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ARQUITECTO DE MI PROPIO DESASTRE

ARQUITECTO DE MI PROPIO DESASTRE

Status: En proceso
Genre:Romance / Comedia / Arrogante / Mujer poderosa / Malentendidos / Romance de oficina
Popularitas:7k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La jugada maestra

...CAPÍTULO 12...

...----------------...

...SEBASTIÁN VÉLEZ ...

Apenas Gabriel puso un pie en la oficina, no me dio tiempo ni de abrir la boca. Vanesa, con una agilidad digna de una actriz de telenovela, se le lanzó encima prácticamente rogándole hablar en privado. Gabriel, confundido pero siempre caballeroso, la dejó entrar a su oficina cerrando la puerta tras ellos.

Me desplomé en mi silla, soltando un suspiro cargado de frustración. —Esto es el colmo —mascullé para mis adentros.

En ese momento, Felipe pasó por el escritorio de Vanesa, mirando el nuevo ramo que reposaba allí.

—Otra vez le andan dejando detalles a la "princesa" —comentó con su tono habitual.

Luciana, que acababa de llegar de la gobernación y se quitaba el abrigo, miró las rosas con el ceño fruncido.

—Tiene un admirador secreto muy detallista... pero, siendo honesta, ya me parece algo de miedo —dijo Lu, clavando sus ojos en mí como buscando una explicación que yo aún no sabía cómo darle.

Lo que me pareció más extraño fue Fernando. Él, que siempre tiene un chiste o un comentario ácido para todo, estaba sepultado en sus planos. No dijo ni una sola palabra. Estaba sospechosamente mudo.

Unos diez minutos después, la puerta de Gabriel se abrió. Vanesa salió sollozando, secándose lágrimas invisibles con un dramatismo que merecía un Óscar, y pasó por mi lado directo al baño. Gabriel salió detrás, con el rostro serio, y me señaló con el dedo.

—Sebastián, a mi oficina. Ahora.

Me levanté con el estómago hecho un nudo. Al pasar cerca del pasillo del baño, me crucé con la mirada de Vanesa; ya no lloraba. Me dedicó una sonrisa cargada de malicia pura antes de ocultarse. Entré y cerré la puerta. Gabriel se sentó y se frotó las sienes.

—Sebastián, ¿qué demonios está pasando? —me soltó sin anestesia—. Vanesa me acaba de poner una queja formal. Dice que básicamente la estás acosando, que le haces comentarios inapropiados y que por eso no quiere trabajar cerca de ti.

Sentí que la sangre me hervía.

—Siendo sincero, Sebas —continuó Gabriel, mirándome a los ojos—, no quise creerle del todo. Te conozco desde hace años y sé perfectamente que no eres ese tipo de hombre, pero la chica está deshecha ahí afuera.

—Gabriel, esa mujer no está deshecha, está loca —respondí, tratando de mantener la calma pero con la voz firme—. Y si no quiere trabajar junto a mí es porque hoy le puse un alto que su ego de "hija de senadora" no pudo soportar.

No esperé más. Saqué mi celular con la seguridad de quien tiene la prueba reina en la mano.

—Mira los mensajes que me envió anoche mientras yo cuidaba a tus hijos —le dije, entrando al chat de Vanesa—. Ahí vas a ver quién es la que no respeta...

Pero, de repente, sentí que el mundo se detenía. Abrí el chat y mi corazón se hundió. Estaba vacío. Ni una palabra, ni una foto, ni un rastro de su insolencia.

—¿Y bien? —preguntó Gabriel, inclinándose para ver la pantalla.

—No puede ser... —susurré, frotándome los ojos—. Eran mensajes temporales. La muy astuta los programó para que se borraran a las pocas horas. Lo tenía todo calculado, Gabriel.

Me quedé mirando la pantalla en blanco con una impotencia que me quemaba. Esa mocosa no era solo una mujer consentida; era una manipuladora de alto nivel. Sabía perfectamente cómo jugar sus cartas para que, legalmente, no quedara ni una huella de su acoso.

Gabriel suspiró profundamente y se recostó en su silla, cruzando las manos sobre el vientre. Su expresión era de puro agotamiento.

—Sebastián, escúchame. Yo te creo, de verdad te creo porque sé quién eres. Pero entiende mi posición: no tengo pruebas, ella es la hija de una Senadora que nos tiene bajo la lupa, y acaba de salir de aquí llorando diciendo que tú eres el que la acosa. Si tomo una medida drástica sin evidencias, nos hunde la firma en cinco minutos.

—¿Entonces qué? ¿Se va a salir con la suya? —pregunté con los dientes apretados.

