“Prometió no amar a otra mujer… hasta que ella llegó”
Él era un hombre roto.
Ella, la tormenta que lo hizo sentir de nuevo.
Entre el aroma de la tierra mojada y el calor de las noches en la granja, el granjero descubrió que el amor puede florecer incluso en el suelo más árido.
🔥 El corazón del granjero — cuando el amor renace donde el dolor parecía eterno.
NovelToon tiene autorización de Uliane Andrade para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Cristina...
La recepcionista volvió cerca de las tres de la tarde. Era una chica simpática, de rostro redondo y barriga enorme, de unos ocho meses de gestación.
—¡Dios mío, debes ser Cristina! —dijo, sonriendo en cuanto me vio—. Leandro me contó lo que pasó. Muchas gracias por haberte quedado en mi lugar.
—Era lo mínimo —respondí, devolviéndole la sonrisa—. ¿Estás bien?
—Ahora sí. Creo que fue solo una bajada de tensión. El calor no ayuda mucho.
Asentí. El sol ahí fuera parecía haber decidido brillar solo para ponernos a prueba.
—Entonces, descansa cuando puedas. Y no te preocupes, Leandro lo hizo muy bien.
Ella rió.
—Es un buen chico. Está todo orgulloso de haber ayudado al "jefe".
Nos despedimos con un abrazo leve y, finalmente, pude seguir con el tour que me había prometido a mí misma.
El hotel era realmente lindo. Cada detalle parecía pensado con cariño: madera pulida, flores frescas, el olor suave de lavanda en el aire. Había algo de acogedor allí, incluso en medio de tanto lujo. Pasé por el restaurante, por el jardín interno y por la terraza con vista al lago. Tomé algunas fotos mentalmente, porque quería recordar cada pedacito de aquel lugar.
Cuando miré el reloj, me llevé un susto.
Cuatro horas.
—¡Ay, Dios mío! —dije en voz alta—. ¡La clase de Gabriel!
Salí apresurada, el tacón hundiéndose levemente en la tierra del camino. El camino de vuelta parecía más largo que por la mañana, tal vez porque solo podía pensar que Francisco me mataría si llegaba tarde.
Llegué al chalet sudada, entré directo a la ducha, y el agua fría me hizo suspirar. Me cambié de ropa corriendo —unos pantalones vaqueros, camiseta blanca y cabello recogido de cualquier manera— y seguí para la biblioteca.
Gabriel ya estaba allí, sentado a la mesa, con los cuadernos abiertos y una sonrisa de lado.
—Pensé que no vendrías hoy —dijo, levantando la mirada del libro.
—Casi no vengo. Me perdí conociendo el hotel —confesé, todavía jadeando—. Pero llegué a tiempo.
Él rió, y aquella risa leve me hizo olvidar el cansancio.
La materia del día era matemáticas, y cada vez más veía lo mucho que se estaba soltando conmigo. Al principio, mal hablaba, solo respondía lo necesario. Ahora hacía bromas, hacía preguntas e incluso arriesgaba una sonrisa cuando se equivocaba.
—¿Te diste cuenta de que ya estás resolviendo las ecuaciones sin reclamar? —pregunté, provocando.
—No hables mucho, o el encanto se rompe —respondió él, con un brillo divertido en la mirada.
Me senté al lado de él y comenzamos a revisar el contenido. Mientras él se concentraba, yo observaba la manera en que fruncía el ceño, intentando entender el razonamiento. Había algo dulce en aquella seriedad.
La luz que entraba por las ventanas iba quedando más amarillenta, y el sonido distante de los pájaros completaba la paz de aquella tarde. Por un instante, me olvidé completamente del episodio en el hotel, de Verónica e incluso de Francisco.
Allí, con Gabriel, todo parecía simple.
La clase terminó cuando el sol ya comenzaba a esconderse detrás de los árboles. Gabriel cerró el cuaderno satisfecho y me mostró la última cuenta resuelta.
—¿Viste? —dije, orgullosa—. Hasta parece que a alguien aquí le está empezando a gustar las matemáticas.
