo maravilloso que habría sido si hubiera podido cuidarlo, abrazarlo, verlo crecer junto a sus hermanitos. Pero no… Ese destino nunca fue una opción. No pudo evitar el cruel suceso que le tocó.

Con el tiempo, logró contener el dolor, o al menos enterrarlo lo suficiente para seguir adelante. Volvió al laboratorio, a ese lugar donde la muerte y la ciencia se entrelazaban en un juego macabro.

El doctor seguía atado a la camilla, pero ahora era solo un cadáver en avanzado estado de descomposición. Su muerte, al menos, había servido para algo: confirmar que el virus no se transmitía por el aire, solo por mordidas.

Pero, ¿qué demonios estaba pensando? Ojalá nada de esto salga jamás de ese maldito lugar.

El hombre yacía ahí, miserable, reducido a un despojo de carne y huesos. Había pagado con creces todo lo que hizo. Cuántas criaturas inocentes habrían pasado por esas sucias manos. Cuánto sufrimiento había sembrado antes de caer en su propia condena.

Solo quedaba revisarlo a él. Pero no se había atrevido. Quizás por arrepentimiento. Al final, ella también se había convertido en un monstruo.

Cada vez que recobraba la consciencia, los recuerdos la golpeaban sin piedad. Cada mutilación, cada acto de crueldad. No debió haberlo hecho. No debió cegarse por su deseo de venganza.

Pero la desesperación regresó como una ola imparable, y nuevamente la envolvió por completo, ahogándola en su intensidad.

Arrojó lo poco que aún quedaba en pie. No lo soportaba más. Destruyó todo. Cada rincón de esa habitación se convirtió en un campo de ruinas bajo su furia.

Cuando ya no le quedaban fuerzas, se dejó caer frente al cadáver del científico. Lo maldijo. Maldijo el laboratorio. Maldijo ese lugar podrido. Y luego, con los puños apretados y la rabia consumiéndola, descargó sus golpes sobre el hombre muerto. Como si con cada impacto pudiera borrar su propia culpa.

Uno de sus golpes resonó distinto. No contra carne, ni hueso, sino contra algo sólido. Algo metálico.

El sonido rebotó en la habitación, y un objeto cayó pesadamente al suelo: un reloj.

Por un instante, su furia se disipó, reemplazada por curiosidad. ¿Qué tenía de especial? Revisó el cadáver del doctor, pero no encontró nada más. Solo ese extraño reloj.

A simple vista, no era un reloj común. Su diseño era diferente, sin correas visibles ni hebillas para ajustarlo.

Intentó cerrarlo o moverlo, pero no había forma. Lo giró en sus manos, lo golpeó con herramientas, trató de forzarlo, pero era inútil. No cedía. Era irrompible.

Al final, decidió llevárselo. Él ya no lo necesitaría.

Pero estaba empapado de sangre coagulada, oscura y pegajosa, con restos de piel adheridos a su superficie. La sensación fría y viscosa le revolvió el estómago. No quiso tocarlo más. Lo metió en una bolsa transparente.

Salió de la habitación, respirando hondo para alejarse de la peste a muerte. Se dirigió al agua y sumergió las manos, frotándolas con fuerza para quitarse la inmundicia. Incluso lavó el reloj, dejándolo reluciente.

Luego se sentó en la arena y volvió a examinarlo. Era extraño. Su superficie tenía un brillo dorado intenso, como metal pulido, y era increíblemente resistente. Ni un solo rasguño tras sus intentos de cerrarlo.

Lo más curioso era su pequeña pantalla cuadrada. Se parecía a los relojes inteligentes que había visto antes, pero sin botones, sin puertos, sin forma de activarlo.

Tal vez era automático. Tal vez solo tenía la batería agotada.

Después de un largo rato de intentarlo, girándolo en sus manos, analizando cada detalle sin éxito, soltó un suspiro frustrado. ¿Qué más podía hacer?

Tomó el reloj y, casi en un gesto de resignación, se lo colocó en la muñeca. Por simple juego, empezó a girarlo, a moverlo sin esperar nada.

Hasta que, de repente, el mecanismo encajó por sí solo.

El reloj se cerró con un ajuste perfecto alrededor de su piel. Sin correas, sin broches, sin ranuras visibles. Como si siempre hubiera pertenecido ahí.

Iliana contuvo el aliento, observándolo con los ojos muy abiertos.

No podía creerlo.

Su mente se quedó en blanco. ¿Qué acababa de pasar?

Antes de que pudiera reaccionar, un dolor punzante le atravesó la muñeca. Unos pinchazos, pequeños pero profundos, se hundieron en su piel como agujas ardientes.

El dolor era insoportable.

La sangre empezó a correr por su mano, goteando sobre la arena. En ese mismo instante, la pantalla del reloj se encendió con un brillo opaco, como si despertara de un sueño profundo.

En la pantalla apareció un solo nombre: Deepness.

Parecía una aplicación, pero no reconocía el idioma de los caracteres que aparecían en los bordes. Su respiración se aceleró. ¿Qué demonios era esto?

Con manos temblorosas, tocó la pantalla.

Un mareo intenso la golpeó de inmediato. Su visión se volvió borrosa, su cuerpo perdió estabilidad.

La arena bajo ella se desvaneció.

Y luego… la oscuridad absoluta.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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