Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 13 CRUCE DE CAMINOS Y MIRADAS
Christine
El aire de la terraza exterior del hotel se sentía fresco y puro, un verdadero alivio tras la atmósfera sofocante del salón principal. Apoyé mis manos en la barandilla de mármol blanco, respirando hondo mientras las luces de la ciudad brillaban ante mí. El insulto de Clarisa me había dolido, no iba a negarlo, pero lo que verdaderamente me perturbaba era la mirada de la señora Leonor. Había una verdad oculta en sus ojos que me había calado hasta los huesos.
—¡Es que no la soporto! ¡Qué tía más insoportable y maleducada! —exclamó Lois a mi lado, caminando de un lado a otro como un león enjaulado—. ¿"Muerta de hambre"? ¿De verdad ha dicho eso? Si no estuviéramos en un evento de la fábrica, te juro que le arranco todas esas plumas rosas del vestido.
—Déjalo ya, Lois, no vale la pena —le pedí con un hilo de voz, intentando sonreír—. Personas así solo buscan llamar la atención. Lo importante es que mantuvimos la compostura. ¿Me harías un favor? Necesito ir un momento al tocador a refrescarme la cara y a recolocarme un mechón del moño.
—Claro que sí, ve tranquila. Te espero aquí saboreando este champán que, por cierto, es lo único bueno de su estúpida fiesta —respondió Lois, intentando relajar el ambiente.
Me di la vuelta y caminé de regreso hacia el interior del hotel. Sin embargo, al cruzar las puertas acristaladas de la terraza, una silueta masculina e imponente me cerró el paso de manera firme pero delicada. Levanté la mirada de golpe y me encontré con unos ojos oscuros cargados de una inmensa culpa. Rubén.
—Christine, por favor, espera —me pidió con voz ronca, acortando la distancia—. Necesitaba encontrarte a solas. Quiero pedirte la más sincera de las disculpas por el espectáculo tan denigrante que acaba de dar Clarisa. Siento una vergüenza terrible. Sus palabras hacia ti fueron inaceptables y no reflejan en absoluto los valores de esta empresa ni los míos. Tú eres una mujer íntegra y no te mereces ese desprecio de nadie.
Ver la genuina desesperación en el rostro del gran CEO me conmovió profundamente, desarmando cualquier barrera profesional que hubiera intentado levantar.
—No se preocupe, Rubén. Usted no tiene la culpa de las acciones de su prometida —respondí con suavidad, dedicándole una mirada reconfortante—. Ella solo defendía su territorio, a su manera. Lo que de verdad me ha parecido extraño ha sido la reacción de su madre... me miraba como si me conociera de toda la vida.
—Mi suegra... la señora Leonor, es una buena mujer, Christine. Pero tienes razón, su arrebato ha sido muy inusual —admitió Rubén, dando un paso más hacia mí, tanto que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Me alegra tanto ver que estás bien. No he podido concentrarme en nada desde que te fuiste. Estás... sencillamente preciosa esta noche. Ese vestido azul te queda...
—¿Rubén? —una voz suave, temblorosa pero cargada de urgencia interrumpió el momento desde el pasillo que conducía a los salones privados.
Ambos nos tensamos de inmediato y nos separamos un paso por pura inercia. Al girarnos, descubrimos a la señora Leonor. Caminaba apresurada, con los ojos fijos en mí, ignorando casi por completo la presencia de su futuro yerno.
—Señora Leonor... ¿qué hace aquí sola? —preguntó Rubén, tratando de recuperar su tono formal de negocios.
—Buscaba a la señorita Christine —respondió la mujer, deteniéndose a escasos centímetros de mí. Me tomó de las manos de manera imprevista, y su contacto físico me provocó un extraño y dulce escalofrío por la espalda—. Rubén, por favor, déjanos un momento a solas. Necesito hablar con ella... como mujer, de madre a madre... quiero decir, de mujer a mujer. Necesito hacerle una pregunta.
Rubén me miró, buscando mi consentimiento con la mirada. Le asentí levemente con la cabeza para indicarle que estaba bien. Con un suspiro contenido, él se despidió con una breve inclinación de cabeza y se retiró por el pasillo principal, dejándonos en una intimidad repentina y abrumadora.
