El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
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Capítulo 11: La electricidad del silencio
El cielo sobre la Universidad de Saint Jude se había estado preparando para una batalla todo el día. Para cuando la noche cayó, el aire estaba tan cargado de electricidad estática que el cabello de Sky parecía tener vida propia. Ella estaba en su habitación, tirada en el sofá con un libro de fisiología avanzada abierto sobre la cara, intentando ignorar el trueno sordo que hacía vibrar las ventanas.
Sus amigas se habían ido a una fiesta en el pabellón deportivo, desafiando al clima, pero Sky había decidido quedarse. No se sentía con ánimos de fingir interés en conversaciones banales. Últimamente, sus pensamientos gravitaban demasiado hacia un par de ojos negros y una cadena de plata.
Entonces, el primer relámpago desgarró el cielo, seguido de un estruendo que pareció sacudir los cimientos del edificio. Y en un parpadeo, la luz se apagó.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el sonido de la lluvia golpeando el cristal. Sky soltó un bufido de frustración y buscó a tientas su teléfono en la oscuridad. La pantalla iluminó su rostro cansado. Tenía un mensaje de Ian de hacía diez minutos: "Estoy en la biblioteca. Esto se va a poner feo."
No lo pensó dos veces. Se puso una sudadera oversize y salió al pasillo, guiándose por la luz de su celular. La biblioteca central estaba a solo dos edificios de distancia, pero el trayecto bajo la lluvia torrencial fue una odisea.
Cuando empujó las pesadas puertas de roble de la biblioteca, el aire frío y el olor a papel viejo la recibieron. La oscuridad allí era aún más densa, interrumpida solo por el resplandor de los relámpagos que entraban por los ventanales altos.
—¿Ian? —susurró Sky, su voz eco en la inmensidad del lugar—. ¿Estás aquí, capitán?
Escuchó un ruido sordo cerca de la sección de medicina. Caminó hacia allí, con el corazón latiendo a mil por hora. No por miedo a la oscuridad, sino por lo que podría encontrar.
Lo vio cerca de un estante de metal alto. Ian estaba allí, pero no estaba solo. Una pesada estantería de libros de referencia se había inclinado peligrosamente debido a un fallo en el anclaje de seguridad, y varios volúmenes gruesos estaban a punto de caer directamente sobre su cabeza mientras él intentaba, desesperadamente, sostenerla con una mano.
—¡Ian! —gritó Sky.
No hubo tiempo para pensar. Se lanzó hacia él, empujándolo con toda su fuerza lejos de la zona de impacto. Cayeron al suelo en un montón de brazos y piernas, justo cuando la estantería cedía y una docena de libros pesados impactaba contra el suelo con un estruendo metálico.
El cobro de la deuda
Se quedaron allí, en el suelo frío, con la respiración entrecortada. El resplandor de un relámpago iluminó el rostro de Ian. Estaba pálido, y por primera vez, Sky no vio al chico perfecto ni al misterioso; vio a alguien asustado. Estaba temblando ligeramente.
—¿Estás bien? —preguntó Sky, con una suavidad que rara vez usaba.
Ian tragó saliva, pasando una mano por su cabello mojado. Se incorporó lentamente, sentándose contra la base de otra estantería.
—Sí... gracias. Eso ha estado... demasiado cerca. Si no hubieras llegado... —su voz se quebró un poco—. Odiaba ese estante.
Sky soltó una risa nerviosa, sentándose a su lado. El descaro habitual volvía a su voz, una forma de lidiar con la intensidad del momento.
—Bueno, el "error del pasado" acaba de salvar al "motor de alta gama". Deberías darme las gracias.
Ian la miró en la penumbra. Su aire reservado volvía, pero con un matiz de gratitud genuina.
—Gracias, Sky. De verdad. No sé qué habría hecho si...
—Ah, no, no, no —interrumpió ella, levantando un dedo—. Una simple gracia no es suficiente para alguien que acaba de salvar tu hermosa y atlética anatomía de una muerte segura por libros de texto. Te he salvado la vida, capitán. Eso requiere un pago.
