Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
HISTORIA DE 23 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPÍTULO 11
El despertador no sonó, y por una vez, a Valeria no le importó.
La luz entraba tibia por las cortinas mal cerradas, el aire olía a café quemado y a algo más: paz.
Una paz rara, de esas que no se compran ni se programan.
Héctor dormía a su lado, enredado entre las sábanas, con el cabello despeinado y una sonrisa inconsciente.
Valeria se incorporó despacio, intentando no hacer ruido, pero el colchón protestó.
—Tranquila, no estoy muerto —murmuró él, sin abrir los ojos.
Ella giró apenas, con una media sonrisa.
—Lo sospeché por el olor del café.
—Está fuerte, pero sobrevivible. —Abrió un ojo—. ¿Qué hora es? —preguntó él.
—Las nueve.
—Perfecto, aún tengo tiempo para fingir que soñé esto.
Valeria rió, ligera.
—Sueña lo que quieras, pero la cafetera no sobrevivió a tu experimento.
En la cocina, el desastre era evidente: café derramado, pan quemado, y una taza con restos de espuma que alguna vez fue leche.
Héctor se encogió de hombros.
—No soy un chef, pero tengo buenas intenciones.
—Las buenas intenciones no lavan tazas.
Mientras ella limpiaba el mostrador, él se acercó por detrás, en silencio, apoyando la barbilla en su hombro.
El contacto la desconcertó un segundo, pero no se apartó.
—Te ves distinta —susurró él.
—¿Distinta cómo? —respondió ella.
—Más tú.
Valeria no supo qué responder. A veces, las palabras son demasiado torpes para momentos simples.
Él se separó un poco, tomó un pan tostado (el menos carbonizado) y le tendió uno.
—Desayuno gourmet.
—Romántico —ironizó ella, mordiéndolo igual.
Comieron así, sin protocolo: él sin camiseta, ella con una camiseta que no era suya.
Hablaron de tonterías, del tráfico, del proyecto, del vecino que escuchaba bachata a las seis de la mañana.
Pero entre risas, hubo miradas cómplices y latidos que delataban la conexión que compartían.
Hasta que ella lo miró con cierto pudor.
—No quiero que esto se vuelva un tema complicado, Héctor.
—¿Qué sería “complicado”?
—Que esperes algo que todavía no sé si puedo darte.
Él asintió despacio, sin ofenderse.
—No te estoy pidiendo que me firmes un contrato ahorita. Solo quiero seguir tomando café contigo.
Valeria lo miró, y la sonrisa se le escapó sin permiso.
—Eres incorregible.
—Lo sé. Pero también sé que te agrada que siga aquí. Por hoy me contentaré con eso.
Solo hubo miradas compartidas. No había promesas, ni discursos. Solo esa calma extraña de dos personas que, por primera vez, no se apresuraban a definir lo que sentían.
Antes de irse, él buscó sus llaves, y al hacerlo, rozó su mano.
—¿Nos vemos mañana en la oficina? —preguntó él.
—Si no explotas la cafetera antes, sí —respondió ella.
Él rió, pero la miró de una forma distinta, más larga, más consciente.
Cuando la puerta se cerró, Valeria apoyó la frente en el marco y respiró hondo.
No era una adolescente, ni estaba buscando redención.
Solo había algo en ese hombre, en su risa, su calma, su manera de mirarla sin juicio, que la hacía sentirse menos sola. Y eso, pensó, era mucho más peligroso que enamorarse.