En los misteriosos bosques del Imperio de Thaloria, Zaida despierta en un carruaje, sin memoria y rodeada de desconocidos. Pronto se encuentra en medio de una lucha por la libertad liderada por la valiente princesa Ariadne y sus caballeros.
Pero su destino toma un giro inesperado cuando Zaida encuentra un misterioso collar y libera a Anika, una poderosa bestia divina encerrada en su interior. A medida que la relación entre Zaida y Anika se desarrolla, enfrentarán desafíos y complicaciones, mientras Anika se convierte en una fiel sirviente de Zaida.
Mientras descubre oscuros secretos y poderes ocultos, Zaida atrae la atención de varios príncipes del reino, cada uno con sus propios intereses y motivaciones.
Nota: está es una historia que salió de mi cabeza xd, pero probablemente sufra modificaciones, aún cuando ya esté publicado (es que soy mujer y no sé lo que quiero jajaja) que la disfruten :)
Extra: Contiene imagenes para una mejor imaginación :3
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CAPÍTULO 13 - LEALTAD Y DEBER
El sonido de los cascos de los caballos resonaba por las calles adoquinadas del Castillo, anunciando el regreso de los soldados. Al frente del grupo, Remesis, con su armadura brillante y su porte majestuoso, lideraba a su ejército de vuelta desde la frontera del norte. El cansancio era evidente en su rostro, pero sus ojos reflejaban la misma firmeza y determinación de siempre.
El Castillo estaba engalanado para recibir a su Príncipe heredero. Nobles, soldados y cortesanos se habían reunido en la entrada principal para aclamar su regreso, vitoreándolo con entusiasmo. La Emperatriz, acompañada de varios consejeros, lo esperaba en el gran salón.
Después de las formalidades y los discursos de bienvenida, Remesis agradeció el gesto con una inclinación de cabeza y se excusó con cortesía. Había algo que necesitaba atender antes que cualquier otro asunto: su hermana.
Mientras caminaba por los pasillos del Castillo, se cruzó con algunos eunucos que realizaban sus tareas diarias.
—¿Han visto a la Princesa Ariadne? —preguntó con seriedad.
Uno de los eunucos, tras dudar por un instante, respondió con cautela:
—Su Alteza, la Princesa no ha salido de su habitación en varios días…
El ceño de Remesis se frunció.
—¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?
El eunuco bajó la voz, nervioso.
—Está muy afligida, Su Alteza. Después de que la Emperatriz ordenara la ejecución de su doncella… no ha querido ver a nadie.
El corazón de Remesis se tensó. Sin perder tiempo, se dirigió a la habitación de Ariadne. Al llegar, empujó la puerta sin anunciarse.
Lo que vio lo llenó de tristeza.
Ariadne estaba sentada en el suelo, su mirada perdida en la nada. Su rostro, normalmente radiante, ahora lucía pálido y demacrado. No reaccionó al verlo.
—Ariadne… —dijo Remesis en voz baja, acercándose con cautela.
Nada.
Remesis se arrodilló frente a ella y tomó sus manos con suavidad. Estaban frías.
—Soy yo, hermana. Estoy aquí —susurró.
Los ojos de Ariadne, antes vacíos, parpadearon lentamente y se enfocaron en su hermano. Su voz, rota por el dolor, apenas fue un murmullo.
—Remesis…
No lo pensó dos veces y la envolvió en un abrazo. Ariadne se aferró a él, temblando, y de repente, todo su dolor estalló en un sollozo desgarrador.
—Fue horrible, Remesis… Madre… Madre la mató frente a mí —su voz se quebró. —No pude hacer nada. No pude salvarla.
Remesis sintió la ira bullir en su interior. Acarició el cabello de su hermana, tratando de darle algo de consuelo.
—Lo sé, Ariadne. Lo sé… Madre fue demasiado severa.
Ariadne se apartó ligeramente, su rostro aún marcado por la angustia.
—No sé qué hacer, Remesis. Me siento… perdida.
Él sostuvo su mirada con determinación.
—Primero, debes salir de esta habitación. Necesitas aire fresco, ver el mundo más allá de estas paredes. No puedes quedarte aquí consumiéndote en la culpa.
Pero Ariadne negó con la cabeza, apartando la mirada.
—No quiero salir… No quiero ver a nadie.
Remesis suspiró, comprendiendo su dolor, pero sabiendo que debía hacerla razonar.
