Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
NovelToon tiene autorización de Luna stars para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Verdades que duelen.
Maximiliano observaba el sobre que tenía en sus manos una y otra vez, pero a pesar de que sabía lo que este guardaba, y de que era algo a lo que había temido durante tanto tiempo… para su propia sorpresa cuando lo abrió, no sintió rabia ni dolor, ni siquiera tristeza al leer las palabras “Acuerdo de divorcio”. Solo sintió resignación, como si ya lo hubiera vivido antes y solo estuviera aguardando a que la última página se diera vuelta. Sin pensarlo más lo firmó; no hubo duda ni temor, era hora de cerrar ese capítulo de su vida.
Al instante llamó a su secretaria y le entregó el sobre con la indicación de que se lo entregara a su abogado para que iniciara el proceso de inmediato de acuerdo a sus indicaciones.
Recostado sobre su sillón, mientras repasaba en su mente cada instante vivido junto a ella; las risas fugaces, las noches interminables de discusiones, los silencios que alguna vez creyeron cómodos, recordó las palabras de su amigo, y en ese instante fue interrumpido por el sonido de su teléfono.
— ¿Qué sucede? — Preguntó, intentando sonar firme, aunque su voz reveló un leve cansancio.
— Sobre tu escritorio deje lo que me pediste. — Respondió su amigo con un tono seco, carente de toda complacencia. — Siempre supe que había algo en tu esposa que no me agradaba. Pero eso es algo que debes ver por ti mismo.
Maximiliano cerró los ojos por un instante y dejó escapar un suspiro pesado. Sabía que lo que estaba a punto de descubrir no le agradaría… pero también comprendía que esa verdad, por dolorosa que fuera, era lo que necesitaba para poder cerrar definitivamente ese capítulo de su vida.
— Bien. Gracias. — Murmuró, con voz más baja de lo habitual.
— Maximiliano… — La voz al otro lado del teléfono se suavizó un poco —. Cualquier cosa que necesites, aquí estaré.
— Lo sé… — Respondió, y cortó la llamada.
El silencio volvió a llenar la habitación. Sus manos, aunque firmes, se sentían extrañamente frías. Pero por más que intentaba concentrarse, le fue imposible hacerlo.
Por un instante dudó en abrir lo que su amigo había investigado, como si esa sola acción significara admitir algo que había evitado durante meses. Pero finalmente, lo hizo. De inmediato, sus manos se llenaron de documentos, correos, fotografías… evidencia.
Cada palabra que leía, cada imagen que pasaba ante sus ojos, era como arrancar un pedazo de la historia que creía haber vivido. Todo comenzó a encajar, como las piezas de un rompecabezas que al fin revelaba su forma… pero ese rompecabezas no era un simple juego, era su vida.
Una vida construida sobre una mentira. Porque la mujer que había amado con todo su ser, aquella por la que había soportado dudas, rumores y noches sin dormir, resultó ser alguien que nunca existió.
Una máscara perfecta, detrás de la cual se ocultaban secretos capaces de arruinarlo todo.
El nudo en su garganta se apretó mientras las imágenes seguían desfilando. Comprendió que los problemas que había enfrentado durante meses, los titulares amarillistas, el escándalo que ensució el apellido de su familia, la empresa de sus padres tambaleándose al borde del colapso; no habían sido casualidad.
Ellos lo habían orquestado todo, con paciencia y precisión, y ahora él lo veía con claridad desgarradora. Su mano tembló sobre el escritorio. El peso de la traición era insoportable. La impotencia le recorrió el cuerpo hasta que, de repente, descargó su rabia en un grito que retumbó contra las paredes.
— ¡¿Por qué lo hiciste?!
El estruendo fue seguido por el golpe seco de su puño contra la mesa tropezando un vaso de cristal el cual cayó al suelo y estalló en mil pedazos, los fragmentos se esparcieron alrededor como recuerdos rotos que ya no podría recomponer.