Ian soltó una risa nasal, corta y seca, más relajada de lo que ella esperaba.
—¿Un pago? ¿Qué quieres, Sky? ¿Mi primer hijo? ¿Mi promedio? ¿Que te pinte las uñas de rosa fluorescente?
Sky lo observó. Su descaro estaba en su punto máximo.
—No lo sé —dijo ella, inclinando la cabeza—. Lo voy a pensar. Tengo un crédito vitalicio contigo ahora.
Ian se quedó en silencio un momento. La oscuridad, la lluvia, el peligro recién pasado... todo creaba una atmósfera de confesión. Él siempre había sido un misterio para todos, pero con Sky, las barreras eran diferentes. Ella no lo adoraba; ella lo desafiaba.
—Bien —dijo él, su voz era ahora un susurro bajo, cargado de un aire de misterio—. Mientras lo piensas... estoy en deuda. Te debo una.
Se levantaron del suelo y caminaron hacia el pasillo central. La biblioteca seguía en silencio, pero la tensión entre ellos era palpable.
El masaje de pies y la provocación
Caminaron hacia la habitación de Sky, ya que estaba más cerca. Entraron en la oscuridad, guiados por la luz del teléfono de Sky. La habitación olía a cereza y a café. Sky se dejó caer en el sofá, exhausta.
—¿En serio no sabes qué quieres? —preguntó Ian, parado en el centro de la habitación. Llevaba sus pantalones cargo y la cadena de plata brillaba débilmente en la penumbra.
—No lo sé —repitió ella, cerrando los ojos—. Mi cerebro está frito. Pero te aseguro que será algo grande.
Ian la observó. Recordó la primera vez que ella le había dicho que le gustaba el contacto, y cómo él había reaccionado con pánico. Recordó cómo ella lo había sostenido en el laboratorio, cómo lo había defendido de Madison, cómo lo había salvado hace unos minutos. Ella era una loca, una sinvergüenza, pero también era la única persona que había logrado derribar sus defensas.
—Bien —dijo él, caminando hacia el sofá—. Mientras esperas, puedo ofrecerte un adelanto. Un masaje de pies. Te duele la espalda de estudiar, y los pies son los cimientos del cuerpo. Conozco los puntos de presión.
Sky abrió los ojos, sorprendida. El chico que odiaba el contacto físico, que se tensaba si alguien se acercaba demasiado, estaba ofreciendo un masaje de pies. Era una capitulación total.
—¿Tú? ¿Un masaje de pies? —preguntó ella con curiosidad—. ¿Acaso has perdido la razón, capitán? ¿O es que la oscuridad te ha vuelto sensible?
—Solo trato de pagar mi deuda —respondió él con ese tono reservado pero decidido—. Además, mi abuelo decía que el metal frío ayuda a mantener la cabeza fría, pero el calor humano... el calor humano ayuda a sanar.
Ian se sentó en el suelo, frente al sofá, y tomó uno de los pies de Sky con una suavidad que la dejó sin palabras. Sus manos, las mismas que lanzaban triples perfectos y palpaban tendones en el laboratorio, eran ahora una fuente de calor y confort. Comenzó a masajear la planta del pie, presionando los puntos que ella no sabía que le dolían.
Sky cerró los ojos, soltando un suspiro de placer. Era... increíble. Ian Thorne era, contra todo pronóstico médico, un genio de los masajes.
—Si no lo haces bien, te morderé —amenazó Sky, con una voz entrecortada por el placer—. Soy una psicópata, recuerdas.
Ian soltó una risa nasal, corta y seca.
—Lo sé. Y yo soy un misterio. Pero este misterio sabe lo que está haciendo.
El masaje continuó en silencio. La lluvia seguía golpeando las ventanas, pero el sonido parecía lejano, ajeno a la habitación. Sky se sentía como si estuviera flotando en un mar de sensaciones. El calor de las manos de Ian la envolvía, la relajaba, la hacía sentir segura.
