Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
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La última heredera
La princesa Isolde de Valenne detestaba tres cosas.
Las mañanas demasiado frías, las reuniones interminables con hombres que creían saberlo todo y que alguien la despertara antes de terminar un sueño agradable.
Aquella mañana, las tres cosas decidieron perseguirla al mismo tiempo.
—Su alteza.
Isolde se cubrió la cabeza con las mantas.
—Estoy muerta.
—No, alteza.
—Entonces decile a quienquiera que esté buscándome que vuelva cuando lo esté.
Mara, su dama de compañía, soltó un suspiro.
—Es el capitán de la guardia real.
Isolde asomó un ojo por encima de las mantas.
—¿El capitán es guapo?
—No es momento para eso.
—Entonces no puede ser tan importante.
—Isolde.
La princesa sonrió al escuchar su nombre pronunciado con aquella mezcla de paciencia y desesperación.
Sin embargo, cuando vio la expresión de Mara, la sonrisa desapareció lentamente.
Su amiga llevaba doce años acompañándola. Conocía cada una de sus bromas, sus rabietas y sus caprichos.
Y nunca la había mirado de aquella manera.
—¿Qué sucedió?
Mara bajó la mirada.
—Tenés que vestirte.
—Mara, ¿qué sucedió?
La puerta se abrió antes de que su amiga pudiera responder.
El capitán de la guardia entró con el rostro pálido. Detrás de él caminaban dos soldados que Isolde reconoció inmediatamente.
Eran los hombres que custodiaban las habitaciones de su padre.
La princesa se incorporó.
—¿Dónde está el rey?
Nadie respondió.
—Os hice una pregunta.
El capitán se arrodilló.
—Lo lamento, alteza.
Isolde sintió que algo frío le recorría la espalda.
—¿Qué le ocurrió?
El hombre levantó la cabeza.
—Su majestad falleció durante la madrugada.
Por un instante, el mundo dejó de existir.
Isolde lo miró sin comprender las palabras. Esperó que el capitán se retractara, que alguno de los soldados se echara a reír y que su padre apareciera en la puerta para reprenderla por seguir acostada a aquellas horas.
Nada ocurrió.
—No —susurró.
Mara se acercó.
—Isolde…
—Ayer cené con él.
Su voz sonó extraña, demasiado pequeña para pertenecer a una princesa que nunca permitía que nadie la viera llorar.
—Estaba bien. Se quejó de que había rechazado otra propuesta de matrimonio. Me dijo que algún día iba a lamentar no haber aceptado a ninguno de mis pretendientes.
Una risa breve y rota escapó de sus labios.
—Ni siquiera me dejó terminar el postre.
Mara la abrazó.
Isolde no lloró inmediatamente.
Se quedó inmóvil, mirando la ventana, mientras su mente intentaba comprender que nunca volvería a escuchar los pasos de su padre por el corredor.
Entonces el capitán habló de nuevo.
—Hay algo más, alteza.
Isolde se separó lentamente de Mara.
—¿Qué cosa?
—Sus hermanos también han fallecido.
El silencio que siguió fue insoportable.
El príncipe Adrian, heredero de la corona, había muerto tres días antes, después de enfermar durante una expedición al norte.
El príncipe Gabriel, su hermano menor, había sufrido un accidente a caballo mientras regresaba al palacio.
Tres hombres de una misma familia.
Tres muertes en menos de una semana.
Y ella, que nunca había deseado una corona, era ahora la única heredera legítima de Valenne.
......................
Dos horas después, Isolde caminaba por los pasillos del palacio vestida de negro.
Había llorado, aunque se negaría a reconocerlo delante de cualquiera.
Su padre estaba muerto.
Sus hermanos también.
Y el reino ya había comenzado a decidir qué hacer con ella.
Eso último lo descubrió al llegar a la sala del consejo.
Los consejeros estaban reunidos alrededor de la larga mesa de roble. Sobre ella descansaban mapas, documentos y el sello real.