Él rió, negando con la cabeza.
—Gustar es una palabra fuerte, Cristina. Yo solo estoy… acostumbrándome.
—Acostumbrarse también es progreso —respondí, guardando los libros—. Hasta mañana, jovencito.
Salí de la biblioteca todavía sonriendo, pero la sonrisa casi se desvaneció cuando vi a Francisco parado en el pasillo. Él estaba apoyado en la pared, de brazos cruzados, observándome con aquella mirada que parecía atravesar a uno hasta el alma.
—Señorita Cristina —dijo, enderezándose—. ¿Puede acompañarme hasta la oficina? Necesitamos tener aquella conversación que mencioné más temprano.
Mi corazón se disparó.
Listo. Estaba despedida antes incluso de la primera semana de trabajo.
—Claro —respondí, intentando parecer tranquila.
Caminamos lado a lado por el pasillo silencioso. Yo sentía el sonido de mis propios pasos resonando y el nerviosismo creciendo a cada segundo. Cuando él abrió la puerta de la oficina y me dio el paso, respiré hondo antes de entrar.
Francisco fue directo al grano.
—No necesita estar tensa, Cristina —dijo, sentándose frente a la mesa—. Quería hacerle una propuesta.
—¿Propuesta? —repetí, parpadeando.
—Sí. Como debe saber, Sara —la funcionaria de la recepción— está embarazada y a punto de salir de licencia. Yo venía entrevistando a algunas personas para sustituirla, pero, sinceramente, ninguna me agradó.
Él apoyó los codos en la mesa y me miró fijamente.
—Hasta hoy por la mañana.
Demoré un segundo en entender.
—¿Yo?
—Usted —confirmó, con una leve sonrisa—. Vi la forma en que lidió con los huéspedes, como ayudó a Leandro, y pensé que usted podría asumir la recepción durante el período de la licencia de Sara.
Yo parpadeé de nuevo, sin creerlo.
—¿Me está ofreciendo el empleo?
—Exactamente —respondió con naturalidad—. Un empleo temporal, pero un empleo.
Fue imposible contener la emoción.
—¡Ay, Dios mío, en serio! ¿¡Yo!? ¿¡En el hotel!?
Di un pequeño salto en el lugar, batiendo palmas bajito, y él comenzó a reír. Reír de verdad.
Una risa suelta, bonita, que yo nunca había escuchado antes.
—Yo debería filmar este momento —dijo, divertido—. No es todos los días que veo a alguien conmemorar un turno de trabajo de diez horas. Siendo que tendrá que trabajar después de él.
—¿¡Diez horas!? —abrí los ojos.
—De seis de la mañana a las cuatro de la tarde.
—¿Tan temprano? ¡Jesús!
Él rió aún más, apoyando la frente en la mano.
—Usted va a sobrevivir, Cristina. Tendrá dos horas de almuerzo, al final serán solo ocho horas de trabajo.
Crucé los brazos, haciendo drama.
—No prometo estar viva en la segunda semana.
—Lo estará —él garantizó, con aquel tono firme y calmo de siempre—. Usted hará un entrenamiento con Sara por dos semanas. Después, se quedará sola en la recepción hasta que ella vuelva.
Yo todavía estaba sonriendo cuando él añadió:
—Prepárese, usted comienza el lunes. Y aviso desde ya… no admito atrasos, señorita.
—¿Atrasos? —hice una mueca fingiendo ofensa—. ¡Yo soy la puntualidad en persona!
Él arqueó una ceja, claramente dudando.
—Vamos a ver.
Cuando salí de la oficina, todavía con el corazón ligero y una sonrisa boba en el rostro, solo conseguí pensar que, por primera vez en mucho tiempo, yo estaba animada con algo nuevo. Mi vida había cambiado drásticamente en los últimos días. De princesita de lujo de la ciudad grande, a profesora de adolescente y ahora recepcionista de hotel. Y por increíble que pudiese parecer, yo estaba gustando de toda aquella novedad.
Y, de alguna forma, a Francisco parecía gustarle eso tanto como a mí.