—Ariadne, deja de traer gente al Castillo. No te lo digo porque no valore tu bondad, sino porque madre…
Su hermana levantó la vista, con el ceño fruncido.
—¿Qué estás diciendo?
—Madre es capaz de matarlos. No importa cuántos rescates, si ella lo considera una amenaza, lo hará sin dudar.
Ariadne palideció.
—No… no haría algo así.
—¿Estás segura? —su voz era seria, su mirada implacable.
Ariadne abrió la boca para responder, pero recordó el castigo brutal que había presenciado. El miedo se reflejó en sus ojos.
—Pensé que me apoyarías… —susurró.
Remesis la tomó de los hombros con firmeza.
—Te apoyo, pero debes ser más inteligente, hermana. Madre es implacable. Si seguimos este camino sin cuidado, no solo ellos morirán… tú podrías ser la siguiente.
Ariadne sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Remesis le dio un último apretón en el hombro antes de ponerse de pie.
—Voy a hablar con madre. No puedo prometer nada, pero haré lo posible para protegerte y a los demás. Confía en mí.
—Remesis… —su voz tembló—. Ten cuidado.
Remesis asintió y salió de la habitación con una única meta en mente.
El encuentro con la Emperatriz
El Gran Salón del Castillo era un reflejo del poder y la riqueza del imperio. Tapices dorados, columnas de mármol y el imponente Trono de la Emperatriz se alzaban en el centro de la estancia.
Al entrar, Remesis hizo una reverencia. La Emperatriz, altiva y serena, lo observó con una leve sonrisa de orgullo.
—Remesis, mi hijo, has cumplido con honor tu deber en la frontera. Has hecho bien.
—Gracias, madre —respondió con cortesía.
Pero no estaba allí para formalidades.
—Necesito hablar contigo en privado.
La Emperatriz lo miró con curiosidad y un atisbo de desconfianza.
—Muy bien.
Ordenó a los sirvientes y consejeros retirarse. Cuando la puerta se cerró, cruzó las piernas con elegancia y lo observó con expectación.
—¿De qué deseas hablarme?
Remesis no dudó.
—Es sobre Ariadne. Me ha contado lo que sucedió con su doncella… ¿Es cierto que ordenaste su ejecución?
La expresión de la Emperatriz se endureció.
—Remesis, no entiendes la gravedad de la situación. Tu hermana actúa con ingenuidad. Esa doncella debía ser castigada, era necesario.
—¿Necesario? ¿Matarla?
—Tu hermana debe aprender su lugar. Y además… —sus ojos se entrecerraron—. No podemos alimentar a forasteros cuando nuestra propia gente sufre.
Remesis cerró los ojos un momento, controlando su frustración. Sabía que discutir con su madre era inútil, pero sus palabras pesaban en su mente.
—Solo piénsalo, madre. Proteger el Imperio no significa gobernar con puño de hierro. A veces, la verdadera fuerza está en encontrar una forma de unir a la gente, no de dividirla.
La Emperatriz lo miró con atención… y por primera vez, una sombra de duda cruzó su rostro.
Pero solo por un instante.
—Eres mi hijo… y serás un gran Emperador algún día. Pero aún tienes mucho que aprender. —continuó la Emperatriz—. Si tengo que escoger entre nuestro pueblo y los extraños que Ariadne ha traído, siempre escogeré a nuestro pueblo. No puedo arriesgarme a debilitar nuestras reservas para alimentar a aquellos que no pertenecen aquí.
Remesis frunció el ceño.
—Madre, ¿acaso no podemos encontrar otra solución? Podríamos reasignar recursos, negociar con otros Reinos…
—¡Basta!
La voz de la Emperatriz resonó en la sala, interrumpiendo a Remesis con un gesto firme de la mano. Sus ojos brillaban con una mezcla de autoridad y preocupación.
—Si fuéramos bondadosos con toda la gente ajena a nuestro Imperio, este caería en ruina. No puedes comprender las mañas y peligros que representan. Los enemigos pueden aprovechar esta oportunidad para infiltrarse en el Imperio, haciéndose pasar por gente rescatada por Ariadne.
Remesis se sorprendió ante la severidad de sus palabras.
—Madre, pero… —.
—Incluso entre aquellos que parecen más necesitados puede haber traidores —continuó la Emperatriz, su voz baja pero llena de firmeza—. Algunos podrían traicionar a Ariadne o a nosotros para salvarse a sí mismos. No podemos permitirnos ese riesgo.
