Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 13: Preparativos y reflejos
Keily
Me encontraba frente al espejo de mi habitación, frustrada, rodeada de un desastre de ropa esparcida por la cama. Intentaba probarme distintos vestidos para la cena importante de esa noche, pero cada uno parecía peor que el anterior.
—Nada me queda bien —murmuré, con el ceño fruncido mientras giraba un poco frente al espejo. Las curvas que siempre había intentado aceptar parecían multiplicarse con cada vestido que me ponía. La inseguridad me hacía sentir más gordita, más torpe, más… cualquiera menos hermosa.
Golpeé la puerta con frustración y me senté en la cama, rodeada de telas y perchas. El reflejo en el espejo me devolvía la imagen que ya conocía: la de una chica nerd, con curvas pronunciadas, con inseguridades que pesaban más que cualquier accesorio que intentara disimularlas.
Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron mis pensamientos.
—Keily… —la voz de Gastón— ¿puedo entrar?
Respiré hondo y murmuré un “sí” sin mirar. Rápidamente me envolví en una sábana, dejando la habitación a oscuras excepto por la luz del pasillo. Abrí la puerta con cuidado, esperando que simplemente pasara de largo.
Lo vi parado allí, mirándome de arriba a abajo, pero esta vez no había el desprecio o la burla de antes. Su mirada tenía otra cosa… algo que me hizo sentir un calor extraño en el pecho: ¿deseo?.
Mi corazón dio un brinco y aparté la mirada, intentando ignorarlo. Él se aclaró la garganta y finalmente habló:
—Mi madre y mi prima que está en la ciudad. Querían salir de compras contigo para la cena de esta noche.
—¿Yo…? —dije, dudando—. No sé si…
—Vamos —interrumpió, con esa voz firme pero tranquila que rara vez podía ignorar—. Te llevaré al shopping y listo.
Suspiré, resignada, y acepté. Me cambié lo mejor que pude y bajamos al auto. Durante el trayecto, me sentí inquieta, con la sensación de que cualquier paso en falso haría que Gastón se molestara o, peor, se riera de mí.
Cuando llegamos al shopping y las puertas del auto se abrieron, la madre de Gastón y su prima descendieron con sonrisas brillantes y bolsas ya listas. Yo me sentí un poco fuera de lugar, pero Gastón, como siempre, estaba allí, atento.
—Eres hermosa —me dijo en voz baja, mientras abría la puerta del auto para que bajara—. No dejes que nada ni nadie te haga sentir menos.
Su voz era firme, sincera, y no pude evitar sonreír. Me sentí más ligera, como si un peso invisible se hubiera levantado de mis hombros. Sin decir nada más, bajé del auto, dejando que la sábana que me había cubierto se transformara en una capa de confianza mientras nos dirigíamos hacia la tienda.
A pesar de mis dudas, algo dentro de mí comenzaba a cambiar. Tal vez, solo tal vez, no todo el mundo veía mis curvas como un defecto. Tal vez Gastón, con esa mirada y esas palabras, me estaba enseñando a verme con otros ojos.
Y mientras caminábamos hacia la entrada del shopping, me sorprendí pensando que esta cena, que al principio me aterrorizaba, podría ser también un momento para empezar a aceptar que, a veces, los milagros llegan en formas inesperadas.