Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
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CAPITULO 15
Luciano
La decisión estaba tomada.
No habría largas esperas. No había espacio para protocolos inútiles.
El sábado sería la boda.
Y hoy era miércoles. Solo quedaban tres días.
Luciano los miró a ambos, sentado con una seguridad inquebrantable en el despacho de Donato.
La tensión todavía palpitaba en el aire, pero su mirada estaba fija en Isabela.
—Nos casamos este sábado. Quiero todo listo. Yo me encargo de cada detalle —dijo con voz firme, sin lugar a discusión.
Donato apretó los dientes, aún no del todo convencido, pero sabiendo que, al final, ya no tenía opción. Luciano no había pedido permiso. Solo estaba siendo educado… dentro de su estilo.
Isabela lo observaba, tranquila, con esa paz que a veces precede a una tormenta. Pero no se sentía víctima de nada. No esta vez. No con él.
—No quiero una boda grande —dijo, y su voz era como una flor en un campo de batalla—. No tengo a nadie más que a mi padre.
Solo quiero algo sencillo… íntimo. Cuatro personas. Eso es suficiente para mí.
Luciano asintió lentamente. Su mirada se suavizó al mirarla.
—Entonces será así. Dante y Donato… ustedes serán los testigos. Y tú, Isabela… no te vas de mi lado nunca más.
El sábado te conviertes en mi esposa. Pero esta misma noche vienes conmigo.
Donato levantó una ceja.
—¿Tan pronto?
Luciano no desvió la vista de Isabela.
—Ya esperé demasiado. No puedo estar más tiempo lejos de ella. Me pertenece. La quiero donde pueda verla, respirarla — tocarla si quiero— pensó.
Isabela sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era miedo. Era ese fuego que Luciano llevaba en los ojos… y que ahora ardía en ella también.
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Isabela
Después de salir del despacho, pidió un momento sola con su padre.
Lo abrazó con fuerza, sintiendo en ese contacto todo lo que le había costado llegar hasta aquí.
—¿Estás segura, mi niña? —le susurró Donato, con un nudo en la garganta.
—Lo estoy —respondió con voz firme—. Sé lo que él es. Y sé lo que despierta en mí. No tengo miedo, papá.
Además… hay algo que quiero hacer.
Se dirigió a la habitación que nadie había tocado en años.
El viejo baúl estaba en la esquina, cubierto por una tela blanca. Lo destapó con cuidado y retiró las cajas hasta dar con la que buscaba.
Cuando abrió la caja, el aire se llenó de un recuerdo dormido:
el vestido de su madre.
Sencillo, blanco, lleno de pequeñas perlas cosidas a mano.
Su madre se lo mostraba cuando ella era pequeña.
“Este es mi favorito”, le decía.
“Quiero que lo uses tú también, cuando encuentres al hombre que te mire como si fueras lo único en el mundo.”
Isabela acarició la tela con dedos temblorosos.
Nunca pensó que cumpliría ese deseo.
Pero a pesar de todo… lo haría.
Por ella. Por su madre. Por lo que había sobrevivido.
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Dante
—¿Quieres cuatro personas, una ceremonia privada y todo listo en tres días? —repitió Dante por teléfono.
—Quiero lo mejor. La empresa más prestigiosa. Págales lo que pidan. Y que el cóctel sea en el viñedo Belmonte. Quiero luz tenue, orquídeas, y música de cámara.
Ella quiere algo sencillo. Haz que lo sencillo sea perfecto —ordenó Luciano, seco, cortando después sin esperar respuesta.
Dante soltó un suspiro y murmuró:
—El Demonio se nos casa… quién lo diría.
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Luciano (más tarde esa noche)
Esa noche, cuando Isabela subió a su auto, vestida de azul profundo, sencilla y silenciosa…
Luciano no dijo nada.
Solo la miró. La devoró con los ojos.
Ella era el centro de su oscuridad.
La grieta por donde se colaba la luz.
Mientras el auto los alejaba de la casa de Donato, él le tomó la mano, sin pedir permiso. Y por primera vez, ella no se apartó, ante el contacto de otra persona.
—¿Por qué tanta prisa? —susurró ella, sin mirarlo.
—Porque si no te tengo ya… pierdo la cabeza.
—¿Y si ya la perdiste?
Luciano sonrió.
—Entonces al menos me vuelvo loco contigo.