Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.
Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.
Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.
Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…
ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.
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CAPÍTULO 13: FRENTE A TODOS
Valentina permaneció inmóvil frente al escritorio.
La última frase del padre de Maximiliano seguía flotando en el aire.
—¿Por qué he cambiado? —repitió Maximiliano.
Su padre sonrió.
—No eres el mismo hombre de hace unos meses.
—Eso no significa nada.
—Significa mucho.
Valentina se sintió incómoda.
—Si me permiten, tengo algunos documentos que revisar.
—No —dijo el padre de Maximiliano.
Ella se detuvo.
—Quiero hablar contigo.
Valentina miró a Maximiliano.
Él asintió.
—Puedes quedarte.
Ella tomó asiento.
El hombre se acomodó frente a ellos.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando con mi hijo?
—Unas semanas.
—¿Y cómo ha sido?
Valentina sonrió con educación.
—Exigente.
Maximiliano la miró.
—¿Solo exigente?
—Bastante exigente.
Su padre soltó una carcajada.
—Por fin alguien se atreve a decirlo.
Maximiliano negó con la cabeza.
—Papá…
—Solo estoy conversando.
Valentina comenzó a relajarse.
Hasta que el hombre hizo la pregunta que menos esperaba.
—¿Qué sientes por mi hijo?
El silencio fue inmediato.
Valentina abrió ligeramente los ojos.
—No creo que esa pregunta sea apropiada.
—Probablemente no.
El hombre miró a Maximiliano.
—Pero quiero escuchar la respuesta.
Maximiliano se puso de pie.
—No tienes que responderle.
Valentina lo miró.
Y por primera vez entendió algo.
Él estaba protegiéndola.
—Está bien —dijo ella.
Maximiliano volvió a sentarse.
Valentina respiró profundamente.
—Su hijo es un hombre que respeto mucho.
El padre esperó.
—¿Solo eso?
Ella sonrió nerviosa.
—No.
Miró a Maximiliano.
—También me importa.
Los ojos de él cambiaron.
Su padre permaneció en silencio.
—¿Te importa de qué manera?
Valentina no supo qué decir.
Maximiliano intervino.
—Ya es suficiente.
Su padre lo observó.
—¿La estás protegiendo?
—Sí.
—Eso también es nuevo.
Maximiliano no respondió.
---
Cuando el padre de Maximiliano salió de la oficina, Valentina dejó escapar el aire.
—Eso fue incómodo.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
—Sí tengo.
Ella lo miró.
—¿Por qué?
—Porque no debió preguntarte eso.
Valentina sonrió.
—No me molestó tanto como crees.
—A mí sí.
—Ya lo noté.
Maximiliano se acercó.
—¿Te arrepientes de haber dicho que te importo?
Ella negó.
—No.
—¿Por qué?
Valentina bajó la mirada.
—Porque es verdad.
Él se quedó en silencio.
—Valentina…
Ella levantó los ojos.
—No sé exactamente qué siento todavía.
—No tienes que saberlo.
—Pero sí sé que cuando estás cerca…
Hizo una pausa.
—¿Qué?
—Me pongo nerviosa.
Maximiliano sonrió.
—A mí me pasa lo mismo.
Ella soltó una pequeña risa.
—Tú nunca pareces nervioso.
—Porque soy bueno ocultándolo.
—No tanto como crees.
---
Esa tarde, el padre de Maximiliano volvió a aparecer.
—Necesito hablar contigo —le dijo a su hijo.
—Dime.
—Quiero que vengas a cenar esta noche.
—¿Para qué?
—Para hablar de algo importante.
Maximiliano suspiró.
—¿Tiene que ver con Valentina?
—En parte.
—Entonces ella no irá.
—No.
—Bien.
Su padre lo miró fijamente.
—Quiero que entiendas algo.
—¿Qué?
—No me preocupa que ella sea tu asistente.
Maximiliano frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Me preocupa que tú estés dispuesto a cambiar tu vida por ella.
Maximiliano se quedó en silencio.
—No estoy cambiando mi vida.
—Sí lo estás haciendo.
—¿Y si quiero hacerlo?
Su padre lo observó durante unos segundos.
—Entonces asegúrate de que ella valga la pena.
Maximiliano endureció la mirada.
—No vuelvas a hablar de ella como si fuera una inversión.
Su padre sonrió ligeramente.
—Ahí está.
—¿Qué?
—El hombre que había olvidado que podía sentir algo.
---
Esa noche, Valentina estaba terminando su jornada cuando Maximiliano salió de su oficina.
—¿Ya te vas?
—Sí.
—Te llevo.
—No hace falta.
—Quiero hacerlo.
Valentina sonrió.
—Está bien.
Caminaron juntos hacia el ascensor.
Cuando las puertas se cerraron, quedaron solos.
Maximiliano apoyó la espalda contra la pared.
—Hoy fue un día extraño.
—Muy extraño.
—Mi padre nunca había visto a nadie de mi trabajo de esa manera.
—¿De qué manera?
Él la miró.
—Como alguien que podría ser importante para mí.
Valentina sintió un pequeño vuelco.
—¿Y lo soy?
Maximiliano dio un paso hacia ella.
—Cada día más.
El ascensor llegó al primer piso.
Las puertas se abrieron.
Pero ninguno salió inmediatamente.
Valentina lo miró.
—¿Sabes qué es lo más peligroso?
—¿Qué?
—Que ya no me asusta tanto lo que está pasando.
Maximiliano sonrió.
—A mí tampoco.
---
Al llegar al automóvil, Maximiliano abrió la puerta para ella.
Valentina entró.
Él rodeó el vehículo y tomó el volante.
Durante el trayecto, la ciudad se llenó de luces.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
Valentina lo miró.
—En que hace unas semanas eras solamente mi jefe.
—¿Y ahora?
Ella sonrió.
—Ahora eres el hombre que consigue que pierda la concentración.
Maximiliano soltó una risa.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
Él detuvo el automóvil frente al edificio de Valentina.
Ella tomó el bolso.
Antes de bajar, se quedó mirándolo.
—Buenas noches, Maximiliano.
—Buenas noches, Valentina.
Ella abrió la puerta.
Pero él la llamó.
—Valentina.
Ella se giró.
Maximiliano la miró con una intensidad que hizo que su sonrisa desapareciera.
—La próxima vez que estemos solos…
Hizo una pausa.
—No sé si voy a poder detenerme.
El corazón de Valentina se aceleró.
Ella sostuvo su mirada.
—Entonces quizá no deberíamos estar solos.
Maximiliano sonrió.
—O quizá sí.
Valentina bajó del automóvil.
Cerró la puerta.
Y mientras caminaba hacia su edificio, se dio cuenta de algo:
ya no estaba intentando alejarse de Maximiliano.
Estaba esperando el momento en que finalmente dejaría de hacerlo.