En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capitulo 13: El té del amo.
Esperanza guardaba los últimos utensilios en sus cajones, el tintineo metálico rompiendo el silencio de la cocina, mientras Carlota preparaba con maestría el té para el señor. La cocinera, con años de experiencia, sostenía la pesada pava de hierro fundido, pero de repente, la manija se soltó con un chasquido metálico. El agua hirviendo se derramó sobre su mano con una velocidad cruel. Un grito desgarrador brotó de los labios de Carlota, un sonido de dolor que heló la sangre de Esperanza.
Sin dudarlo, Esperanza tomó un trapo húmedo y, con rapidez, lo colocó sobre la mano escaldada de Carlota. La mujer, con el rostro contraído por el dolor, asintió con la cabeza en agradecimiento y le pidió a Esperanza que llevara el té a Don Ricardo. Era evidente que ella no podría hacerlo en ese estado.
Con el corazón latiéndole con fuerza, Esperanza tomó la bandeja de plata. Por primera vez, saldría de los límites familiares de la cocina para adentrarse en el lujoso corazón de la casona. Cada paso por los pasillos era un descubrimiento. No podía creer que un lugar así existiera. Las paredes estaban adornadas con cuadros imponentes de la familia Trastámara, sus rostros serios y sus vestimentas opulentas observando desde los marcos dorados. Una elegante alfombra roja, tan suave bajo sus pies acostumbrados a la tierra, se extendía como una guía, llevándola a través de un laberinto de grandezas hasta la última puerta, donde se encontraba el despacho de Don Ricardo. El aire era diferente aquí, cargado con el aroma de madera pulida y un poder palpable.
Esperanza dudó por un instante, su mano temblaba mientras golpeaba suavemente la imponente puerta. Al ingresar, un mundo diferente se abrió ante sus ojos. El despacho era vasto, un santuario de conocimiento con paredes repletas de libros que se alzaban hasta el techo, emanando un aroma a papel antiguo y cuero. En el centro, un enorme escritorio de madera oscura dominaba el espacio, y detrás de él, Don Ricardo, absorto en unos papeles, ni siquiera notó su entrada.
Con pasos inciertos, Esperanza se acercó al escritorio y depositó la bandeja con el té. Justo en ese instante, un golpe resonante sacudió la madera: Don Ricardo había golpeado la superficie con el puño cerrado. El pocillo de té vibró peligrosamente, casi volcándose. "¡No puede ser! ¡Esos malditos quieren quedarse con la corona!", exclamó el amo, su voz cargada de una furia contenida, sin levantar la vista de los documentos.
Esperanza, sintiéndose una intrusa en aquel torbellino de emociones ajenas, hizo una reverencia apresurada, dispuesta a retirarse lo antes posible. Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, un golpe seco resonó detrás de ella. Se detuvo en seco, el corazón le dio un vuelco. Lentamente, giró la cabeza.
Don Ricardo yacía en el suelo, su cuerpo inerte y su mano presionando con fuerza su pecho. El pánico invadió a Esperanza, pero el instinto de ayuda fue más fuerte. Se acercó a él con rapidez, arrodillándose a su lado. "¿Se encuentra bien, amo?", preguntó, su voz teñida de preocupación. "Déjeme que lo ayude a levantarlo". Con todas sus fuerzas, Esperanza forcejeó para sentar al imponente hombre en la silla. Era un peso muerto, pero la urgencia le dio una fuerza inusitada.
Una vez que logró sentarlo, sin perder un segundo, salió disparada al pasillo, su voz resonando en los lujosos corredores: "¡Auxilio! ¡Ayuda! ¡El amo se ha caído!"
El eco de los gritos desesperados de Esperanza resonó por los lujosos pasillos de la casona, rompiendo la calma habitual. En cuestión de segundos, los sirvientes que se encontraban cerca acudieron alarmados, y casi al instante, la figura imponente de la señora Leonor apareció en el umbral del despacho. Sus ojos, normalmente fríos y distantes, ahora mostraban una mezcla de pánico y furia contenida.
"¿Qué sucedió?", preguntó Leonor con una voz que, a pesar de la desesperación, conservaba un tono autoritario. Se acercó a Don Ricardo, que aún estaba sentado en la silla, pálido y con la mano en el pecho. Luego, su mirada gélida se clavó en Esperanza, quien, con la cabeza gacha, sentía el peso de esa acusación silenciosa.
"El señor se desvaneció de repente", balbuceó Esperanza, su voz apenas un susurro. El miedo la atenazaba, sabiendo que cualquier palabra podía ser malinterpretada.
Leonor la observó con una intensidad amenazante. "Por tu bien que así sea.", espetó la señora, su voz baja pero cargada de veneno. "Porque si descubro que intentaste atentar contra la vida de tu amo, morirás". La amenaza, cruda y directa, heló la sangre en las venas de Esperanza.
Esperanza se marchó de allí a toda prisa, buscando refugio en la familiaridad de la cocina. Carlota la esperaba con el ceño fruncido, sus ojos llenos de una mezcla de curiosidad y preocupación.
"¿Qué fue lo que pasó?", preguntó Carlota, su voz teñida de indignación ante la evidente angustia de la joven.
Esperanza, con lágrimas amenazando salir de sus ojos y la voz quebrada por la emoción, apenas pudo responder: "Solo se desvaneció, no hice nada malo".
La firmeza de sus palabras y su postura inquebrantable, dispuesta a defender su verdad.