—Para ahorrarnos inconvenientes y que la situación no escale a algo legal, vamos a hacer un cambio —sentenció Gabriel con tono de jefe—De ahora en adelante, Vanesa ya no trabajará contigo. Estará bajo la supervisión de Luciana y contará con la ayuda de Fernando. Así habrá más ojos sobre ella y menos contacto directo contigo. Es lo mejor para todos.

Salí de la oficina de Gabriel sintiéndome derrotado. Al levantar la vista, me encontré con Vanesa. Estaba sentada en su escritorio, ya sin rastro de lágrimas, escribiendo algo en su computadora. Al sentir mi presencia, levantó la mirada y me dedicó una sonrisa de victoria tan sutil que solo yo pude notar. Sabía que me había ganado este round.

Miré a Luciana, que estaba acomodando unos documentos, y luego a Fernando, que seguía sospechosamente mudo, evitando mi mirada a toda costa.

Me senté en mi cubículo, sintiendo que la soga se apretaba. Ahora Vanesa estaría pegada a mi esposa todo el día, y yo no tenía forma de demostrar que esa "mosquita muerta" era en realidad un peligro inminente.

...----------------...

...LUCIANA SALAZAR ...

Estos días han sido físicamente agotadores, pero mentalmente lo han sido aún más. Cada mañana me despierto buscando una señal, un síntoma, algo que me indique que nuestro deseo de ser padres está tomando forma. Pero no siento nada.

Absolutamente nada.

Esta mañana, mientras me terminaba de arreglar, se lo comenté a Sebastián con un nudo en la garganta. Él, con esa paciencia que solo saca cuando me ve al borde del colapso, me abrazó por la cintura y me dijo que no me estresara, que desesperarme solo jugaría en nuestra contra y que el proceso debía ser natural. Lo amo por eso, pero es difícil mantener la calma cuando el reloj biológico parece sonar más fuerte que mi despertador.

Al llegar a la oficina, noté que Sebastián no era el mismo. Estaba extrañamente irritado, con la mandíbula tensa y una mirada sombría que rara vez le veo. Ni siquiera intentó molestarme con sus ocurrencias habituales ni soltó alguna de sus irreverencias para hacer reír a Felipe. Estaba... apagado.

—Luciana, ¿puedes venir un momento? —la voz de Gabriel me sacó de mis pensamientos.

Entré a su oficina y lo encontré rascándose la nuca, un gesto que en él siempre delata nerviosismo o incomodidad.

—A partir de hoy, tú te vas a encargar de supervisar a Vanesa —soltó de golpe.

Fruncí el ceño, confundida.

—¿Por qué? Pensé que Sebastián era su mentor este semestre. ¿Pasó algo?

—Bueno... —Gabriel evitó mi mirada por un segundo—. Sebastián no dio la talla como mentor. Digamos que sus métodos y la personalidad de Vanesa no encajaron. Creo que entre mujeres se entenderán mejor y tú eres mucho más estructurada para guiar a alguien como ella.

Salí de la oficina de Gabriel con una sensación extraña en el pecho. Sabía que había algo más, pero decidí profesionalizar el asunto. Me acerqué al escritorio de Vanesa, quien me miró con esos ojos grandes que siempre parecen estar analizando todo.

—Vanesa, ¿tienes algún trabajo pendiente que te haya dejado Sebastián? —le pregunté con tono neutral.

—No. Realmente no avanzamos mucho —respondió ella, poniéndose de pie con una sonrisa que no terminaba de convencerme—. Estoy libre para lo que necesites.

—Bien. Acompáñame a mi mesa, te voy a explicar en qué proyecto estamos trabajando y cuáles serán tus responsabilidades conmigo.

Caminamos hacia mi área y, mientras yo abría los planos del centro cultural, Vanesa empezó a desplegar su artillería de "amistad".

—Ay, arquitecta, de verdad le agradezco que me reciba—dijo, bajando la voz como si estuviéramos compartiendo un secreto—. No quiero hablar mal de nadie, pero me sentía un poco intimidada trabajando con Sebastián. Él es... intenso, ¿no crees? A veces sentía que no me explicaba las cosas porque esperaba que yo ya lo supiera todo. Tú te ves mucho más comprensiva.

La miré de reojo. Era amable, sí, pero había algo en su insistencia por ganarse mi confianza que me ponía en alerta.

—Sebastián es un excelente arquitecto, Vanesa. Quizás solo tiene un ritmo diferente —respondí, tratando de no darle alas a sus comentarios—Ahora, enfoquémonos en esto. Necesito que revises estas cuotas de nivel.