Nadie se levantó cuando Isolde entró.
Lord Beaumont, el consejero más antiguo, fue el primero en hablar.
—Princesa, agradecemos que haya venido.
—Qué generosos. ¿Debo agradecerles también que hayan decidido reunirse sin mí mientras enterramos a mi familia?
El anciano apretó los labios.
—Comprendemos que atraviesa un momento difícil.
—Entonces procure no empeorarlo.
Mara, que caminaba detrás de ella, bajó la cabeza para ocultar una sonrisa nerviosa.
Isolde ocupó la silla que había pertenecido a su padre.
Nadie se atrevió a impedírselo.
—Bien —dijo—. Mi padre está muerto, mis hermanos también y, por lo que veo, ninguno de ustedes piensa perder tiempo lamentándolo. ¿Qué sucede ahora?
Lord Beaumont intercambió una mirada con los demás consejeros.
—La sucesión.
—Soy su única hija legítima.
—Precisamente.
Isolde entrecerró los ojos.
—Me temo que no comprendo el problema.
—Valenne nunca ha sido gobernado por una mujer.
—Siempre hay una primera vez.
—Una reina sin esposo podría convertirse en un peligro para la estabilidad del reino.
—¿Para el reino o para ustedes?
El consejero ignoró la pregunta.
—Necesitamos un gobernante capaz de dirigir nuestros ejércitos y negociar con las potencias vecinas.
—Puedo aprender lo que todavía no sé.
—No se trata de aprender, alteza. Se trata de experiencia.
Isolde se inclinó hacia delante.
—Entonces deberían agradecer que ninguno de ustedes esté intentando enseñarme paciencia. Porque, en ese caso, todos habrían fracasado.
Un consejero más joven se removió en su asiento.
Lord Beaumont no parecía divertido.
—Hay una solución.
Por primera vez, Isolde sintió auténtico miedo.
No a la corona.
A lo que aquellos hombres estaban dispuestos a hacer para arrebatársela.
—Escucho.
—Debe contraer matrimonio con un hombre que pueda asumir la dirección militar y política del reino.
—¿Y qué ocurriría con mi derecho al trono?
—Dependerá de las condiciones del matrimonio.
Isolde se puso de pie tan bruscamente que la silla rechinó contra el suelo.
—Mi padre apenas lleva unas horas muerto y ustedes ya están buscando a un hombre que ocupe su lugar.
—Alteza…
—No.
Apoyó las manos sobre la mesa.
—Escúchenme bien. No aceptaré que conviertan mi duelo en una oportunidad para apoderarse de mi corona. Si alguien pretende gobernar Valenne, tendrá que hacerlo con mi consentimiento.
—Entonces deberá elegir con cuidado a su esposo —respondió Beaumont—. Porque, sin una alianza poderosa, otros reinos podrían interpretar nuestra debilidad como una invitación a invadirnos.
Isolde sostuvo su mirada.
—¿Está amenazándome?
—Estoy recordándole sus responsabilidades.
La princesa permaneció en silencio.
El anciano tenía razón en una cosa.
Valenne estaba debilitado.
Sus fronteras llevaban meses bajo presión y varios nobles habían comenzado a cuestionar las decisiones de la corona.
Si se negaba a cooperar, podía perder el reino antes de tener la oportunidad de gobernarlo.
Pero si aceptaba el matrimonio que aquellos hombres le impusieran, quizá nunca llegaría a ser reina de verdad.
—¿A quién proponen? —preguntó finalmente.
Lord Beaumont abrió uno de los documentos.
Y pronunció un nombre que hizo que varios consejeros intercambiaran miradas inquietas.
—Kael de Draven.
Isolde lo conocía.
Todo el continente conocía al rey de Draven.
Había recuperado su corona durante una guerra civil, derrotando a sus propios parientes y ejecutando a quienes habían conspirado contra él.
Era un hombre temido, conocido por su disciplina militar y su escasa tolerancia hacia los errores.