Remesis sintió un escalofrío. Antes solo veía la dureza de su madre como una barrera para Ariadne, pero… ¿y si tenía razón? ¿Y si, sin saberlo, Ariadne había dejado entrar a enemigos del Imperio?
Hizo una reverencia, aunque su mente seguía en conflicto.
—Madre… tienes razón. Eres sabia en tus juicios.
La Emperatriz asintió, satisfecha con la respuesta de su hijo.
—Como futuro sucesor de tu padre, debes ser firme y decidido. Debes gobernar con una mano fuerte y proteger a nuestro pueblo por encima de todo. Recuerda, Remesis, la seguridad y el bienestar de nuestro imperio dependen de tu capacidad para tomar decisiones difíciles y mantener la estabilidad. Nunca lo olvides.
Remesis levantó la cabeza, con un peso en su pecho.
Había llegado esperando cambiar la opinión de su madre, pero en su lugar… ella había sembrado una semilla de duda en su corazón.
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El sol apenas comenzaba a iluminar el horizonte cuando William llamó a su médico personal, el doctor Ethelred, quien anteriormente había atendido a Zaida. La preocupación por su recuperación lo había mantenido inquieto durante varias noches, y necesitaba asegurarse de que todo estuviera en orden.
—Buenos días, Alteza —saludó Ethelred con una reverencia al entrar en la habitación—. ¿Cómo puedo ayudarlo hoy?
—Buenos días, doctor —respondió William—. Quiero que examines a mi doncella nuevamente. Quiero estar seguro de que su recuperación va por buen camino.
Ethelred asintió y se acercó a Zaida, quien estaba sentada en la cama. A su lado, Anika, en su forma humana e invisible para todos menos para Zaida, la observaba con su habitual mirada vigilante.
El médico tomó asiento en una silla junto a ella y comenzó a examinar su pulso, midiendo cada latido con precisión. Sin embargo, su ceño se frunció ligeramente al notar algo inusual.
—Tu pulso aún es algo débil, Zaida —comentó tras unos segundos—. Pero... esto es sorprendente.
Zaida parpadeó, confundida.
—¿Qué sucede, doctor?
Ethelred la miró con evidente curiosidad.
—Tus heridas eran graves, la recuperación debió haber tomado semanas, incluso meses en algunos casos. Y sin embargo... no queda rastro de las quemaduras en tu piel. —El médico la observó con una mezcla de incredulidad y fascinación—. ¿Cómo es esto posible?
Zaida, ya preparada para la pregunta, respondió con calma:
—Provengo de un lugar donde usamos una medicina especial. Es muy efectiva.
El doctor Ethelred entrecerró los ojos.
—Ya veo...
Zaida miró a William y luego de nuevo al doctor.
—Pero también creo que la medicina del Príncipe me ayudó.
Ethelred se quedó en silencio por un momento, luego ladeó la cabeza y soltó una leve risa.
—Eso es interesante.
"Porque la medicina de Su Alteza es de lo más costoso y exclusivo, algo que ni siquiera nobles de alto rango pueden obtener fácilmente. Y me acabo de enterar de que fue usada en una simple doncella... " —Pensó el médico.
Zaida sintió su cuerpo tensarse, pero mantuvo la compostura.
—Fue un complemento a la medicina de mi tierra. Ambas cosas ayudaron en mi recuperación.
El doctor asintió lentamente, como si evaluara sus palabras.
—La medicina de Su Alteza puede ayudar a aliviar síntomas y fortalecer el cuerpo, pero por sí sola no podría haber eliminado heridas tan graves en tan poco tiempo. La tuya debió haber sido extremadamente poderosa.
Zaida solo asintió sin decir nada más.
Ethelred miró de reojo a William, notando su expresión impasible. Sin embargo, algo en su mirada le indicó que no quería que se siguiera cuestionando el tema.
—En cualquier caso, Alteza, su doncella está mejorando notablemente. Aunque su pulso sigue siendo algo débil, ya puede empezar a realizar algunas tareas ligeras. Sin embargo, es importante que continúe descansando. No será necesario que regrese a menos que surjan complicaciones.
William asintió.
—Gracias, doctor.
Ethelred hizo una reverencia y se giró para retirarse. Letio lo acompañó a la salida, pero antes de que pudiera atravesar el umbral, el guardia lo detuvo con una leve sonrisa que no alcanzó sus ojos.
