En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 12: El refugio de la piel.
El silencio de la noche en San José era denso, interrumpido solo por el goteo de la lluvia sobre el tejado de adobe. Dentro del consultorio, la luz de una sola vela proyectaba sombras alargadas contra las paredes llenas de frascos de medicina. Antonio estaba de pie, con la respiración aún agitada y el barro de la selva secándose sobre su piel, pero sus ojos ya no buscaban enemigos; solo buscaban a Isaí.
Ella se acercó con un cuenco de agua tibia y un paño limpio. Sus manos temblaban, no de terror, sino por la descarga de adrenalina y el alivio de tenerlo vivo.
—Déjame limpiarte —susurró ella, comenzando a quitarle la camisa desgarrada dejando ver sus heridas.
A medida que el paño recorría el torso de Antonio, borrando el rastro de la pelea con Eliécer, la tensión de la guerra fue sustituida por una atracción eléctrica que llevaban conteniendo durante repetidas oportunidades porque el tiempo se había vuelto su enemigo de ausencia. Antonio la detuvo, rodeando sus muñecas con suavidad.
—Mañana el mundo volverá a buscarnos, Isaí —dijo él, con la voz ronca—. Mañana tendré que ser un fantasma otra vez o huir para siempre por lo que pasó. Pero esta noche...
esta noche solo quiero ser el hombre que te ama con locura, al que tú aroma se le guardo en la piel y te le volviste una dura obsesión.
Isaí dejó caer una lágrima por su mejilla. No hacían falta palabras ni explicaciones
técnicas sobre el futuro. En ese pueblo olvidado, donde la muerte era el único idioma, ellos decidieron inventar uno nuevo.
Antonio sabía que se venía un fuerte huracán
de problemas por la situación acontecida, si le decía a Isaí mas de lo que ya ella sabía exponerla mas era dañar mas esas esperanzas que el sabia era nulas a toda probabilidad de felicidad fuera de esas cuatro paredes
—Entonces aprovechemos —respondió ella, sellando sus labios con un beso que sabía a urgencia y a perdón. —Aprovechemos a amarnos ahora, antes de que el olvido o la selva nos reclamen.
—Se que esta guerra se termina llevando todo lo que hoy nos hace feliz le responde Antonio, pero seguiré intentando una y mil veces cumplir mi promesa.
Mientras la fría noche seguía su curso se entregaron el uno al otro sobre la misma camilla donde tiempo atrás ella le había salvado la vida. Fue un encuentro desesperado, casi violento por la necesidad de recuperar de no separarse de nuevo. Cada caricia era una forma de borrar las cicatrices del alma que los tenían marcados; cada susurro era un desafío al destino que intentaba separarlos.
En la penumbra, el uniforme de camuflaje y la bata blanca quedaron mezclados en el suelo, simbolizando que, por unas horas, no existían bandos, ni guerras, ni traiciones. Solo existían dos cuerpos tratando de ganarle una batalla a la soledad, a la guerra pero sobre todo a un mundo que tenía prejuicios claro de que no todos somos la pieza del rompecabezas de quien amamos y nos corresponde.
Al final, abrazados bajo la tenue luz de la vela que se extinguía, Antonio la rodeó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello. Sabía que había eliminado a Eliécer sin dejar rastro, pero también sabía que el silencio de la selva era traicionero y que muy oculto que lo tratará de tener sería imposible tapar la situación.
—Si este es el final, Isaí, que sea así —susurró él mientras ella se quedaba dormida en sus brazos.
Mientras Isaí dormía Antonio solo se repetía una y mil veces en su cabeza —perdón mil veces perdón mi Doctora estoy destruyendo todo lo hermosa y buena mujer que eres, por mi amor egoísta, si me voy se que mi ausencia acabará contigo, pero si me quedo serás el pago de mi deslealtad a lo que soy y que no puedo cambiar.