Cuando El Reino Colmillo y Sombra Era una de las Poderosas y temidas por su generaciones de Reyes Alfas , con la espera de un nuevo Rey, todo dio un gran giro al tener una Niña Alfa llamada Ema.
Su Poder estaba en juego como su corona, no la creían apta, su vida fue criticada y usada para benéfio de muchos enemigos al ser una niña dulce y vulnerable.
La tomaron de menos, cuando su tortura escalo hasta una noche donde su mejor amiga la mató en un intento de celos por un el amor del Alfa Lucas quien era el más poderosos y deseadas por todas. La manada fue tomada y traicionadan por su tio lleno de odio y envidia hacia el Rey, tomo el control, llevando a su hijo ser el nuevo Rey Alfa, dando una muerte terrorífica a su hermano y su familia
Pero la muerte es algo misteriosa, pues en el cuerpo de Ema recae el alma de una joven totalmente diferente al resto, una máquina mortal llamada Cecilia.
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La mañana llegó con un sol radiante y mucho calor en todo el reino. Ema siguió su rutina de entrenamiento, ya que había conseguido el permiso para asumir el mando de la manada y la ley había sido revocada.
La semana fue intensa y agotadora; Megan progresaba bien en sus clases y luchaba con Ema todos los días. Esta le enseñó algunos movimientos especiales, y por supuesto, Lucas y Paolo también entrenaban con ellas.
Samanta se vio obligada a aprobar los exámenes si quería seguir molestándola, pero no fue nada sencillo: tuvo que hacerse la inocente con uno de los profesores para que le subiera un punto y así pasar la materia.
Megan presenció lo que hizo y solo se lo contó a Ema, quien rio a carcajadas pues no tenía intención de hacer nada al respecto.
–¡Es una auténtica mosquita muerta! ¡La hubieras visto haciendo ojitos así…! —gruñía Megan.
Hacía unos días que la joven se había transformado por primera vez; su hermosa loba es de pelaje marrón y ojos amarillos, llamada Emily.
–Deja de preocuparte, no llegará muy lejos. Solo falta un día para la competencia; no creo que a los jueces les pueda hacer ojitos —rió Ema.
–¿Ah, a quién le harán ojitos? —preguntó Lucas acercándose.
–A nuestros admiradores, ¿celoso alfita? —dijo burlona Ema, haciendo reír a Megan.
–¡No me llames así! —agarró la nariz de Ema con fuerza, haciendo que ella se quejara—. Megan, no copies sus malas costumbres.
Ema le sacó la lengua:
–¡Ni quipis, sis malas custimbres! —bromeó con voz palabras finita, provocando que Lucas la persiguiera.
Paolo llegó con mantas y carbón; Megan lo ayudó a preparar todo: iban a hacer un pícnic, tenían un día libre y se habían convertido en muy buenos amigos.
Aunque aún sentían algo más por Ema, sabían que sus lunas podrían aparecer en cualquier momento, al igual que la pareja destinada de ella —aunque esta decía que seguramente la rechazaría.
...
En el reino, todo era completamente distinto.
Adrián tenía montones de trabajo y aún no había descubierto nada sobre la sobrina de Luis. Algo le llamó la atención: no existían registros con su nombre ni el de sus familiares, ni siquiera el de él. Patrick descubrió que el padre de Adrián fue quien lo contrató, pero no supo más detalles.
Era como si Luis fuera un fantasma. Casia no pudo volver a entrar al castillo; Luis estaba a un paso de cometer un error y no podía permitírselo: su plan de rebelión estaba dando resultados con algunos aliados, y un tropiezo sería fatal.
La madre de Adrián se había instalado en el castillo y lo amenazó con no irse hasta que encontrara a su pareja destinada, pues descubrió que ya la había sentido. Adrian no podía mentirle a su madre; si lo intentaba, ella se daba cuenta al instante.
–Hijo, después de la ceremonia tienes que buscar a esa muchacha —dijo enojada.
–Ya te dije que no encontré nada sobre ella. Los brujos que solicité llegarán después de la competición; están en las fronteras y no voy a hacerlos venir antes —suspiró—. Es demasiado arriesgado.
–Bien, pero ya tienes cuatrocientos años; no puedes dejar que pase más tiempo, ¿entendido? —lo miró con severidad.
–Sí, madre… No te alteres. Porque si resulta ser una traidora, no pienso dejarla con vida, y Aron piensa lo mismo —afirmó con firmeza.
Su madre suspiró angustiada al pensar en esa posibilidad, pero entendía a su hijo: ella haría lo mismo.
–Bien, cariño, me voy… Tengo que comprar algo apropiado para la ceremonia; no pienso perdérmela —dijo.
–Sí, madre. Hará mucho calor, así que no te traigas esos vestidos con kilos de tela —bromeó.
–¡Ay! Me compraré dos ahora que lo mencionas —respondió. Adrián rodó los ojos; sabía que quería molestarlo.
...
En la manada Sangre y Sombras
–Ya deberían estar llegando —dijo Paolo mirando su reloj.
