MALDITO VIZCONDE

...O'BRIAN:...

Al entrar en el estudio el Señor Robert se posicionó tras su escritorio, pero tomó asiento.

— ¿Esto tiene algo que ver con mi hija? — Preguntó con expresión irritada — Sabía que se comportaría inadecuadamente.

— No, no es eso, la señorita no me dió problemas — Dije de inmediato y tomó aire.

No sería tan estúpido como para contarle todo lo que había provocado su hija y que eso casi termina en yo dentro de ella.

Pude imaginar la escena del Señor Robert reaccionando con furia, yo siendo echado o devuelto a los campos de sal después de muchas maldiciones y sin derecho a defenderme. No había nada que justificara lo que estaba pasando.

Mera debilidad e infortunio de empeñarme en sentir atracción por la Señorita Roguina.

Me había levantado con la sensación de su humedad y de su olor permanente en mis dedos. Incluso su boca había dejado huella en mis labios. Toda su esencia estaba en mí y seguramente yo había dejado la mía en ella.

Ninguna mujer había estado tan dispuesta a estar conmigo desde que mi hermana me quitó la belleza, pero eso no quería decir que yo tenía todo el derecho a tenerla.

No, ella era prohibida en todos los sentidos. Su padre tenía otros planes para ella, su pureza dependía de que tuviera un buen futuro. Conmigo no tendría nada de eso.

Si la señorita supiera la verdad de quién era yo y de dónde venía, me odiaría y sentiría asco de mí. Se arrepentiría de confiar en mí y antes de pasar por eso, prefería resistirme.

Jamás podría ver a la señorita con otros ojos que no fuesen los de deseo, no después de tocar ese lugar tan suave y delicado, tan deseoso de tenerme dentro.

Así que no quería arruinar el futuro de la Señorita Roguina.

Por eso había tomado la decisión de marcharme, de renunciar a aquel trabajo. No tenía a donde ir, pero si unas pocas piezas que habían quedado de mi primera paga. Con eso podría hospedarme en algún lugar mientras conseguía trabajo.

Tenía una ventaja, mi fuerza era de utilidad para trabajos pesados.

— ¿Entonces qué es?

Saqué el sobre del mi bolsillo y lo dejé sobre el escritorio.

— El investigador vino — Dije y alzó las cejas.

— ¿Qué noticias tiene?

— Dice que aún no ha dado con nada sospechoso, que los sujetos que usted mandó a investigar parecen tener una vida de rectitud, sin esconder nada — Señalé el sobre con la mirada — Me pidió que le entregara eso, son notas detalladas de todo lo que ha investigado, pero nada sin progreso.

— Es una pena, pensé que encontraría a mi atacante en uno de esos hombres, pero esto nos complica las cosas — Se quitó el sombrero — Temo que el problema que tuve también fue un ataque.

— ¿Qué? — Fruncí el ceño.

— Como lo oye, alguien alteró el cargamento de material mientras era transportado hacia mi taller y todo estaba inservible — Dijo, con frustración — Al parecer rodearon al que lo transportaban en el camino y lo obligaron a abrir las cajas para que ellos dañaran la mercancía.

—¿Y ese hombre no logró distinguir a ninguno de esos sujetos o ver su apariencia?

— Llevaban máscaras, como los hombres que me atacaron.

— Por eso necesito a usted investigando afuera, tal vez pueda hacer razonar a mi hija para que se quede en casa mientras usted y yo nos movilizamos para arrancar el problema de raíz, con su ayuda puede que esto no vuelva a pasar — Sugirió, pero no respondí.

Lo sentía mucho por el Señor Robert, pero yo ya había tomado una decisión. Además, estaba haciendo muy poco por él quedándome y aunque saliera a investigar, estaría todavía viviendo bajo el mismo techo que la señorita.

Otro hombre podría cuidar las espaldas de su hija. Yo debía irme sin importar que todo hubiera empeorado.

— Señor Robert, de hecho quería hablar con usted de otra cosa, yo...

La puerta se abrió, interrumpiendo mis palabras.

— Señor Robert, ha llegado una visita para usted — Informó el mayordomo.

— ¿De quién se trata?

— Es el Vizconde Marck Stevens, desea verlo de inmediato.

Mis hombros se tensaron y el Señor Robert no salió de su sorpresa, pero también estaba emocionado por la visita.

— De prisa, hágalo pasar — Dijo, ordenando su escritorio con rapidez.

— Señor Robert... Ese hombre...

— Estoy seguro de que al menos habrá una noticia buena éste día, el vizconde me ayudará a encontrarle esposo a mi hija — Sonrió abiertamente, siendo engañado como el propio niño ingenuo.

La puerta se abrió y ese asqueroso sujeto entró como todo un noble, altivo, con un bastón en la mano y ropas muy finas.

