Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 1
El sonido de la lluvia golpeando contra los ventanales de la mansión siempre había sido mi sonido favorito, una especie de murmullo protector que aislaba al mundo exterior. Pero desde hace tres años, ese mismo sonido se convirtió en el recordatorio constante de que el refugio en el que vivía se había transformado en una celda silenciosa. Estaba sentada frente al tocador de mi habitación, sosteniendo entre los dedos un marco de plata gastada. En la fotografía, Marcos Moretti me sonreía con una calidez genuina, con esa mirada tierna y protectora que juré que me pertenecería por el resto de mi vida.
Aquel Marcos ya no existía. Había muerto o, peor aún, se había desvanecido en el momento exacto en que una maleta y una figura esbelta cruzaron la puerta principal de nuestra casa.
Cerré los ojos por un instante, permitiendo que la memoria retrocediera en el tiempo. Antes de la llegada de Mía, el mundo se reducía a nosotros dos. Marcos era implacable en los negocios de la familia, un hombre criado en el código rígido de la mafia, donde la piedad era un lujo y la lealtad lo único sagrado. Sin embargo, conmigo era diferente. Recuerdo una tarde, exactamente cuatro años atrás, cuando un rival menor intentó intimidarme en las afueras de la universidad. Marcos se enteró en cuestión de horas. No solo desmanteló por completo la pequeña célula que se atrevió a levantarme la voz, sino que vino corriendo hacia mí con el rostro marcado por la desesperación. Me abrazó con tanta fuerza que me costó respirar, temblando no de miedo, sino de pura furia contenida ante la idea de que alguien pudiera hacerme un rasguño.
«Eres mía, Elara», me había susurrado en el calor de la recámara aquella noche, besando cada centímetro de mi piel con una devoción casi sagrada. «Nadie en este maldito mundo va a tocarte jamás mientras yo respire».
Y yo le creí. Puse mi corazón, mi alma y mi futuro en sus manos, convencida de que su protección era el escudo más fuerte que existía.
Hasta que Mía apareció.
Mía era hija del segundo matrimonio de mi padre, una joven de rizos rubios y ojos de muñeca rota que sabía exactamente qué cuerda tocar para despertar la lástima y la indulgencia de los demás. Cuando su madre falleció y ella se quedó supuestamente desamparada, mi padre la trajo a vivir con nosotros. Al principio, intenté ser la hermana mayor perfecta. Le abrí las puertas de mi hogar, compartí mis espacios y sequé sus lágrimas fingidas. Pero Mía no buscaba un hogar; buscaba apoderarse de todo lo que tuviera mi nombre grabado.
El cambio en Marcos fue sutil al principio, casi imperceptible, como una gota de veneno diluida en agua pura. Comenzó con pequeñas excusas. Que si Mía se sentía sola, que si necesitaba adaptarse a la alta sociedad, que si nosotras debíamos compartir más tiempo. Marcos empezó a ceder ante sus caprichos infantiles bajo la coartada de la "compasión familiar".
—Es solo una niña desorientada, Elara —me decía él con voz fría, apartando mi mano de su brazo cuando intentaba reclamarle algo—. Ten paciencia. No seas egoísta.
Esa maldita palabra se convirtió en su mantra favorito: egoísta. Cada vez que Mía rompía algo mío, cada vez que exigía un vestido, un viaje o un espacio que me pertenecía, y yo me negaba, Marcos me miraba con una mezcla de fastidio y desdén. El hombre que antes mataría por verme sonreír ahora fruncía el ceño con molestia cada vez que me encontraba llorando en silencio en la cocina.
Recordé la semana pasada, cuando encontré mis joyas de herencia familiar en el tocador de Mía. Al pedirle explicaciones de forma educada pero firme, ella rompió en un llanto histérico, asegurando que yo se las había regalado. Y Marcos, sin escuchar una sola palabra de mi defensa, cruzó la sala a grandes zancadas y me fulminó con la mirada.
—Ya basta, Elara. Estás obsesionada con hacerle la vida imposible —me reprochó con una dureza que me atravesó el pecho como una daga envenenada—. Mía es parte de esta familia ahora, y si quiere usar tus cosas, aprendes a compartir.
Compartir. Esa era la regla que regía mi vida ahora. Todo lo que era mío por derecho, por historia y por amor, pasó a ser de Mía. Los espacios en la mesa, la atención de los pocos familiares que nos quedaban, y lo peor de todo, el cuerpo y el afecto de Marcos.
Abrí los ojos de golpe, sintiendo cómo el aire de la habitación se volvía denso, casi irrespirable. Dejé el marco de fotos sobre el tocador con un movimiento brusco, observando mi reflejo en el espejo. Mis facciones estaban tensas, marcadas por las horas de insomnio y por un dolor sordo que ya no provenía de la tristeza, sino de una semilla oscura que empezaba a germinar en lo más profundo de mi pecho. El amor profundo que sentí por Marcos durante años se estaba corrompiendo, transformándose en una masa densa de resentimiento.
Caminé hacia la cama, recordando los pocos momentos en los que el viejo Marcos lograba filtrarse a través de la muralla de hielo que había construido a su alrededor. A veces, en medio de la noche, el peso de su cuerpo sobre el mío aún buscaba la pasión de antes. Sus manos grandes y ásperas recorrían mi cintura con una urgencia febril, buscando en mi piel un escape a las tensiones de la mafia. En esos momentos, en la penumbra de las sábanas de seda, cuando su respiración se mezclaba con la mía y sus labios devoraban mi cuello con una posesividad salvaje, yo cerraba los ojos e intentaba aferrarme a la ilusión de que nada había cambiado.
«Eres mía», volvía a gruñirme al oído en el paroxismo del clímax, mordiendo mi piel con una fuerza que rozaba el dolor, mientras nuestras respiraciones colisionaban en un frenesí ardiente.
Pero en cuanto el sol cruzaba las cortinas y el calor de las sábanas se disipaba, Marcos volvía a ponerse la máscara de piedra. Me apartaba con frialdad, se ponía el traje hecho a la medida y bajaba las escaleras dispuesto a complacer cualquier capricho absurdo de Mía, dejándome a mí vacía, tirada en la cama como un trofeo del que ya no recordaba el valor.
Esa dualidad me estaba consumiendo. Él me follaba con la furia de un hombre obsesionado, pero me trataba con la indiferencia de un desconocido en el día a día. Y lo peor de todo es que yo lo permitía, aferrada a la ridícula esperanza de que el monstruo frío en el que se había convertido volviera a ser el hombre que una vez me amó.
Miré el reloj en la mesita de noche. Faltaban pocas horas para que cayera la tarde y la mansión se preparara para la cena formal donde se discutirían los últimos detalles de la boda. La boda que se supone debía consagrar mi vida junto a él. No sabía, en ese preciso momento, que el destino tenía preparada una línea roja que, una vez cruzada, destruiría cualquier rastro de piedad en mi corazón.
Marcos creía que yo era blanda, que soportaría sus desplantes y sus traiciones silenciosas por el simple hecho de estar atada a su pasado. No tenía la menor idea de que el monstruo que me estaba forjando por dentro era infinitamente más peligroso que cualquier enemigo de su organización. Y cuando descubriera el alcance de su propia estupidez, ya sería demasiado tarde para pedir clemencia.