Pero entonces, algo cambió. Ian ya no solo estaba presionando los puntos de dolor; estaba rozando sus dedos, acariciando su tobillo, subiendo lentamente por su pierna. No era un masaje profesional; era una provocación. Una declaración de guerra.
Sky sintió una descarga de electricidad que le recorrió todo el cuerpo. Abrió los ojos y lo miró. Ian mantenía la mirada, con esos ojos negros que parecían guardar mil secretos bajo llave. Su rostro no estaba tenso; estaba relajado, pero con una intensidad que la dejó sin aliento.
—¿Qué estás haciendo, Thorne? —preguntó ella, con una voz que era ahora un susurro descarado—. Creía que esto era un masaje, no una invitación.
Ian soltó una risa baja, cargada de un misterio letal.
—Es una invitación, Sky. Al juego de las intrusiones. Me dijiste que querías interrumpirme, que querías ser mi reto. Bueno, este reto acaba de subir de nivel.
Él se levantó del suelo, con una gracia depredadora, y se acercó a ella. Su altura y su sombra la envolvieron.
—Antes de que me muerdas —susurró él, bajando la cabeza hasta que sus labios quedaron a menos de un centímetro de los suyos—... prefiero hacerlo yo.
El primer beso
Ian la tomó de la cintura con una fuerza contenida, recostándola suavemente en el sofá. Quedó sobre ella, apoyando su peso en los codos para no aplastarla, pero manteniendo una cercanía física absoluta. Su cuerpo era una pared de calor y tensión.
Se inclinó hacia ella y le mordió el cuello. Lento. Suave. Con una deliberación que le robó el aliento a Sky. No fue una mordida de agresión; fue una mordida de posesión, de deseo, de reclamación. Ella sintió el roce de sus labios, la presión de sus dientes, el calor de su aliento contra su piel.
Sky soltó un jadeo, clavando sus uñas en los hombros de él. El descaro se evaporó ante la realidad del contacto. Ian Thorne, el chico que odiaba ser tocado, estaba sobre ella, mordiéndole el cuello.
Él se apartó un poco, mirándola a los ojos. Su rostro estaba tan cerca que ella podía ver los destellos de misterio en su mirada.
—Te tengo, loca —susurró él, con una sonrisa que no era para el público, sino solo para ella.
—Te odio, Thorne —respondió ella, con una voz que era ahora un susurro de rendición.
Ian se inclinó hacia ella y selló su boca con la suya. El primer beso fue una explosión. No fue un beso suave, tímido; fue un beso lleno de la tensión acumulada durante semanas. Sus labios se encontraron con una urgencia que ninguno de los dos esperaba. Se jalaron los labios con una violencia contenida, explorando la boca del otro con una curiosidad que rayaba en la desesperación.
El sabor de la cereza y el café se mezclaron. El calor del cuerpo de Ian la envolvía, la hacía sentir segura y vulnerable a la vez. Sky se sentía como si estuviera cayendo en un abismo, y no quería detenerse.
Se jalaron los labios con una intensidad que les robó el aliento. Fue un beso que selló una tregua, que rompió una barrera, que cambió las reglas del juego para siempre. Cuando finalmente se apartaron, con los labios rojos e hinchados, el silencio en la habitación era ensordecedor.
Se quedaron allí, en el sofá, con la respiración entrecortada. Ian la miró, con una expresión que ella nunca había visto antes. No era reservado, ni misterioso; era... real.
—Te odio, Thorne —repitió Sky, pero esta vez con una sonrisa que decía todo lo contrario.
Ian soltó una risa nasal, corta y seca.
—Lo sé. Y yo soy un misterio. Pero este misterio acaba de descubrir que el calor humano... el calor humano puede sanar muchas cosas.
El apagón continuaba, pero en la habitación 302 de Saint Jude, la electricidad era más intensa que nunca. Ian Thorne, el capitán de baloncesto, y Sky, la chica descarada, habían cruzado una línea que ninguno de los dos estaba dispuesto a desandar. El juego de las intrusiones había comenzado, y ninguno de los dos pensaba rendirse.