Maldito, ojalá hubiese quedado inservible con el rodillazo que le dí.

Quería desenmascarar a ese imbécil, pero sería más creíble si lo contara la Señorita Roguina.

El Señor Robert salió del escritorio y muy lame suelas, hizo una reverencia antes de estrechar su mano con la de él.

— Mi lord, es un honor que este en mi casa — Dijo y el viejo sonrió.

Su aparición era demasiado sospechosa, como si hubiese esperado a que el Señor Robert pusiera un pie en la mansión para aparecerse.

— Muchas gracias, Señor Robert, siempre cumplo con mi palabra, así que ya debe imaginarse porque estoy aquí — Dijo el infeliz, observando todo y caminando por el estudio con aires de grandeza.

Posó sus ojos en mí y su sonrisa se borró cuando le observé despectivamente.

— Señor Alfred — Gruñó, como saludo.

No correspondí y enrojeció de la ira.

— ¿Quiere un trago? — Le ofreció el Señor Robert.

— No gracias, lo que voy a tratar será un poco breve, pero me gustaría hablarlo en privado si no es mucha molestia — Me lanzó una indirecta — Señor Alfred ¿Tendría la cortesía de dejarnos a solas?

— ¿Es usted el dueño de la mansión? — Gruñí y se estremeció.

— Señor Alfred, por favor, déjenos a solas — Pidió el Señor Robert, avergonzado por mi falta de respeto.

Caminé directo a la salida, queriéndome quedar para evitar que ese infeliz tuviera éxito en su plan.

Pasé a un lado del vizconde.

— Maleducado, vas a tener que morder tu lengua cuando salga de aquí victorioso — Susurró y giré mis ojos hacia él, con tanta amenaza que retrocedió asustado.

Al salir del estudio, apreté mis puños y mis ganas de romperle los dientes aumentaron.

La Señorita Roguina estaba afuera, en pasillo, con rostro preocupado, apoyada de la pared, abrazándose.

Me observó y le devolví la mirada. Me percaté de que estaba llorando.

— Señorita Roguina... ¿Ese maldito le hizo algo? — Gruñí y negó con su cabeza.

— No, pero me dijo que no se iría hasta convencer a mi padre de entregarle mi mano — Sollozó y al verla, no pude evitar arrepentirme de mi decisión, no me iría, no hasta alejarla de ese vizconde y asegurarme de que no volviera nunca más a molestarla.

Imaginar indefensa a la señorita, en manos de ese baboso, siendo tocada y besada por él, mientras ella sufría, llorando y pidiendo auxilio sin que nadie pudiera salvarla me hizo querer volver al estudio para matarlo.

— Si logra convencerlo no tendré salida — Se limpió las lágrimas — Estaré casada con ese viejo asqueroso.

Negué con la cabeza y se sorprendió.

No había sido suficiente, necesitaba más de sus besos y de su piel. Incluso allí, me moría por besarla.

— Entre al estudio y dígale a su padre que ese hombre intentó abusar de usted, que lo único que desea es su mano para poder tenerla — Me acerqué un poco, animando a la señorita — Si se queda aquí, será demasiado tarde.

— Me gustaría hacerlo, pero con una condición — Dijo y fruncí el ceño.

— ¿Qué quiere decir?

— Usted debe acompañarme para que mi opinión tenga validez y no solo eso, seguiremos con lo nuestro — Propuso, alejándose de la pared y estreche mis ojos.

— ¿Y si no lo hago?

— Entonces no haré nada y me casaré con el vizconde — Elevó su barbilla, retando.

— Pensé que no se podía ser tan estúpido — Gruñí y me evaluó detenidamente — ¿En serio pretende sobornarme con eso?

— ¿Quiere que ese viejo sea el primero en tocarme? — Preguntó y resoplé — Escuche, se que suena mal pero...

— Bajo ningún concepto continuaré con esto, si quiere casarse con ese asqueroso entonces hágalo, yo no soy su juguete manipulable — La observé tan furioso que bajó su mirada — ¿Cómo puede hacer esto? Permitir que su vida se arruine solo por capricho... Obligarme a hacer lo que quiere, pasando por encima de mi decisión, es una egoísta.

— ¡No es un capricho! — Alzó su voz, derramando más lágrimas — ¡Lo único que quiero es sentir cariño o por lo menos que le importo a alguien!

— Al menos tiene a su padre.

— Dentro de poco se demostrará que tampoco le importo a él, solo quiere oro y más oro — Susurró, cerrando sus ojos por un segundo — Pero descuide, olvide lo que dije.

— Iba a renunciar — Confesé y elevó su rostro — Pero no lo hice porque llegó ese maldito vizconde y me recordó que si me voy ahora, usted quedará desprotegida y no puedo permitir eso. Así que por favor, no se ponga en bandeja de plata para ese infeliz.

