Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.
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Capítulo 1
El sol apenas empezaba a subir cuando Ayla ya estaba en el jardín de atrás. El rocío le mojaba los tobillos. El cuchillo de madera pesaba poco en su mano, pero Tarek no le daba tregua.
—Otra vez —dijo él, sin levantar la voz—. Más bajo. Si te ven, se acaba.
Ella asintió. Siempre asiente. Llevaba diecinueve años sin sacar una sola palabra y ya nadie esperaba que lo hiciera. Su madre decía que el silencio le había salido de regalo el día que nació. Ayla no sabía si regalo o castigo. Solo sabía usarlo.
Tarek atacó de frente. Ella giró, bloqueó, y le rozó el costado con la punta. Él sonrió un segundo.
—Mejor. Ahora con la izquierda.
Practicaban casi todas las mañanas, antes de que los criados despertaran del todo. El jardín quedaba escondido detrás de los granados. Nadie iba ahí. Nadie preguntaba por qué la princesa muda salía tan temprano con el hermana mayor.
Ayla sudaba. El vestido sencillo se le pegaba a la espalda. El cabello, siempre suelto, le caía sobre los ojos y lo apartaba con un manotazo. Tarek le había enseñado que el pelo largo podía usarse en contra si alguien te agarraba. Por eso ella aprendió a pelear con él suelto y a soltarlo cuando hacía falta.
Después del entrenamiento se sentaron en el borde de la fuente. El agua estaba fría. Tarek le pasó un trozo de pan con queso.
—Hoy vienen los de la frontera —dijo masticando—. El padre manda avisos raros. Dice que hay movimientos en el este.
Ayla lo miró. Él entendió la pregunta aunque no la hubiera hecho.
—No sé. Solo sé que mamá está inquieta. Anoche no durmió.
Ella mordió el pan. El queso sabía a humo. Pensó en su madre, siempre con esa cara de estar oyendo algo que los demás no oían. Desde que Ayla nació muda, la reina había aprendido a leerle los labios a todo el mundo. Y le había enseñado a Ayla a hacer lo mismo. “Si no puedes hablar, al menos entiende lo que los otros dicen cuando creen que no los oyes”.
Ayla era buena en eso. Mejor que buena. Podía estar en una habitación llena de gente y saber quién mentía solo por cómo se movía la boca.
Esa mañana la madre la llamó al pabellón de las mujeres. Estaba bordando, pero las manos no le obedecían bien. El hilo se le enredaba.
—Ven —dijo, y le señaló el asiento de al lado.
Ayla se sentó. La reina le tomó la mano. Estaba fría.
—Si pasa algo… —empezó, y se detuvo. Miró hacia la puerta. Bajó la voz—. Si pasa algo, no pelees por nosotros. Corre. Escóndete. Sobrevive.
Ayla frunció el ceño. Quiso preguntar qué. Quiso exigir una explicación. Solo apretó la mano de su madre con más fuerza.
La reina sonrió un poco, triste.
—Eres más lista que todos nosotros juntos. Y más fuerte. No dejes que te conviertan en una muñeca muda. Usa lo que tienes.
Esa noche cenaron juntos. El rey hablaba poco. Tarek discutía con el hermano menor sobre caballos. Ayla comía en silencio, como siempre, y observaba. El vino se le subió un poco a la cara al rey. Se rió de un chiste malo. La madre apenas probó la comida.
Cuando todos se fueron a dormir, Ayla se quedó un rato en el corredor oscuro. Escuchó los pasos de los guardias. Contó las antorchas. Todo parecía normal. Demasiado normal.
Se metió en su habitación. Se quitó el vestido. Se puso la túnica corta que usaba para entrenar. Debajo del colchón guardaba el cuchillo de verdad, el de acero fino que Tarek le había regalado el invierno pasado. Lo sacó. Lo miró a la luz de la lámpara de aceite. El filo brilló.
No sabía por qué, pero esa noche lo puso debajo de la almohada.
Se acostó. Cerró los ojos. El viento movía las cortinas. Olía a jazmín y a tierra seca.
No escuchó los caballos hasta que ya estaban dentro de las murallas.
Primero fueron gritos lejanos. Después el sonido de madera rompiéndose. Después el metal. Mucho metal.
Ayla se levantó de un salto. Agarró el cuchillo. Salió al pasillo descalza. El corazón le golpeaba tan fuerte que le dolía el pecho.
Vio a Tarek bajar las escaleras con la espada desenvainada. La miró un segundo.
—Quédate atrás —ordenó.
Ella negó con la cabeza.
Él no tuvo tiempo de insistir. Los hombres entraron por la puerta principal como una marea negra. Antorchas. Cimitarras. Gritos en un idioma que Ayla solo había oído en las historias de los mercaderes.
Tarek se lanzó contra ellos. Ayla lo siguió. No gritó. No podía. Solo cortó. El primer hombre que le salió al paso recibió el cuchillo en el costado. Cayó sorprendido. Ella ya estaba en el siguiente.
Sangre caliente le salpicó el brazo. El olor le revolvió el estómago, pero no se detuvo. Vio a su hermano menor caer. Vio a la madre en la terraza. Vio la cuchilla que le abrió el cuello.
Algo se le quebró adentro. No fue un grito. Fue peor. Fue un silencio tan grande que le llenó la cabeza.
Tarek cayó de rodillas a tres pasos de ella. Le miró a los ojos. Intentó decir algo. La sangre le salió por la boca en vez de palabras.
Ayla se quedó quieta. El cuchillo se le resbaló de los dedos. Un soldado la agarró del pelo y la tiró al suelo. Otro le puso una rodilla en la espalda.
—Esta vive —dijo uno—. Llévenla con las otras.
La arrastraron. Ella no se resistió. Ya no. Miró por última vez el cuerpo de Tarek. El de su madre. El fuego que empezaba a subir por las cortinas del salón.
Prometió. Sin voz. Sin lágrimas. Solo con los dientes apretados hasta dolerle la mandíbula.
Iba a vivir.
Iba a recordar cada cara.
Y algún día, alguno de esos hombres iba a morir sin entender por qué.