También era el gobernante de un reino que llevaba años enfrentado con Valenne.
Isolde soltó una carcajada incrédula.
—¿Quieren que me case con nuestro enemigo?
—Queremos garantizar la supervivencia de Valenne.
—Entonces espero que tengan una propuesta mejor. Porque prefiero gobernar sola antes que convertirme en la esposa de un hombre que probablemente considera que una conversación con una mujer es una pérdida de tiempo.
—El rey Kael necesita una alianza —replicó Beaumont—. Y usted necesita un ejército.
Isolde volvió a sentarse.
Miró el sello de su padre, colocado sobre la mesa.
Todavía podía recordar sus manos sosteniéndolo mientras firmaba decretos. Recordaba su voz, sus consejos y la manera en que había prometido que nunca permitiría que nadie la obligara a convertirse en algo que no quería ser.
Pero su padre ya no estaba.
Y ahora tendría que decidir qué estaba dispuesta a sacrificar para conservar lo que él había dejado atrás.
—Quiero los términos completos de la propuesta —dijo.
Lord Beaumont pareció aliviado.
Demasiado pronto.
—Por supuesto, alteza.
Isolde levantó la mirada.
—Y quiero una copia de todos los documentos relacionados con las muertes de mis hermanos.
La expresión del consejero cambió apenas un instante.
Fue suficiente para que ella lo notara.
—No comprendo qué relación tiene una cosa con la otra.
—Yo tampoco. Por eso quiero investigarlo.
Nadie respondió.
Isolde recogió sus guantes negros.
—Tienen tres días para preparar la propuesta matrimonial. Después de eso, decidiré qué hacer.
Se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió una última vez.
—Y una cosa más, lord Beaumont.
—¿Sí, alteza?
—La próxima vez que decidan el futuro de mi reino, procuren invitar a su futura reina.
Salió sin esperar respuesta.
......................
Aquella noche, Isolde permaneció despierta en la habitación de su padre.
No había encendido las velas. La luz de la luna bastaba para iluminar los documentos que había encontrado dentro de uno de los cajones de su escritorio.
Entre ellos había cartas, informes militares y un mapa de las fronteras de Valenne.
Nada parecía fuera de lo normal.
Hasta que descubrió una carta sellada con el emblema de Draven.
La abrió con cuidado.
El documento era breve.
Majestad:
...La situación en la frontera no puede prolongarse. Si no encontramos una solución antes del invierno, ambos reinos pagarán las consecuencias....
...Mi consejo sigue siendo el mismo: una alianza matrimonial podría evitar una guerra....
...Kael de Draven....
Isolde leyó la carta dos veces.
La fecha correspondía a tres semanas antes de la muerte de su padre.
No era una prueba de conspiración.
Ni siquiera una amenaza.
Pero su padre había estado negociando con Kael mientras sus consejeros insistían en que ambos reinos estaban al borde de una guerra.
¿Por qué nadie se lo había contado?
Y, sobre todo, ¿por qué aquella carta estaba escondida?
Isolde la guardó dentro de su vestido.
Todavía no sabía si Kael de Draven sería su salvación o su ruina.
Pero, si quería conservar la corona, tendría que averiguarlo.
Se acercó a la ventana y contempló las torres del palacio.
Al amanecer comenzarían los preparativos para el funeral.
Después tendría que enfrentarse a los consejeros, a los nobles y a un rey al que nunca había conocido.
Un hombre que, según los rumores, no aceptaba un no por respuesta.
Isolde apoyó la frente contra el cristal frío.
—Pues tendrás que aprender, majestad —murmuró—. Porque yo no pienso ser una esposa obediente.
Y, por primera vez desde que recibió la noticia de la muerte de su padre, sonrió.
No era una sonrisa feliz.
Era la sonrisa de una mujer que acababa de comprender que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Y que no permitiría que nadie decidiera por ella cómo debía vivirla.