—Doctor, un momento —dijo en tono amable.
Ethelred se detuvo y lo miró con cautela.
—Sí, ¿necesita algo más?
Letio sacó discretamente una bolsa de monedas de su cinturón y la puso en la mano del médico.
—Por su lealtad y discreción —susurró. Luego, con un movimiento sutil de su dedo, hizo un gesto cortante a la altura de su cuello, dejando claro que cualquier palabra fuera de lugar tendría consecuencias.
El doctor sintió el peso de la bolsa y la tensión en el aire. Con una expresión neutral, asintió y guardó las monedas en su túnica.
—No diré nada, lo juro.
—Bien —respondió Letio con una sonrisa ensayada—. Permítame acompañarlo a la salida.
...***...
Una vez que el doctor se marchó, William se quedó en silencio unos instantes. Miró a Zaida, aún sentado en su silla.
—Tu recuperación ha sido rápida.
Zaida sostuvo su mirada.
—Supongo que tuve suerte.
William la miró por un momento más, evaluando sus palabras. La duda seguía ahí, latente, pero el diagnóstico del médico le había dado cierto grado de credibilidad.
Finalmente, decidió dejarlo pasar.
—Descansa, Zaida. No quiero que te esfuerces demasiado.
Zaida inclinó la cabeza en señal de respeto.
—Gracias, su alteza.
William se puso de pie y salió de la habitación, seguido de Letio.
Anika, quien había permanecido en silencio todo ese tiempo, observó a Zaida con atención.
—Ese doctor hizo demasiadas preguntas —murmuró.
Zaida suspiró.
—Sí. Pero al menos ya no vendrá más.
Anika no parecía del todo convencida, pero decidió no presionar más el tema.
—Descansa un poco. Yo estaré vigilando.
Zaida se acomodó y cerró los ojos, sintiendo cómo el sueño la envolvía poco a poco.
Mientras tanto, Anika, en su forma animal, se deslizó fuera de la habitación y subió a los techos del palacio, observando desde las alturas cómo William y Letio se alejaban.
Ella sabía que la recuperación de Zaida aún era delicada. Y que mientras ella estuviera cerca, nadie podría hacerle daño.
...***...
Mientras el día avanzaba, la preocupación de William por Zaida no desaparecía del todo, pero sabía que debía enfocarse en su visita a Ariadne. La tristeza de su hermana por la pérdida de su doncella también requería su atención.
Montó su caballo y se dirigió al castillo de la Princesa Ariadne. El viaje fue corto, pero su mente no dejaba de divagar.
Cuando llegó, fue recibido con reverencias y conducido a la habitación de su hermana. Letio permaneció afuera, como de costumbre.
—El Príncipe William ha llegado —anunció uno de los eunucos.
Ariadne, que se encontraba junto a una ventana, se levantó al escuchar la voz de su hermano.
—Hermano —dijo con una pequeña sonrisa.
—Ariadne —respondió William, inclinando levemente la cabeza—. Tengo noticias sobre la investigación de la doncella.
Ariadne lo miró con una mezcla de esperanza y desconfianza.
—¿Qué descubriste?
William hizo una pausa antes de responder.
—El culpable no era alguien de confianza. No formaba parte de mi palacio. Buscamos su rastro, pero escapó antes de que pudiéramos atraparlo.
Ariadne frunció el ceño, su frustración evidente.
—Quería justicia para ella…
William asintió.
—Hemos hecho todo lo posible.
Ariadne lo observó con detenimiento.
—¿Y Zaida? ¿Cómo está?
William la miró fijamente.
—Está bien. No tienes que preocuparte.
Ariadne suspiró.
—Confío en ti, William. Solo asegúrate de que esté a salvo.
—Lo haré —respondió él.
Ariadne lo abrazó brevemente.
—Gracias, hermano.
William cerró los ojos por un instante antes de corresponder el abrazo.
—Siempre estaré aquí para ti.
Y con esa promesa, William se despidió, dejando atrás a una Ariadne que, por primera vez en días, sintió un pequeño alivio.
Está muy buena la novela
Autora usted es increíble, mis respetos por esta obra tan magistral, me encanta es tan entretenida, lleno de acción, incertidumbre, misterio, magia, amor, todo en un paquete y es digno de felicitarla,, es muy atrapante leerla, espero sigas siempre brindando increíbles obras, Saludos desde Paraguay!!