...ROGUINA:...
Después de varios días ya no volví a cruzar palabra con el Señor Alfred y evitaba los encuentros causales, gracias a que estábamos bajo el mismo techo era casi imposible, pero al menos tampoco me dirigió la palabra.
Por suerte el sueño no se repitió y no seguí recordando aquello.
La sirvienta me había informado de la llegada de la modista. Mi vestido ya estaba listo, aunque no estaba emocionada, iría solamente por mi amiga, porque la compañía de ese guardaespaldas no sería nada grata.
Me até el cabello en un rollo alto y usé uno de mis vestidos rosa.
Bajé al salón, recordando de inmediato que el sujeto estaría allí.
Entré, pero nadie notó mi presencia debido a que estaban muy entretenidos. La modista estaba tan cerca del Señor Alfred que parecían una pareja de amantes, le ataba el lazo al cuello de su camisa.
Me percaté de que el traje que llevaba era uno de gala, de color negro, contrastando con su cabello blanco y sus ojos grises. Parecía otro hombre y me acerqué más para poder observar mejor, desde ese ángulo no podía verse su cicatriz y parecía todo un caballero respetable.
Debía aceptar que se veía guapo.
Siguieron sin notar mi presencia a pesar de que estaba a solo unos metros.
Estaban coqueteando y una extraña rabia me recorrió.
Él le sonreía y ella no dejaba de tocar su pecho, mientras hablaban. No sabía que la modista fuera tan regalada, ella si era de ese tipo, pero el muy infeliz no estaba acusándola ni nada como hizo conmigo.
Lo odiaba tanto, me sacaba de mis casillas.
Pude oír como lo invitaba a salir y él ni corto ni perezoso aceptó la idea. Le peinó el cabello con los dedos después de que se colocara unos zapatos.
Hasta que sus ojos se desviaron a mí y la modista siguió su mirada. La mujer sonrió amablemente y se acercó a saludarme, honestamente mi aprecio hacia ella estaba cambiando, ya no me parecía tan cortes, ni amable.
El idiota aprovechó para volver al biombo.
Escuché como se desvestía mientras la modista me hablaba sobre el vestido y ordenaba la ayudante mostrarme la prenda, pero yo no le presté mucha atención. No podía dejar de dirigir mi mirada hacia el biombo.
Hasta que el Señor Alfred salió y desvié mis ojos rápidamente hacia Liana. No era tan atractiva, tenía la nariz un poco grande y una voz chillona, ni hablar de que tenía nombre de enredadera de árbol.
Noté de reojo como el Señor Alfred salía del salón llevando una ropa más favorecedora para él. Pantalones negros con camisa holgada mangas largas de botones y unas botas de cuero que le llegaban hasta las pantorrillas.
Se movió con tanta rapidez, emocionado por su ropa que desgraciadamente había quedado perfecta.
— Ve a colocarte el vestido — Dijo la modista, entregando la prenda y la tomé.
Caminé detrás del biombo y empecé a desvestirme.
El vestido era de tono rojo, muy diferente al color que había elegido, de corte suelto y en la falda y ajustado en la parte superior para resaltar la cintura. El escote tenía un corte en forma de corazón, con encajes color vino en las mangas cortas que caían en mis hombros.
Necesité ayuda con los botones de la espalda y la ayudante acudió para ajustarlo.
— Le quedó hermoso, Señorita Roguina.
Salí del biombo, la modista soltó un gemido de asombro.
El Señor Alfred venía entrando y se detuvo, observándome de una forma intensa. Se me tiñeron las mejillas de nuevo, ignoré su mirada mientras caminaba y daba un giro lento, con la barbilla elevada, colocando mis manos en mi cintura.
Liana aplaudió y sonreí presumida.
— Señorita Roguina, quedó preciosa, cuidado y le quita la atención a la novia — Bromeó ella y me reí.
— No lo creo, Amanda es mucho más hermosa que yo — Dije con modestia, tomando la falta de mi vestido.
— Usted es hermosa... ¿ Qué le parece Señor Alfred? ¿Concuerda conmigo? — Le preguntó la modista y mi corazón se aceleró cuando lo observé.
Parpadeó un par de veces, sin expresión alguna, como si no hubiese nadie donde estaba yo.
— Claro — Dijo, tan cortante que apreté mis puños.
— Señorita Liana, aunque este no es el color que yo elegí — Dije y me observó apenada.