—Claro, lo que digas —asintió ella, acercándose más a mí—. Por cierto, qué piel tan linda tienes. ¿Qué usas? Yo tengo una rutina coreana de diez pasos, pero la tuya se ve tan natural... casi como si estuvieras brillando por algo especial.

Me quedé helada por un segundo. ¿Brillando? ¿Será que ella notaba algo que yo no? Vanesa se quedó ahí, observándome con una curiosidad casi felina, mientras Sebastián, desde su cubículo, no nos quitaba la vista de encima con una expresión que gritaba peligro.

...----------------...

El reloj marcó por fin el final de la jornada. Estiré la espalda, sintiendo el peso de un día que, aunque productivo, me había dejado mentalmente drenada. A mi lado, Vanesa cerró su laptop con un suspiro dramático, pero con esa sonrisa impecable que parecía no marchitarse nunca.

—Ay, Luciana, de verdad estoy agotada, pero ha sido mil veces mejor trabajar contigo —me dijo, echándose el bolso al hombro—. Fue lo mejor que pudo pasarme. Siento que ahora sí estoy aprendiendo.

—Me alegra, Vanesa —le respondí de forma cordial, aunque mi instinto seguía dándome pequeños tirones de advertencia—. Mañana tenemos que ir a un sitio a revisar unos detalles de obra, así que prepárate para caminar un poco.

Ella asintió con entusiasmo y se despidió con un gesto elegante. Yo me giré y caminé hacia el escritorio de Sebastián para que nos fuéramos juntos. Nada más verme llegar, él se puso de pie y me plantó un beso en la boca, de esos que me recordaban por qué seguíamos luchando a pesar de todo. Pero al separarnos, noté que sus hombros seguían rígidos.

—¿Estás bien, amor? Te he notado tenso todo el día —le pregunté, acariciándole el brazo.

Él hizo un pequeño puchero, de esos que solo me reserva a mí cuando necesita que lo consienta.

—Estoy estresadito, mi vida —murmuró, con un tono tan tierno que me hizo soltar una risita.

—Ay, no puede ser —dije, riendo—. Bueno, cuando lleguemos a casa te prometo un masaje. ¿Y qué tal si hoy intentamos ver una película?

Sebastián soltó una carcajada seca mientras terminaba de guardar sus cosas.

—¿Una película? Lu, siempre que intentamos ver una película terminamos roncando antes de que pasen los créditos iniciales. Al parecer ya no tenemos la misma energía de antes, estamos viejos.

—¡Habla por ti! —le bromeé.

Él me tomó de la cintura y me acercó a él, bajando la voz con una chispa de picardía en los ojos.

—Bueno, acepto que para la tele somos unos ancianos, pero para otras cosas... para eso sabes que tengo energía de sobra.

Me puse roja y le di un empujoncito juguetón. Sebastián empezó a apagar su computadora y las luces de su cubículo, pero en ese momento, sentí un escalofrío. Giré la cabeza hacia la salida y ahí estaba ella.

Vanesa aún no se había ido. Estaba junto a la puerta, guardando algo en su bolso, pero sus ojos estaban clavados en nosotros. Nos observaba con una intensidad extraña, casi fría, analizando nuestro contacto, nuestras risas, nuestro espacio. En cuanto notó que mis ojos se cruzaron con los suyos, apartó la mirada de inmediato, fingiendo que buscaba algo en su cartera, y salió de la oficina sin decir una palabra más.

Me quedé un segundo en silencio, mirando la puerta cerrada.

—¿Lu? Vámonos —me llamó Sebastián, tomándome de la mano.

—Sí... vámonos —respondí, tratando de sacudirme esa sensación incómoda.

...----------------...

Estaba profundamente dormida, refugiada en ese cansancio bendito que te deja la paz de estar en casa, cuando un sonido agudo y persistente cortó el silencio.

El teléfono de Sebastián.

Abrí los ojos a medias, aturdida. El reloj digital marcaba la 1:00 a. m. Sebastián gruñó, estiró el brazo y revisó la pantalla con los ojos entrecerrados.

—Es spam, amor. Alguna máquina de cobranzas o publicidad —murmuró con la voz ronca. Canceló la llamada y dejó el celular boca abajo.

Me acomodé de nuevo para seguir durmiendo, pero no pasaron ni dos minutos cuando el aparato volvió a vibrar con insistencia. Esta vez, Sebastián se tensó. Contestó por fin, pero no dijo "hola". Se quedó escuchando un segundo y, de la nada, saltó de la cama con una agilidad que no cuadraba con la hora. Salió de la habitación casi trotando, cerrando la puerta tras de él para atender en la sala.

