Sinopsis:
Isabella, una joven y talentosa pianista, ve cómo su mundo se desmorona cuando su gran amor, Nicolás, sufre un trágico accidente de auto y es dado por muerto. Devastada y sola, descubre semanas después que está embarazada. Con el corazón roto pero decidida a salir adelante, se entrega a la música y comienza a trabajar como pianista en eventos y bodas, mientras cría a sus dos hijos gemelos.
Años después, recibe la oferta de tocar en una lujosa boda de alto perfil, con estrictas cláusulas de confidencialidad. Nada la prepara para lo que está a punto de vivir: el novio es Nicolás, vivo… pero sin el más mínimo recuerdo de ella.
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Capítulo 14 – Un Reencuentro Amoroso
La noche había caído con una quietud extraña, como si el mundo entero contuviera el aliento. Después del día turbulento que habían vivido, la casa por fin estaba en silencio. Los niños dormían profundamente, agotados por la tensión y el juego, y Nicolás se encontraba en la sala, sentado en el sofá donde había dormido las últimas noches, con la mirada perdida en la penumbra.
Pensaba en todo lo que había descubierto, en lo que habían intentado arrebatarle, y en lo que aún podía perder si no actuaba con firmeza. Pero por primera vez en mucho tiempo, no se sentía solo. Sentía que tenía algo —alguien— por quien luchar.
El sonido suave de pasos descalzos lo sacó de sus pensamientos. Al girar la cabeza, la vio.
Isabella estaba de pie en el umbral, envuelta en una bata de satén color marfil que caía con delicadeza sobre su figura. Su cabello suelto enmarcaba su rostro, y sus ojos, aunque cansados, brillaban con una mezcla de ternura y decisión.
—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó, con voz baja.
Nicolás asintió, sin poder apartar la mirada. Ella se acercó y se sentó a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su piel, el aroma de su cuerpo recién bañado. Por un momento, ninguno dijo nada. Solo compartieron el silencio, ese que a veces dice más que las palabras.
—Hoy pensé que los perdía —dijo él finalmente—. Que todo esto se me escapaba de las manos otra vez.
—No nos vas a perder —respondió Isabella, tomando su mano—. No mientras sigas luchando por nosotros.
Él la miró, y en sus ojos encontró todo lo que había estado buscando: amor, fuerza, perdón. Se inclinó lentamente y rozó su frente con la de ella.
—Te extrañé —susurró—. Incluso cuando no sabía que te estaba buscando.
Isabella cerró los ojos, dejando que esas palabras se hundiera en su pecho. Luego, con un gesto suave, llevó su mano al rostro de Nicolás y lo acarició con ternura. Cuando sus labios se encontraron, ya no hubo dudas. No era un beso de despedida, ni de duda. Era uno de regreso, de necesidad. Y con él, el mundo alrededor se desvaneció.
Nicolás deslizó sus dedos por la tela suave de la bata, y sintió cómo Isabella temblaba ligeramente bajo su toque. Ella lo miró, sin palabras, y se puso de pie, guiando con la mano hacia la habitación.
Entraron juntos, sin prisa. Isabella dejó que la bata cayera al suelo, revelando su piel a la luz plateada de la luna. Nicolás se detuvo un segundo, admirando, como si la estuviera viendo por primera vez. Se deshizo de su ropa con movimientos lentos, casi reverentes.
Se buscaron en la oscuridad, como dos cuerpos que ya se conocían, pero que necesitaban reencontrarse desde el principio. Cada caricia fue una confesión. Cada susurro, una súplica.
Los dedos de Nicolás recorrieron cada rincón de su piel, despertando memorias que habían estado dormidas demasiado tiempo. Isabella arqueó la espalda al sentir su boca en su cuello, en sus hombros, bajando por su pecho con una devoción que le erizó la piel.
Él la tomó con una mezcla de deseo y ternura. El ritmo fue pausado al principio, como si quisieran saborearse. Luego más intenso, más profundo, como si los años de distancia se disolviera entre sus cuerpos. Se amaron sin reservas, con gemidos que se perdían en la noche, piel contra piel, con miradas que lo decían todo.
No fue solo sexo. Fue entrega. Fue una reconciliación física y emocional. Fue llorar de placer, reír entre jadeos, decir “te amo” sin necesidad de pronunciarlo.
Cuando el amanecer comenzó a asomar por la ventana, Isabella despertó entre los brazos de Nicolás. Él dormía tranquilo, con una mano sobre su cintura y el rostro sereno. En su piel quedaban marcas de lo vivido: pequeños arañazos, besos retenidos, el calor del cuerpo amado.
Ella sonrió, acariciando su mejilla con una ternura nueva, profunda, agradecida.
—Bienvenido a casa —susurró.
Y por primera vez en años, el hogar no era solo un lugar. Era él. Eran ellos.
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🥰👩❤️👨
POR AMBICIOSOS Y MALDITOS