En ese instante vieron llegar un auto; dos jóvenes rubios bajaron cargando una canasta con comida y bebidas.
–¡Holaa! ¡Llegamos justo a tiempo! —dijo Lorenzo sonriendo.
–¡Qué calor! ¡Este lugar es precioso! —miró a lo lejos.
–Sí, vamos, el agua está espectacular —dijo Megan.
Ema corrió junto a ella; los chicos los seguían detrás. El lago era hermoso y el ruido de la cascada invadía los oídos.
–¿Nos bañamos, Ema? —preguntó Megan, quitándose la ropa hasta quedarse en su bañador.
–¡Niña! Muestras todo tu cuerpo; ponte una remera —dijo Paolo. Megan rodó los ojos.
Ema se quitó su remera larga, dejando al descubierto su abdomen tonificado, sus curvas y sus piernas musculosas.
–¡Cierren la boca, que les entrará una mosca! —dijo burlona.
Lucas y los demás miraron hacia los lados avergonzados; los hermanos rieron sonrojados. Se metieron al agua con ellas y comenzaron a jugar a las luchas.
–¡No pueden ganarme, Arturo! —gritó Megan desde sus hombros.
–¡Dad por vencidas! —retó Arturo.
–¡Les haremos tragar agua! —dijo Ema encima de los hombros de Lorenzo, sonriendo maliciosamente.
Se enfrentaron hasta que Megan perdió el equilibrio, pero se agarró del brazo de Ema haciendo que todos cayeran al agua. Lucas y Paolo reían a carcajadas. Pasaron el día ahí, riendo y compartiendo; Ema estaba feliz: en esta vida tenía amigos y todo lo que necesitaba.
–¡Una foto! —dijo Lorenzo. Todos sonrieron y hicieron caras graciosas.
–¿Es para la página oficial del reino? —preguntó Megan. Lorenzo asintió.
–¡Hu, prepárate para la invasión de lobas celosas, Megan! Solo espera y golpea a quien se acerque —dijo Ema en tono de advertencia.
–¡Nadie les hará nada! —aseguró Arturo.
–Eso dices tú, pero a nosotras nos quieren comer vivas. Por las dudas, no nos etiquetes, Lore —pidió Ema.
–¡Qué exagerada! Ya lo hice —dijo riendo.
–Fue un gusto conocerte, Ema… —dijo Megan burlona.
–Fue un gusto también, Megan. ¡Moriremos vírgenes y solas! —lloró falsamente.
Los chicos rieron y rodaron los ojos.
...
Samanta estaba acostada en la cama cuando vio la foto; tiró todo lo que había en su mesita de luz al ver a Lucas abrazando a Ema, rodeada de los demás alfas.
Mandó la imagen al grupo de chicas de la academia, y no tardaron en escribir un montón de comentarios negativos.
–Ahora todas te odiarán, Ema… ¡Todas! —sonrió maliciosamente.
...
Adrián vio la foto; Patrick le dijo que se trataba de algunos alfas de la manada, pero no le dio importancia y apagó el celular.
...
El celular de Ema sonaba sin parar:
–¡Ahora tendré que cambiar de número, Lorenzo! —mostró los mensajes y audios que le habían mandado.
–¡Esas mujeres están locas! —dijo Arturo al escuchar las amenazas.
–Ema, mira: fue Samanta quien subió la foto al grupo —dijo Megan al ver el origen de la publicación.
–¡Queremos ver! —dijeron Lucas y Paolo. No les gustó nada lo que decían de ellas.
–Perdón, no sabía que sería tan catastrófico —dijo Lorenzo culpable. Agarró su celular y llamó a su asistente.
–Lo siento, chicas; les conseguiré números nuevos —dijo al leer las cosas que escribían—. ¿Me dan el suyo? —preguntó a Ema—. Y el tuyo —miró a Megan. Ambas asintieron.
–Sí… No me importa. ¿Pero qué harás al respecto? —preguntó Ema.
–Esto no quedará así… No pueden amenazar a un alfa solo por una foto. Yo me encargo —dijo Lorenzo, ya enojado.
–Te ayudo; tampoco me gusta esto —dijo Lucas, apoyado por Paolo. Para ellos, era un atentado contra la autoridad de un alfa, y las amenazas de muerte no eran un juego. Además, sabían lo de Samanta y no permitirían que lastimara a Ema ni a Megan, a quien apreciaban como una hermana pequeña.
–Después se ocupan de eso. Hagamos la comida; las bebidas ya están frías —dijo Ema abriendo una cerveza y disfrutándola feliz.
Ni siquiera se inmutó al ver que los chicos estaban furiosos leyendo los comentarios de mujeres que ni siquiera las conocían y acusaban de haber estado con ellos.
–¡Chicos! —gritó Ema—. ¡Vamos a comer!
–Sí… Sí, claro —dijeron los cuatro guardando sus celulares.
Encendieron una fogata, tomaron y disfrutaron el final del día. Al día siguiente sería la gran ceremonia, y todos estaban más que ansiosos.
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