Me quedé sentada en el colchón, con el corazón latiéndome un poco más rápido. ¿A quién se le ocurre llamar a esta hora? Me levanté y caminé hacia la puerta, pero en cuanto puse un pie en el pasillo, me encontré de frente con Sebastián, que ya venía de regreso. Tenía una expresión extraña, como de alguien que intenta procesar una noticia pesada pero quiere disimularlo.

—¿Quién era, Sebas? —pregunté, cruzándome de brazos.

—Era mi mamá, Lu —respondió él, evitando un poco el contacto visual mientras dejaba el teléfono en la mesa de noche—. Me llamó por accidente, parece que se le marcó solo el celular mientras dormía. Me pidió disculpas y ya. Mejor vamos a dormir, que mañana tenemos un día largo en la oficina y mucho trabajo.

Me pareció raro. Su madre no suele tener ese tipo de "accidentes" tecnológicos a la una de la mañana, pero estaba tan cansada que decidí no cuestionarlo. Nos acostamos y, al poco tiempo, sentí que él se relajaba.

Pasaron unos treinta minutos. Yo estaba en ese limbo entre el sueño y la vigilia cuando sentí que el colchón se movía. Sebastián se estaba levantando de nuevo, pero mi cerebro estaba tan nublado que pensé que simplemente iría al baño o a beber agua. Me volví a quedar dormida.

Una hora después, por puro instinto, me estiré en la cama buscando su calor. Quería abrazarlo, sentir su espalda contra mi pecho para conciliar el sueño profundo... pero mi mano solo encontró las sábanas frías.

Me desperté del todo.

—¿Sebas? —susurré. Silencio.

Me senté y encendí la lámpara de noche. La cama estaba vacía. Me levanté y recorrí el departamento: el baño estaba oscuro, la cocina vacía, la sala en absoluto silencio. Sus llaves no estaban en la entrada y su abrigo tampoco.

Un frío gélido me recorrió la espalda. Eran casi las tres de la mañana. Caminé de regreso a la habitación y tomé mi celular para marcarle. Mi pulso temblaba.

"El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio..."

Bajé el teléfono, sintiendo un vacío horrible en el estómago. Sebastián nunca apaga el celular. Jamás. ¿A dónde se había ido en mitad de la noche?

No pegué el ojo. Cada minuto que pasaba era una tortura de escenarios catastróficos que se reproducían en mi mente. ¿Un accidente? ¿Un secuestro? ¿O algo mucho peor que no me atrevía a nombrar? Estaba sentada en el sofá de la sala, a oscuras, con una manta sobre los hombros y el corazón martilleando contra mis costillas.

Eran las cinco de la mañana. El primer rastro de luz grisácea empezaba a colarse por las persianas cuando escuché el sonido de la cerradura.

La puerta se abrió con una lentitud desesperante. Sebastián entró en cuclillas, moviéndose como un ladrón en su propia casa, con los zapatos en la mano para no hacer ruido. Se veía desaliñado, con el cabello revuelto por el viento y una cara de cansancio que rozaba el colapso.

En cuanto puso un pie en la alfombra de la sala, estiré la mano y encendí la lámpara de pie.

—¡Mierda! —gritó Sebastián, saltando casi medio metro del susto. Se llevó una mano al pecho, respirando como si acabara de correr una maratón—. ¡Luciana! Casi me matas del susto, mi vida…¿qué haces despierta?

Me puse de pie lentamente, dejando caer la manta. Mi mirada debía ser de hielo puro porque él retrocedió un paso, escondiendo sus zapatos detrás de su espalda como un niño regañado.

—¿Qué qué hago despierta? —repetí con una voz que me salió más rota de lo que quería—. Son las cinco de la mañana, Sebastián. Me desperté hace dos horas y no estabas. Tu teléfono estaba apagado. Tus llaves no estaban. Me dijiste que tu mamá te había llamado, pero dudo que ella te haya citado a las dos de la mañana en algún lugar para tomar el té.

Sebastián tragó saliva. Su manzana de Adán subió y bajó con dificultad. Se quedó mudo. Evitó mi mirada, bajando la vista hacia sus calcetines. Se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos con una frustración que no podía ocultar.

—Fui a caminar, Lu —soltó por fin, pero su voz sonó hueca, falsa—. No podía dormir. Estaba muy estresado por lo de la oficina y necesitaba aire. Me subí al auto y manejé sin rumbo un rato. Se me acabó la batería del celular, por eso no prendía.

