Florence es una chica común de 25 años estudiante de ultimo año de literatura.
Alfred Van-Hansen un viudo de 30 años, él primer ministro más joven de la historia, padre de dos niños pequeños que intenta por todos los medios ser un padre presente y ayudar a gobernar su país.
Un escándalo hace que la vida de ellos se encuentre y nos les queda más remedio que unir sus vidas por el bien de ambos. Pero hay dos condiciones que tambalean en la mente del Primer Ministro que reconsidera donde está puesto.
El amor llega donde menos te lo esperas.
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CAPITULO 10
Albert se había encargado de hablar con cada integrante del gabinete esa noche, aunque se encontraba cansado, puso su mayor esfuerzo para tocar el tema de su próximo proyecto. Aunque, una parte de su mente estaba enfocada en los problemas a futuros por resolver con su esposa, también se encontraba comprometido sobre la nueva subestación de agua potable para las zonas lejanas a la gran ciudad.
Cuando hablo con el último funcionario, se acomodó su chaqueta y se sintió decidido a hablar con Florence cara a cara. Aunque no estaba dispuesto a hablarle de sus miedos, el sabia que poner una brecha entre ella y él hacían que las cosas complicadas se volvieran aún más.
Vicent, su secretario le abrió la puerta sin embargo no encontró a Florence, la limusina se encontraba vacía. Su mirada inmediatamente llegó al personal más cercano y sin poner la pregunta en voz alta, este le contestó.
—La señora Florence se sentía... indispuesta, solicitó irse temprano a casa.
Entonces Karla lo esquivó y se sentó adentro, podría decirse que se estaba tomando muchísimo atrevimiento sin embargo la ausencia de su esposa lo había dejado con aún más preguntas.
El auto arrancó y sus pensamientos se hundieron aún más. Estaba claro que su actitud esa noche había sido la peor, cuando más aceptaba su error más culpable se sentía y entendía la actitud de Florence, una parte de él quiso arreglarlo, correr hacia ella y decirle que estaba dispuesto a entregar más, que su relación podría ser real si esperaba un poco más.
Pero su corazón protestó ante aquello, aquel traicionero órgano le decía una y otra vez que estaba haciendo lo incorrecto, que Florence no era Margarita y que esto solo era simple publicidad.
Porque aunque Albert no quisiera esto era un contrato y al final de los dos años, la chica saldría por la puerta para no volver.
Cuando el auto se detuvo, sin esperar a que le abrieran la puerta salió, aún sumido en sus pensamientos, sin darse cuenta que Connor su hijo de cuatro años lo esperaba en la puerta. Su osito de peluche se arrastraba en el asfalto y sus pequeños dedos traspasan la enorme pijama de rayas que traía puesta.
Cuando Albert miro a su hijo solo sin Ethan la preocupación acaparó su preocupación.
—Connor, hijo mío, que ha pasado ¿Donde esta tu hermano?
Albert tomo a su hijo en sus brazos y con la ayuda de los escoltas empezaron a buscar en los alrededores. Mientras que el niño jugueteaba con su pulgar, a su padre se le salía el corazón.
—Ethan está con Flor, Ethan está con Flor.— se burló el pequeño.
El primer ministro soltó un largo suspiro. Su hijo se encontraba en casa y aunque sabia que los chicos jamás habían sido presentados, Florence no era capaz de hacerle daño a sus hijos.
—Vicent, vayan a descansar. Yo iré a acostar a los chicos, necesito que entregues el papeleo de la nueva planta a todos los funcionarios de los que les hablamos del tema.
El secretario asintió y se retiró.
Florence se encontraba todavía con el vestido de la fiesta, sin embargo ahora se encontraba totalmente arrugado, a su lado un niño rubio dormía encima de ella como un koala. Desde que llego sola a la residencia, había visto a los hijos de su esposo, uno tenía las mejillas rosadas y debajo de sus ojos había unas grandes ojeras. Era obvio que uno se encontraba enfermo y esperaban afuera bajo el frío de la noche.
Ella ni siquiera se presentó, solo tomó al niño enfermo y tomó de la mano al otro. Sus niñeras se encontraban buscándolos por todos lados, en ellas también se veía el cansancio y la preocupación tallada en sus rostros, cuando la vieron entrar con ambos niños la preocupación se tornó a nerviosismo.
Aunque Florence sabía que no era su culpa, no pudo evitar llamarles la atención.
—Los niños se encontraban descalzos en la entrada, hay al menos diez grados afuera y ellos solo llevaban pijamas ¿Donde se encontraban ustedes?
La chica rubia solo bajo la mirada.
— Los niños ya se encontraban en la cama, Señora, ellos se han colado. Estábamos...
Y la ira que no le correspondía que las niñeras salió con furia, el pequeño niño en sus brazos tembló.
—Ninguna palabra justifica la falta. Ahora, no es momento para discutir, nesesito un termómetro, llamen al pediatra y por favor, que esto no vuelva a pasar.
Y con eso salió de la habitacion.
El pediatra había llegado unos minutos después, era un hombre viejo y con canas en su cabello. Sin pensarlo dos veces, le explico la temperatura del niño y los posibles síntomas que había escuchado de las niñeras.
—Señora, su hijo se encuentra sano, simplemente es una infección estomacal, es común en niños pequeños ya que todo lo exploran con sus manos y las manos a veces van a la boca. Nada que unas simples gotas no ayuden.
Con esa explicación, respiró tranquilamente. Despidió al médico luego de que le extendiera una receta y abrazó al niño como si fuera suyo.
Florence no notó el cansancio del día hasta que se cubrió con la manta de Car's, la temperatura del niño había cedido y ahora se encontraba durmiendo con tranquilidad en la cama, sin embargo ella recostó medio cuerpo en la cabecera de la cama para poder supervisar al chico, pero al cabo de algunos minutos su cuerpo cedió con el cansancio durmiendose.