Jay y Gio llevan juntos tanto tiempo que ya podrían escribir un manual de matrimonio... o al menos una lista de reglas para sobrevivirlo. Casados desde hace años, su vida es una montaña rusa de momentos caóticos, peleas absurdas y risas interminables. Como alfa dominante, Gio es paciente, aunque eso no significa que siempre tenga el control y es un alfa que disfruta de alterar la paz de su pareja. Jay, por otro lado, es un omega dominante con un espíritu indomable: terco, impulsivo y con una energía que desafía cualquier intento de orden.
Su matrimonio no es perfecto, pero es suyo, y aunque a veces parezca que están al borde del desastre, siempre encuentran la forma de volver a elegirse
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### **Capítulo 1: Las Mañanas Son una Guerra**
El sonido de la alarma retumbó en la habitación, y Gio sintió que su alma abandonaba su cuerpo.
Sin abrir los ojos, estiró una mano y la apagó con un manotazo.
El silencio volvió por unos segundos.
Paz.
Pero, claro, no podía durar.
—Levántate, amor —susurró Jay a su lado, su voz todavía pastosa por el sueño.
Gio gruñó y se dio la vuelta, enterrando la cara en la almohada.
Jay rió entre dientes y, con la energía injustamente alta que tenía por las mañanas, se sentó en la cama y le sacudió el hombro.
—Gio, arriba. Es un nuevo día, una nueva oportunidad para—
—Cállate.
—Esa no es manera de hablarle a tu esposo.
—Mi esposo me despertó. Yo decido qué tono usar.
Jay rodó los ojos y, sin previo aviso, se dejó caer sobre él con todo su peso.
Gio soltó un quejido ahogado.
—¡Jay!
—Despierta o te aplasto los pulmones.
Gio suspiró pesadamente y, con esfuerzo, logró empujarlo a un lado. Jay se dejó caer de nuevo en la cama con una risita, satisfecho con su victoria.
—Odio las mañanas —murmuró Gio, frotándose los ojos.
—Y yo odio verte sufrir, pero aquí estamos —respondió Jay, dándole un beso rápido en la mejilla antes de levantarse de la cama con una energía casi ofensiva.
Gio se quedó tumbado un par de minutos más, escuchando los ruidos de Jay en la cocina. El sonido del café goteando en la cafetera y el suave tarareo de su esposo lo hicieron abrir los ojos con resignación.
No podía permitirse dormirse otra vez.
Después de un par de quejas y estiramientos innecesariamente largos, Gio logró ponerse de pie y arrastrarse hasta la cocina.
Y ahí estaba Jay.
Vestido solo con una camiseta holgada que le llegaba a medio muslo, despeinado y descalzo, sirviéndose café como si no hubiera estado fastidiándolo hace unos minutos.
Tarareaba una canción inventada, moviéndose ligeramente al ritmo de su propio desorden mental.
Gio parpadeó, todavía adormilado.
—¿Cómo logras estar tan feliz a esta hora?
Jay le lanzó una sonrisa resplandeciente.
—Porque la vida es bella y tú me amas.
Gio resopló, sentándose en la mesa con el ceño fruncido.
—Te amo, pero eso no hace la vida menos cruel.
Jay rió y le pasó una taza de café.
Gio tomó un sorbo y dejó escapar un suspiro de satisfacción.
El mundo era un lugar menos terrible después del café.
Pero entonces, algo llamó su atención.
Jay se sentó frente a él con un cuenco de cereal.
Cereal.
Gio frunció el ceño.
—¿Otra vez vas a desayunar esa basura?
Jay alzó una ceja, llevándose una cucharada a la boca.
—No es basura. Es delicioso.
—Es puro azúcar.
—Es pura felicidad.
Gio le quitó el cuenco de las manos.
—Jay.
—Gio.
—Necesitas algo con proteínas. Al menos acompáñalo con yogur o algo decente.
—No quiero algo decente. Quiero mi cereal.
Gio lo miró con desaprobación.
—No sé por qué me esfuerzo.
Jay le sacó la lengua y le arrebató el cuenco de vuelta.
—Porque en el fondo me amas así, irresponsable y adicto al azúcar.
Gio bufó, pero no discutió más. Sabía que era una pelea perdida.
Siguieron desayunando, intercambiando comentarios sobre el clima, el tráfico y el día que les esperaba en el trabajo.
Cuando llegó la hora de alistarse, la casa se convirtió en un campo de batalla.
Gio, metódico como siempre, ya tenía su ropa lista desde la noche anterior.
Jay, en cambio, sacaba y descartaba opciones del clóset como si estuviera en una pasarela de moda.
—No sé qué ponerme —se quejó, sosteniendo dos camisas prácticamente idénticas.
—Jay, es literalmente lo mismo.
—No, esta tiene un cuello un poco más abierto.
Gio revisó la hora en su reloj y se pasó una mano por la cara.
—Nos vamos en cinco minutos. Ponte algo antes de que salga solo.
Jay hizo un puchero, pero al final se decidió.
Cuando estuvieron listos, salieron juntos, como siempre.
A pesar de las peleas matutinas, el café derramado y las discusiones sobre ropa, su rutina tenía algo reconfortante. Algo que, de alguna manera, los mantenía unidos.
Y aunque Gio todavía odiaba las mañanas, sabía que al menos nunca serían aburridas con Jay a su lado.