Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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inicio
Todo comenzó con una pequeña familia en Roma. Una familia de tres personas, en la que vivía una niña llamada Isabella Mancini. Isabella era especial. Tenía una calidez que no se encontraba en cualquier persona, una sonrisa encantadora y una melena preciosa que parecía brillar con la luz del sol. Era dulce, educada y muy linda. Sus padres, Ricardo Mancini y María Vitale, la criaban con amor, enseñándole buenos modales y valores como la gentileza y el respeto.
Pero la felicidad no siempre dura para siempre.
Isabella tenía apenas tres años cuando la desgracia golpeó su puerta. Su madre falleció. ¿Cómo? Nadie lo supo con certeza. Simplemente llegó la triste noticia, inesperada, devastadora.
A tan corta edad, Isabella tuvo que enfrentarse a una realidad cruel. Perdió a la persona que más amaba en el mundo. Aunque era pequeña, el lazo con su madre había sido tan fuerte, tan profundo, que su ausencia dejó una herida imposible de ignorar.
Isabella conservaba una inocencia tan pura que no sospechó nada. En su mente solo existía un pensamiento: su madre no volvería a verla jamás…
Cada vez que quería mostrarle algo a su padre, él la ignoraba. Siempre estaba “ocupado”. Ricardo, absorto en sus propios asuntos, terminó contratando a una niñera para que cuidara de ella.
Lucía llegó a sus vidas como un rayo de luz en medio de la oscuridad. Era dulce, atenta, y trataba a Isabella como si fuera su propia hija. La pequeña le tomó un cariño inmenso; con ella volvía a sentir el calor de un abrazo materno, aunque muy dentro de su corazón sabía que no era lo mismo. El vacío que dejó su madre seguía allí, intacto… dolorosamente presente.
Los meses pasaron, y la distancia entre Isabella y su padre creció como una grieta silenciosa. Casi no hablaban. Nunca jugaron a las muñecas, nunca le compró un vestido de princesa, nunca fue una niña “normal”. Solo era una niña solitaria, encerrada en un mundo donde las risas infantiles no tenían lugar.
Un año después...
—Isabella... —una voz la llamó a lo lejos.
Era su padre. Aquella voz que no escuchaba desde hacía tanto tiempo que casi había olvidado cómo sonaba.
—¿Qué pasó? —respondió con curiosidad.
—Necesito que te arregles. Vamos a salir. Prepara una maleta con tus cosas —dijo él, sin más explicación.
Isabella se emocionó al instante. Pensó que por fin saldrían juntos, como siempre había soñado. Sin hacer preguntas, comenzó a llenar su maleta con sus pertenencias más queridas.
Su padre solía estar de viaje constantemente. Tenía dinero, mucho, pero Isabella nunca supo de dónde provenía ni en qué trabajaba. A ella eso no le importaba. Lo único que deseaba era pasar tiempo con él. Esa, pensó, era su gran oportunidad.
Mientras tanto, Lucía, su niñera, la ayudaba a peinarse. Le hizo una trenza preciosa que caía sobre su espalda como una cuerda de seda castaña. Isabella sonreía sin parar, con el corazón palpitando de ilusión.
—¿A dónde vamos, papá? —preguntó con entusiasmo.
Pero él no respondió. Solo la ignoró.
Isabella, lista con su maleta y perfectamente arreglada, bajó las escaleras con una gran sonrisa. Estaba ilusionada, muy contenta. Sentía que al fin viviría ese momento que había esperado por tanto tiempo: un viaje con su padre.
De pronto, una bocina sonó fuera de la casa. El corazón le dio un brinco.
—Isabella, vámonos —exclamó su padre con voz firme.
Al salir de la casa, Isabella vio a un hombre vestido completamente de negro esperándolos junto a un auto oscuro. Alto, serio, de mirada vigilante.
—Él es Samuel —dijo su padre sin mirarla—. Nos cuidará durante el viaje.
—Hola, Samuel —saludó Isabella con una sonrisa tímida.
Samuel solo asintió con la cabeza en silencio y abrió la puerta del auto para que subieran.
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