— Lo siento, pero me tomé la molestia de cambiar el color de su vestido, el que había elegido era demasiado opaco, además, el rojo combina a la perfección con su piel blanca y sus ojos azules... ¿No le molesta verdad?
— No... Me encanta tal cual.
— Me alegra tanto.
Me giré y volví a biombo para cambiarme de ropa, colgué mi vestido de mi brazo para llevarlo a la habitación, cuando salí el Señor Alfred estaba hablando con la modista, entregándole un saco con piezas.
Ella sonreía como boba en todo momento.
— Estaré en la boda, así que usted no se sentirá tan solo — Dijo y fruncí el ceño, me acerqué sin molestarme en ser discreta.
— ¿Amanda la invitó? — Pregunté y giró su atención hacia mí.
— Por supuesto, no lo había mencionado, pero fui yo quien confeccionó su vestido de bodas.
Tenía que aguantar a dos idiotas.
— Genial, entonces nos veremos allí — Dijo el Señor Alfred, con sonrisa cálida, no sabía que podía ser tan encantador — Así tendré con quien bailar en la celebración.
— Una celebración a la que no está invitado — Susurré.
— ¿Cómo? — Dijeron a unísono.
— Nada, estará muy entretenida la celebración.
— Si, será muy grata — Suspiró la modista y sonreí forzadamente — Sobretodo para usted Señorita Roguina, tendrá a muchos pretendientes después de que haga su debut.
El Señor Alfred tensó sus hombros.
— Estoy ansiosa porque así sea — Jugué con un mechón que se escapó de mi tocado — Mi anhelo es casarme con un noble.
— Espero que sea muy guapo.
¿Quién no espera eso? En realidad, la idea de casarme no era un sueño para mí, era una obligación para darle buena reputación a mi apellido y que mi padre pudiera seguir ampliando sus negocios, que mi futuro esposo fuese guapo sería de mucha ayuda, aunque sabía que la mayoría de los nobles no eran como los príncipes azules de los cuentos de hadas y menos en una región rural.
La modista se despidió después de una conversación trivial, salió del salón junto a su ayudante y los sirvientes que cargaron sus cosas.
Me dispuse a marcharme también, pero el Señor Alfred se interpuso en mi camino, retrocedí abruptamente.
— ¿Qué desea? — Pregunté, elevando mi cabeza para poder observarlo.
— No crea que no escuché lo que susurró — Estrechó sus ojos.
— Es verdad — Me encogí de hombros.
— Ser imprudente no le ayudará en nada a conseguir un esposo noble — Me observó despectivo.
— ¿Y eso a usted que le importa?
— No me importa, pero si sigue así descubrirán que no soy ningún amigo de su padre.
— ¿Y eso qué?
Soltó un chasquido — Créame, a esos aristócratas no les gustaría tratar con un hombre que está relacionado con un asesino y mucho menos comprometerse con la hija, sería muy malo para sus reputaciones intachables — Su tono era despectivo, como si no le agradara nada la gente de sangre azul — Si quiere brindarle honor a su padre, entonces finja que soy amigo de la familia y que nos llevamos de maravilla.
— ¿Cómo sabe tanto de los nobles? — Pregunté y se mantuvo serio.
— Cualquiera sabe las costumbres de esos estirados.
— Será difícil que crean que no es un asesino — Gruñí y apretó su mandíbula.
— Lo siento, aunque a muchos les moleste, no puedo cambiar mi apariencia.
Negué con la cabeza — No estoy diciendo que me moleste, es solo que la gente juzga por la apariencia...
— No hace falta que lo diga, ese es mi némesis.
Observé su cicatriz ¿Cómo se la habrá hecho? Seguramente fue luchando con otro asesino.
Desvié mis ojos a los suyos.
Sus pestañas blancas se sacudieron cuando parpadeó. Parecía sacado de algún cuento de fantasía, como si ángel hubiese tenido un hijo con una humana.
— ¿Cómo es posible? — Solté en voz alta.
— Se había tardo en preguntarme eso — Dijo, con expresión amarga.
— No... No tiene... — Tartamudeé, sintiéndome una tonta.
— Nací así — Se despeinó el cabello con los dedos.
— ¿Sus padres tenían la misma apariencia?
— No, verse así no es normal.
Me quedé en silencio, intentando comprender algo así.
— Supongo que algo salió mal — Exhaló, me quedé callada.
— Trataré de no ser tan imprudente — Dije, rodeándolo para seguir mi camino.
...****************...
— ¡Roguina, ya es hora de partir a la iglesia! — Gritó mi padre desde el vestíbulo, yo estaba en la habitación ultimando detalles de mi apariencia.