— Quiero que me acompañe, por favor, solo eso pido — Dijo y me acerqué, elevé mis manos para limpiar con mis dedos sus lágrimas.

— Lo haré, pero sin llorar.

Asintió con la cabeza.

...ROGUINA:...

Mis malas ideas seguían apareciendo, pero no era un capricho, el Señor Alfred era más que eso. Me gustaba mucho y no quería que se alejara de mí, porque eso me hacía sentir muy mal y saber que había estado apunto de renunciar me estaba quemando, no quería ser la causante de su partida, pero cuando me confesó que no quería dejarme a merced del vizconde me demostró que al menos le importaba un poco.

Evitaría ese casamiento a toda costa, solo estaba buscando la forma de que el Señor Alfred volviera a estar cerca de mí, pero reaccionó de otra forma y supe que había sido mala idea.

Casarme con el vizconde implicaba una vida de sufrimiento y yo no sería tan tonta para dejar que eso pasara.

Ese asqueroso me había soltado tantas cosas repulsivas cuando el mayordomo se marchó a avisar de su llegada, que terminé aterrada y manteniendo la distancia, preparada para algún ataque, pero no pasó de las palabras.

— Ya lo verá, Señorita Roguina, usted será mi futura esposa y tendrá la dicha de disfrutar de mí todos los días, no dejaré que salga de la cama, estaré dentro de usted de todas las formas que ni se imagina — Dijo, lamiéndose los labios de forma tan repulsiva que terminé soltando un gruñido de enojo — No me importa que se enoje, así se ve más exquisita.

— ¡Maldito asqueroso, jamás me tendrá y si se atreve a tocarme voy a matarlo!

— Cuando estemos casados no podrás hacer nada para evitarlo, estarás en mi habitación, encerrada, sin poder salir, ya que todo está hecho de hierro y no hay ventanas, es que tengo una propiedad tan lejana que nadie podrá salvarte, tampoco ese amigo de tu padre.

Todo eso me había dejado aterrada, pero ver al Señor Alfred observándome de nuevo me había devuelto las agallas.

Tomé la delantera y abrí las puertas del estudio.

Mi padre dejó de hablar para observarme con irritación, pero desconcertado al ver que el Señor Alfred me acompañaba.

— ¿Qué haces aquí Roguina? Tenemos un invitado y me parece de muy mala educación entrar sin permiso — Gruñó él, al vizconde se le había borrado la sonrisa y estaba alerta ante la presencia de ambos.

— Padre, ese hombre no quiere ayudarme — Lo señalé despectivamente — Por favor...

— ¿De qué rayos hablas?

— Ese hombre...

— Oh vamos, Señorita Roguina — Me interrumpió el vizconde — No es necesario que venga a contarle a su padre, ya él sabe todo — Su forma tranquila de decirlo me alarmó y no solo a mí, el Señor Alfred también.

— ¿Qué le dijo? — Gruñí, a punto de saltar encima del maldito.

— Le conté que tuvimos una plática en la celebración — Dijo, sonriendo y observé a mi padre, él estaba observándome como si fuese hecho algo inteligente digno de admirar — El Señor Robert está al tanto del acuerdo que hicimos juntos.

— ¿De qué rayos habla? ¡Yo no hice ningún acuerdo, padre eso es mentira! — Gruñí, desesperada.

— Oh, no se preocupes, el Señor Robert no va a reprenderla — El vizconde insistió y negué con la cabeza — ¿Verdad Señor Robert?

— En lo absoluto, Roguina, de hecho me parece una excelente idea, digna de ti — Dijo él, orgulloso y me empezó a doler la cabeza, esto parecía una pesadilla.

— Yo no le di ninguna idea.

— No sea modesta, ella fue quien me abordó y me pidió que para ampliar sus negocios tuviéramos un matrimonio arreglado, claro, frente a los ojos de los demás parecerá un matrimonio normal, pero entre nosotros no habría ningún tipo de relación, de hecho podrá seguir con su misma vida, solo que el título de vizcondesa y con mi apellido... Después de que el Señor Robert tenga éxito en el mundo de la nobleza, nos separaremos.

Maldito viejo, se había adelantado a los acontecimientos.

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Comments

Francisca Miranda Garcia

Francisca Miranda Garcia

hay no puede ser pinche viejo asqueroso

2024-12-12

0

Daniel Fernando Santos

Daniel Fernando Santos

Jaaaaaa! jodete por tarada! por dejar un problema tan serio para el final!
típico de las novelas! todo un clichè!

2025-01-09

1

Jazmin Salgado Ro

Jazmin Salgado Ro

Será viejo y asqueroso pero tonto no es . y la única tonta fuiste tu al no despepitar todo lo sucedido el día de la celebración.

2025-02-13

1

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