Se dejó caer en la silla, llevando una mano a su rostro. En su mente, la misma pregunta se repetía una y otra vez, como un eco que no lo dejaba en paz. Pero lo que más le dolía, más que la traición, más que las pérdidas… Era aceptar que la mujer a la que había amado, había sido también la causa de todo su dolor.
De repente, la puerta de su oficina se abrió de golpe, y Maximiliano levantó la mirada con fastidio. Pero el gesto se borró de inmediato cuando vio a la persona que menos deseaba ver. Allí estaba ella, de pie frente a él, con una expresión imperturbable y una mirada distante, carente de cualquier emoción. Se veía completamente diferente a la persona que había visto anteriormente.
Durante unos segundos, el silencio entre ambos fue casi insoportable. La mujer recorrió la estancia con la mirada, deteniéndose finalmente en la mano de Maximiliano, de la cual caían finos hilos de sangre producto del vaso roto.
Sin pronunciar palabra, se dirigió con calma hasta el botiquín que se encontraba sobre el estante lateral. Sus movimientos eran precisos, casi elegantes, y el leve roce de sus tacones sobre el mármol resonaba en la oficina. Tomó algunas gasas, desinfectante y una venda, y luego se acercó a él con una serenidad que contrastaba con la tensión que llenaba el aire.
Maximiliano no se había dado cuenta de su herida, sus emociones opacaban cualquier dolor físico en estos momentos. Al ver las intenciones de ella, intentó detenerla.
— No hace falta que lo hagas.
Murmuró Maximiliano, intentando apartar la mano, pero antes de que pudiera hacerlo, ella la sujetó con firmeza. Su agarre, aunque parecía delicado, fue lo suficientemente fuerte para obligarlo a permanecer quieto.
Una punzada de dolor recorrió su brazo, obligándolo a morderse la lengua y permanecer en silencio mientras la veía limpiar la herida con precisión casi profesional.
Por un instante, Maximiliano olvidó respirar. La luz que entraba por el gran ventanal caía directamente sobre ella, delineando su silueta con un resplandor cálido. En ese instante, la observó con detenimiento… sus rasgos eran tan finos que parecían esculpidos con paciencia; sus largas pestañas que enmarcaban sus ojos color miel, su nariz perfilada que le daba un aire distinguido, y sus labios… esos labios que se movían con sutileza mientras exhalaba con calma.
Maximiliano reaccionó bruscamente al descubrir hacia dónde se dirigían sus pensamientos, sin comprender del todo porque sentía eso. Ella era una mujer fastidiosa que siempre lo sacaba de sus casillas con su sola presencia, pero hoy, era diferente. Se incorporó con cierta torpeza, intentando recuperar la compostura, pero ella ya había terminado. Sin decir una sola palabra, se puso de pie, guardó el botiquín y caminó hacia la puerta.
Pero justo antes de salir, se detuvo. Su voz sonó serena, pero había en ella una firmeza que lo desconcertó.
— Cuando vuelvas a tener los pies sobre la tierra y recuperes tu enfoque… volveré.
Dicho eso, salió sin mirar atrás. Maximiliano permaneció en silencio, observando la puerta cerrarse lentamente. No comprendía del todo sus palabras, pero lo que más lo perturbaba era la sensación de extrañeza que lo envolvía.
Esa mujer… no era la misma que lo había atormentado durante tanto tiempo con la excusa de saber de su amigo Alexander. En su rostro ya no quedaba rastro de la actitud altiva ni del aire caprichoso de antes. Lo que vio en sus ojos fue algo diferente; una distancia helada, una calma que dolía más que cualquier ofensa.
Después de aquel encuentro, le resultó imposible concentrarse. Las palabras, los documentos y las llamadas se volvieron ruido de fondo. Así que decidió terminar con su jornada y regresar a casa. Pero al cruzar la puerta de ese lugar al que solía llamar hogar, entendió que ya no lo era. Todo allí se sentía vacío, silencioso y frío… como si la calidez que alguna vez lo habitó se hubiese marchado.