— ¡Ya voy, padre! — Grité estresada.
Busqué el brazalete en los cajones de la cómoda, después de maquillarme y peinarme. El no tener madre me había vuelto un poco independiente a la hora de arreglarme. Mi padre había contratado institutrices para que me enseñaran a maquillarme y vestirme de forma adecuada.
Me coloqué los guantes de encajes y tomé la pequeña bolsa que había elegido para llevar mis pertenencias.
Salí de la habitación y bajé las escaleras.
Mi padre elevó su mirada, al verme descender. Llevaba un traje azul marino y tenía el cabello peinado hacia atrás, sonrió de oreja a oreja, ofreciendo su mano cuando posé mis zapatillas en la alfombra.
— Estás muy hermosa, Roguina — Me halagó.
— Muchas gracias, padre, creo que conseguirás una esposa, te ves radiante.
— No, estoy como siempre — Dijo, tan modesto que me reí.
A su lado estaba el Señor Alfred, con su traje, pero no llevaba el lazo que correspondía en el cuello.
Su cabello estaba peinado a un lado.
Me saludó, inclinando su cabeza.
— Ya podemos partir ¿No falta nada? Verdad.
— No padre... Aunque, el Señor Alfred no tiene lazo — Me atreví y se tensó.
— Es muy cierto, no puede ir a la celebración sin el lazo — Concordó mi padre.
— Tuve problemas con esa cosa, así que decidí no llevarla — Gruñó, un poco incómodo.
— Es parte de las normas llevarla... Traiga el lazo, Roguina le ayudará, ella siempre me ayuda cuando no tengo paciencia — Dijo mi padre y me tensé.
— No, no es necesario — Cortó él.
— Llamará más atención si no la lleva.
Al final accedió, alejándose por el pasillo, con un caminar varonil que me dejó distraída por unos segundos.
Volvió con el lazo colgando de la mano y me sentí nerviosa cuando me tendió la cinta.
— Roguina es más rápida que yo, a mí me toma una hora.
Me posicioné frente a él y tomé la cinta, me temblaban las manos, pero lo disimulé mientras elevaba mi vista a su cuello.
Observó a otra parte cuando estiré mis brazos y estiré el cuello de la camisa hacia arriba, para rodear con la cinta.
Su garganta se agitó cuando tragó.
Eso provocó que me recorriera una sensación en mi estómago, pesada.
Me concentré en acomodar el lazo, atando con cuidado, sin presionar tan fuerte. Hice el nudo y el calor me recorrió el rostro cuando sentí el peso de su mirada.
Deslicé mis dedos por la tela de su camisa, doblando de nuevo alrededor del lazo.
Sin querer rocé la piel de su nuca, un pequeño estremecimiento le recorrió.
Me separé rápidamente cuando terminé y me agradeció con tono seco.
Nos dirigimos al carruaje y al entrar me senté al lado de mi padre.
El Señor Alfred tomó el asiento frente a nosotros.
Salimos de la mansión y observé por la ventana, evitando posar mis ojos hacia el empleado de mi padre.
— En la celebración habrá algunos de mis socios, se los presentaré — Mi padre cortó el silencio — Es muy probable que también estén los demás comerciantes que rechacé.
— Estaré atento.
— ¿Lleva sus armas?
La pregunta de mi padre me hizo observar hacia el Señor Alfred.
Él abrió su chaqueta, relevando unas dagas escondidas en su cinturón.
Tragué con fuerza, su cuerpo musculoso era extraordinario, la forma en el que traje marcaba sus hombros y su pecho era atrayente. Ni pensar en los muslos, al estar sentado resaltaban más.
El sueño vino a mi mente y tragué con fuerza cuando aquella calidez surgió entre mis piernas.
Aparté mi mirada cuando se percató de que lo estaba observando.
— Las escondió muy bien.
— ¿No van a atacar a nadie? ¿Verdad? — Pregunté, nerviosa.
— No, es en caso de emergencia, tu disfruta de tus amigas y de la celebración.
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Comments
Josmary Casanova
Roguina es un nombre espantoso la verdad espero q obrian no quede con esa niñita estupida. De verdad me cae mejor la modista
2025-03-17
0
Delfina Sánchez
Siii, todas las novelas de la saga son hermosas!! 😃 felicidades autora 🎉
2025-03-06
0
Margarita Acuña Cerda
Autora tu saga colores es espectacular, cada una de tus novelas son maravillosas
2024-12-21
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