—Christine... mírame bien, por favor —me pidió Leonor, y vi que sus ojos se humedecían por una emoción contenida mientras me sostenía las manos—. Sé que mi hija ha sido muy descortés contigo, pero por favor, discúlpala. No he podido evitar seguirte hasta aquí. Es que... sigo profundamente impactada y confundida por tu presencia. Sé que puede sonar una locura, pero al verte sonreír y al mirar la forma de tus ojos, he sentido una punzada tan fuerte en el pecho que me ha faltado el aire. Eres el vivo retrato de mi madre cuando tenía tu edad. Dime, por favor, ¿de dónde es tu familia? ¿Hay alguna posibilidad de que tengamos algún pariente lejano en común en las provincias del norte? Necesito entender por qué mi corazón ha dado un vuelco tan grande al verte.
Me quedé petrificada, sintiendo que el corazón me daba un vuelco salvaje ante sus palabras. ¿Por qué una mujer tan distinguida se sentía tan conmocionada por el simple parecido físico con una huérfana?
Lois
Mientras Christine estaba atrapada en su drama existencial en el interior del hotel, yo seguía en la terraza exterior, tomándome el champán a grandes sorbos para aplacar las ganas de pegarle una bofetada a la insoportable de Clarisa. Estaba tan sumida en mis propios pensamientos de venganza que decidí darme la vuelta de golpe para entrar a buscar a mi amiga.
¡PUM!
Mi cuerpo chocó de frente contra un muro de músculos cubierto por una costosa tela de esmoquin. El impacto fue tan repentino que perdí el equilibrio por completo debido a los tacones altos, y la copa de champán que sostenía en la mano salió volando, derramando todo el líquido dorado directamente sobre la impecable camisa blanca del hombre.
—¡Ay, carajo! ¡Cuidado por dónde camina! —exclamé por puro instinto defensivo, agarrándome de sus hombros para no terminar desparramada en el suelo de la terraza.
—¿Que cuide por dónde camino yo? ¡Si has sido tú la que ha salido girando como un torbellino, mujer! —respondió una voz varonil, profunda y cargada de una mezcla de diversión y fastidio.
Levanté la mirada de inmediato y me encontré con unos ojos claros y una sonrisa pícara que me resultaron familiares. Era Richard, el director de operaciones de la fábrica y el mejor amigo de Rubén. El tipo miraba el enorme cerco húmedo de su camisa con una mueca, pero luego fijó sus ojos en mí con un brillo de evidente coquetería que me encendió las alarmas.
—Vaya, vaya... pero si eres la amiga leal de la nueva jefa de contabilidad —dijo Richard, suavizando su tono de voz y soltándome de la cintura con total caballerosidad—. Lois, ¿verdad? Un placer conocerte en circunstancias tan... húmedas.
—Ahorre su sarcasmo, señor Richard —respondí, dándole una palmadita en el pecho para apartarlo, aunque tuve que admitir internamente que el maldito olía deliciosamente bien—. Siento lo de su camisa de diseñador, pero si no hubiera estado pegado a mi espalda como un espía, nada de esto habría pasado.
Richard soltó una carcajada limpia y sonora que me alteró los nervios. Se cruzó de brazos, apoyando la espalda en la barandilla de la terraza mientras me examinaba de arriba abajo con descaro, deteniéndose en mi vestido rojo.
—No era mi intención espiarte, preciosa. Solo salía a respirar un poco de aire puro para escapar del aburrimiento de la gala —explicó, guiñándome un ojo—. Pero tengo que admitir que encontrarme contigo ha sido lo más interesante y divertido de toda la noche. Tienes un carácter bastante fuerte para ser la invitada de una contable tan calmada.
—¿Está intentando ligar conmigo después de que le he arruinado el traje, señor director? —le espeté, plantándole cara con los puños en las caderas y una sonrisa desafiante.
—A lo mejor sí, a lo mejor no... depende de si aceptas que te invite a una copa de verdad para compensar el accidente —replicó Richard, dando un paso hacia mí con una seguridad arrolladora que, muy a mi pesar, me hizo latir el corazón un poco más rápido.
Nos quedamos mirándonos fijamente, desafiándonos con la mirada en una batalla silenciosa llena de chispas y una química innegable. Ninguno de los dos imaginaba en ese momento que, detrás de ese accidentado y picante primer encontronazo en la terraza, el destino estaba empezando a tejer los hilos de lo que en el futuro se convertiría en una alianza indestructible para ayudar a nuestros mejores amigos, y tal vez, en algo mucho más profundo para nosotros mismos.