Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 15
Alex
Entro a la casa y el silencio que encierran las paredes me recibe. Cierro la puerta detrás de mí y apenas doy dos pasos cuando veo a mi abuela sentada en el sofá como una reina que jamás se retira del trono, envuelta en esa pijama de seda que le da un aura teatral. Tiene el cabello atado, ni un rizo fuera de lugar, mostrando que nisiquiera de noche baja la guardia.
—Alexander, ¿cómo te fue?
Sonrío apenas. Camino hacia ella y le doy un beso en cada mejilla.
—¿Qué haces despierta tan tarde, abuela?
—No podía dormir— Dice, dramática, llevándose una mano al pecho. —Además, estaba ansiosa porque llegaras y me contaras cómo te fue. ¿Conociste alguna chica?
La imagen me golpea sin permiso con su pregunta. El cabello rojo enredado entre mis dedos, labios hinchados, ljos color plata mirándome como si yo fuera un peligro del que debe alejarse.
Desvío la mirada.
—No.
Mi abuela se queda quieta.
—¿No?
—No— Le vuelvo a repetir.
—¿Qué significa ese “no”?
Suspiro.
—Significa exactamente eso. No conocí a nadie, abuela.
Ella se agarra la cabeza como si le estuviera causando un dolor físico.
—Alexander, tú y Francis ya no son niños. ¿Cuándo piensan sentar cabeza? ¿Es que acaso no me consideran? Solo quiero verlos casados y con una familia antes de morir. ¿Les estoy pidiendo demasiado?
Paso la mano por mi nuca. Si supiera.
Si supiera que la única mujer que logró captar en mí algo esta noche está comprometida… y pertenece al tipo de familia que convierte matrimonios en contratos de guerra.
—No vas a morir ahora, abuela.
—Eso no lo decides tú— Resopla. —Pero sí puedes decidir dejar de espantar mujeres.
El problema no es espantarlas… Es que todas me agotan la paciencia.
Excepto la que me mira como si yo fuera el infierno… y aun así deja que la queme.
Mi abuela me observa con los ojos entrecerrados.
—Estás raro.
—Estoy cansado.
Mentira.
Estoy encendido, confundido e irritado conmigo mismo. Porque esta vez ya no se trata de las ganas irremediables que le tengo a esa mujer, ahora quiero saber quién la hizo temblar, quién es el dueño de sus pesadillas.
—Vete a dormir, abuela.
—Tráeme una bisnieta antes— Responde.
Me paso la mano por la cara, agotado.
—Aún no estoy listo para casarme. Cuando conozca a la mujer adecuada lo haré. Créeme.
Ella me mira como si acabara de decir la estupidez más grande del siglo.
—No puedo confiar en el criterio de ustedes dos. Son unos libertinos sin remedio. Ninguna mujer decente querrá casarse con ustedes, por eso debo involucrarme antes de que terminen casándose con una cualquiera de por ahí.
Sonrío porque no tengo nada que decirle. Cuando a mi abuela se le mete algo en la cabeza, ni un ejército la mueve.
—Hablaremos de esto después, ¿sí? O mejor, ¿por qué no lo hablas con Francis? Creo que en el fondo sí estás logrando convencerlo con eso del matrimonio.
Ella levanta una ceja.
Lo siento, primo… pero eres tú o soy yo.
—¿Francis dijo eso?— Pregunta, con un intenso interés en la mirada.
—Algo así— Me encojo de hombros. —Últimamente lo noto… reflexivo.
Mi abuela sonríe de esa manera peligrosa que anuncia planes, alianzas y emboscadas sociales.
Pobre Francis.
—Muy bien— Dice. —Entonces empezaré por él.
Misión cumplida.
—Ahora vete a dormir, Alexander— Ordena, como si yo tuviera doce años.
No le doy más largas a la conversación. Le dejo un beso en la frente y subo las escaleras por fin, aflojándome el nudo de la corbata. Cada paso resuena en el silencio de la casa, pero mi cabeza no está aquí.
Está en un pasillo con antorchas, contra una pared.
Entro a mi habitación, me quito la chaqueta y la dejo caer sobre una silla. No debería pensar tanto en ella. No debería importarme por qué se quedó rígida por un segundo antes de rendirse.
No debería importarme ese miedo que se mezclaba con el deseo, pero lo hace. Me importa.
Me siento en la orilla de la cama, saco el teléfono… y me quedo mirándolo. No escribo. Si la presiono más, va a correr y yo no quiero que corra. Quiero que venga sola.
Apoyo los codos en las rodillas, mirando el suelo.
—¿Qué demonios estás haciendo, Alexander…?