—¿A caminar? ¿Desde las dos hasta las cinco de la mañana? —me acerqué a él, buscando sus ojos, pero él retrocedió un paso—. Juan Sebastián Vélez, te conozco. Sé cuando estás ocultando algo. Tu mamá no te llamó por accidente y tú no saliste a "caminar". ¡Dime la verdad ahora mismo!

Él apretó la mandíbula. Vi cómo sus manos se cerraban en puños.

—¡Es la verdad, Luciana! —exclamó, aunque su tono no era de seguridad, sino de defensa—. No me presiones más, por favor. Ya te dije que estoy estresado. Más tarde tengo que resolver varios asuntos de la oficina que esa pasante inútil me dejó tirado. Déjalo así.

—¿Que lo deje así? —sentí que las lágrimas me quemaban los ojos—. Te vas de madrugada, me dejas aquí muerta del susto pensando que te había pasado algo, y pretendes que me crea que te fuiste a "dar una vuelta" con el teléfono apagado ¿Qué está pasando contigo?

—¡Nada! No pasa nada —respondió cortante, dándome la espalda para caminar hacia la habitación—. Más tarde tenemos trabajo. Tú misma dijiste que necesitábamos descansar. Así que vamos a dormir las horas que nos quedan y olvidemos esto.

Me quedé parada en medio de la sala mientras lo veía entrar a la habitación. No le creía ni una sola palabra. El aire en el departamento se sentía pesado, lleno de secretos que Sebastián no estaba dispuesto a soltar. ¿Qué era tan grave que prefería mentirme antes que confiar en mí?

Esa madrugada, cuando me acosté a su lado, la distancia entre nosotros era mucho más grande que el espacio en el colchón. Él se dio la vuelta de inmediato, fingiendo que se dormía, pero yo podía sentir su respiración acelerada.

Algo había pasado esa noche y Sebastián estaba cavando un foso entre los dos para ocultarlo.

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Karla(⁠^⁠^⁠)^⁠_⁠^(⁠T⁠T⁠)
Excelente,divertida extraordinaria
Nancy Parraga
Veamos que va hacer Luciana con esos padres hdp y un ex obsesionado esto es como una bomba 💣a punto de explotar 💥
Nancy Parraga
Ahora ya no es Vanessa, es un ex que creo que psicópata y unos suegros que rayan a la locura
Nancy Parraga
Por Dios Sebas estás más cagado que palo de gallinero🤣🤣 te persiguen los enemigos 🤣
💞Agustina Intriago 💕🌙
Pobre Sebas si no le llueve le escampa 🤣🤣🤣🤣
💞Agustina Intriago 💕🌙
Creo que ese par de desgraciados no son tus padres
💞Agustina Intriago 💕🌙
Primero Vanessa ahora el ex ridículo y también unos padres hdp que merecen que se los envié a martes 🙏🏼
💞Agustina Intriago 💕🌙
Sebastián creo que deberías de darte unos baño de no se que para que te quiten a todos esas personas obsesionadas 🤣🤣🤣
Nancy Parraga
Ese hombre se merecía el golpe y no solo uno si no algunos como pueden tratar así a su hija o sea que no es hija de ellos
Nancy Parraga
La verdad que la familia de Luciana son una joyita de la peor calaña
Nancy Parraga
Pobre sebas no sale de una y le llega otra creo que atraes el caos ahora te llegó el ex a dar problemas 🤣🤣
Nancy Parraga
El héroe caído le puso el cansancio y una locomotora 🚂 le queda corta en ronquidos 😂😂😂😂😂
Nancy Parraga
😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂Sebas pagaras piso por qué dudo que ese par solo te graven para ellas 🤣🤣🤣🤣
Nancy Parraga
Esa mujer si que es una loca de remate, presentarse en el departamento de Sebas
Nancy Parraga
Hay Seba se que no estás brincando en una pata Pero es tu hijo y debes cuidarle se que no estabas preparado Pero nadie está preparado para ser padre pero ya te toco
Nancy Parraga
Ahora le toca a Sebas y a Luciana tomar las cosas con calma para retener el embarazo
Nancy Parraga
por Dios ojalá que den rápido con Vanessa por qué esa mujer es un peligro en la calle
Nancy Parraga
Lo mejor que pudo hacer Sebas fue confiar en su esposa
Nancy Parraga
La verdad que esa mujer es el diablo y eso por qué la madre la a de concentir por ser la hija de la senadora ella se cree invencible
Maya
Se supone que el es el esposo el único que puede autorizar su salida ojalas no se salgan con la suya
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