Todo lo que hace una mamá por el bien de su hijo.
Anastasia una joven mamá que se verá obligada a tomar una drástica desicion para salvar la vida de su hijo.
Podrá Anastasia salvar asu hijo y también encontrar el amor verdadero.
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El verdadero amor puede con todo
Tras pasar un día maravilloso, Ana y su hijo coloreaban en la pequeña habitación que Juan le había asignado al niño, llenando el espacio con sus risas. De pronto, el celular de la joven comenzó a sonar desde el otro extremo, sobre una pequeña cama.
Al ver un número desconocido, dudó, pero finalmente contestó.
—¿Hola? ¿Quién habla? —preguntó ella.
—¡Hola, Ana! Soy Leticia. ¿Dónde te metiste? Tu marido llegó hace poco y está por destrozar la casa de la rabia al no encontrarte —dijo la señora, muy nerviosa.
—Tranquila, Leti, ya voy para allá —respondió Ana, cortando la llamada.
En ese instante, Juan entró y notó el rostro pálido de la joven.
—¿Pasa algo, Ana? —inquirió, preocupado por la decisión que ella había tomado.
—No, nada, Juan. Solo debo volver a casa —respondió ella con una sonrisa fingida.
—Está bien, aunque a mí no me engañas. Escúchame —dijo él, acercándose—. Conocí a tu madre; era una mujer soberbia, prepotente y de temperamento fuerte. Agradezco que seas diferente, pero estoy seguro de que, muy dentro de ti, algo de ella habita —añadió, señalando el pecho de la joven, quien frunció el ceño confundida.
—No entiendo qué quieres decir, Juan.
—Que en el fondo queda algo de ese carácter. Úsalo con tu marido. Sé que no es agradable contigo, pero utiliza mano dura. Ahora, vete, se hace tarde —insistió el hombre, empujándola levemente hacia la salida.
Confundida, Ana se acercó a su hijo para despedirse, algo que siempre le costaba. Soñaba con despertarlo, darle el desayuno y llevarlo a la escuela, pero aquella maldita enfermedad se lo impedía.
—¡Mami, mira, ya terminé! —dijo el niño, mostrándole un dibujo de una mariposa en un jardín. A sus siete años, manejaba los colores con maestría.
—¡Wow! Está increíble, mi amor. Cada día pintas mejor —respondió ella, acariciándolo mientras contenía las lágrimas.
—Tengo que irme, mi amor —suspiró.
—Está bien, mami. Tienes que trabajar, ¿verdad? —respondió el niño con una sonrisa comprensiva.
—Sí, pórtate bien —dijo ella, abrazándolo.
—Te quiero mucho, mami —respondió él, secándole una lágrima con su pequeño dedo antes de besarla.
—Yo también te quiero —dijo Ana, besando su frente antes de marcharse.
Al salir, tomó un taxi frente a la clínica. El chofer, al verla subir, preguntó el destino.
—A la hacienda Santoro, por favor —respondió ella, pensando en las palabras de Juan. ¿Podría realmente ser fría y temperamental como él sugería? ¿Cómo reaccionaría Antonio?
—No pierdo nada con intentarlo; al fin y al cabo, soy su esposa —pensó en voz alta, llamando la atención del conductor.
—¿Disculpe, señorita, me hablaba a mí? —preguntó él por el espejo.
—No, discúlpeme usted, estaba pensando —dijo ella riendo—. Qué manera de pensar la mía, ¿no?
El chofer solo negó con la cabeza y siguió su camino. Al llegar al gran portón de la hacienda, Ana esperó a que el guardia abriera y el taxi avanzara hasta la casa principal. Cuando ella se disponía a pagar, el anciano conductor le dijo:
—Recuerde que después de la tormenta siempre viene la calma, y que el verdadero amor puede con todo.
Dicho esto, el hombre se marchó, dejando a Ana sumida en sus pensamientos.