Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.
Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.
Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.
Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.
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CAPÍTULO 10 - Coyhaique
El bus a Coyhaique sale a las cinco de la mañana y tarda cuatro horas.
Me levanté a las cuatro. Me hice la trenza que me enseñó Silas porque la goma gruesa no me aguantaba con el viento del bus. Lyra y Milo dormían todavía, envueltos en mantas de lana que hizo Marta. Marta se quedaría con ellos hoy.
—Cuídalos —le dije—. Si aúllan, sácalos al patio aunque nieve.
—Yo sé —dijo Marta—. Tú preocúpate de ti. Y no te toques tanto la trenza que la vas a deshacer.
Silas llegó a las cuatro y media con su chaqueta de veterinario y una carpeta llena de papeles.
—Traje fichas —dijo—. Pesos, vacunas, curva de crecimiento. Traje fotos de los calcetines de cuero también, para que vean que no pasan frío.
Nos subimos al bus. El bus olía a parafina y a pan. Nos sentamos atrás. Yo con trenza castaña larga hasta la cintura, con camisa limpia y con ojeras.
—Te ves bien —dijo Silas.
—Me veo como niña con bigote —dije.
—Te ves como papá que se hizo trenza porque su hija le dijo mamá bonita —corrigió.
En el bus iba una señora con guagua. Me miró la trenza y luego miró a Silas y luego miró la ventana. No dijo nada, pero se cambió de asiento. Me dolió, pero no tanto como antes.
En Coyhaique nos bajamos en terminal. Nunca había ido a una oficina de servicios sociales. Era un edificio celeste, con calefacción muy fuerte y fotos de niños en la pared.
Nos hicieron esperar una hora entera en sillas plásticas duras. Silas no paraba de mover la pierna nerviosa y de mirar la puerta.
—Si te preguntan por tu pelo, diles que es tuyo —dijo—. No pidas permiso.
—Me van a preguntar si soy mamá o papá —dije—. Me da vergüenza.
—Diles que eres los dos —dijo—. Que Lyra y Milo te dicen mamá porque eres el que cocina, el que abraza, el que hace trenzas. Que te digan mamá no te hace menos papá.
Nos llamaron. Una señora de lentes, muy seria, con una asistente joven que tomaba notas.
—Elías Rojas —leyó—. Diecinueve años, cuidador de Lyra y Milo Rojas, sin vínculo sanguíneo, residente en biblioteca de Moonvale. ¿Correcto?
—Sí.
—Recibimos denuncia anónima —dijo—. Ruidos, aullidos, condiciones insalubres y que usted no tiene idoneidad por su estilo de vida.
—¿Estilo de vida? —pregunté.
La asistente me miró el pelo.
—Nos llegó que usted usa moño, que se viste como madre, que los niños le dicen mamá y que el veterinario vive con ustedes.
Sentí la cara caliente. Me toqué la trenza sin querer.
—Yo uso trenza —dije—. Me la hizo él —señalé a Silas—. Me la hizo porque con moño se me suelta cuando corro detrás de ellos. Y me dicen mamá porque yo los crío desde que tenían días. Yo prefiero que me digan papá, pero si me dicen mamá con cariño, no les voy a pegar por eso.
Silas se levantó.
—Soy Silas Marín, veterinario —dijo—. Matrícula 2345. Yo atiendo a esos niños porque tienen una condición dermatológica y alimentaria que ningún médico de Coyhaique quiso ver. Si Elías no les hiciera papilla de ciervo con sangre, se desnutren. Si no los sacara al frío cuando les sube la fiebre, convulsionan. Yo tengo registro de todo.
Puso la carpeta en la mesa. Fotos, pesos, fechas, incluso foto de los calcetines de cuero feos que hicimos.
—Este chico se levanta cada dos horas —siguió—. Se ata el pelo para que no le moleste cuando les da mamadera a las tres de la mañana. Se deja decir mamá por dos bebés que lo adoran porque entiende que lo importante no es cómo le dicen, sino que estén seguros. Si eso no es idoneidad, no sé qué es.
La señora de lentes me miró la trenza largo rato.
—Elías —dijo—. ¿Usted quiere que le digan papá?
—Sí —dije—. Me gustaría. Pero si me dicen mamá y me abrazan y me dicen mamá bonita, con esa ternura, no los voy a corregir llorando. Los dejo.
—¿Y su pelo? —preguntó—. ¿No cree que confunde a los niños?
—Mi pelo no confunde —dije—. Confunde a los adultos que no saben qué es un papá con pelo largo. A ellos no. Ellos saben que soy su casa.
La asistente joven sonrió por primera vez. Anotó algo y dijo:
—Mi hermano tiene pelo largo y moño también. Tiene una hija y le dice papá princesa. No pasa nada.
La señora suspiró y cerró la carpeta.
—No voy a quitarle a los niños —dijo—. Pero necesito que venga a control mensual y que Silas firme como apoyo. Y que no lleguen más denuncias.
—¿Eso es todo? —pregunté.
—Eso es todo —dijo—. Y córtese o no se corte el pelo, me da igual. Pero que esa trenza esté limpia para la próxima.
Salimos del edificio. Afuera llovía. Silas me abrazó en medio de la calle, con gente mirando.
—Viste —dijo—. Te defendí y ni siquiera tuve que gritar.
—Me defendiste —dije—. Otra vez.
Nos subimos al bus de vuelta. Yo con la trenza un poco deshecha por los nervios, pero firme.
Cuando llegamos a Moonvale ya era de noche. Marta nos esperaba en la biblioteca con Lyra y Milo despiertos.
Lyra me vio entrar y corrió. Me abrazó las piernas.
—Mamá bonita volvió —gritó.
Milo se colgó de la trenza.
—Mamá papá volvió —dijo, mezclando todo.
Los levanté a los dos, con trenza y todo.
—Sí —les dije—. Mamá papá volvió y nadie nos va a separar.
Marta lloró un poco.
Silas se sentó en el suelo y dijo:
—Si mañana alguien te dice algo por tu trenza en el pueblo, le digo que yo te la hice y que si quiere una igual, que venga.
Lyra se acurrucó en mi pecho y jugó con mi trenza deshecha, diciendo bajito:
—Mamá linda, mamá linda.
No la corregí. Esa noche ser mamá linda era exactamente lo que necesitaba para dormir tranquilo.