...ROGUINA:...
El Señor Alfred tenía la costumbre de tomarme por sorpresa, cuando menos me lo esperaba hacía algo y terminaba atrapando mi cuerpo.
Sentir toda su masculinidad detrás de mí era apoteósico. Estaba sufriendo sensaciones alucinantes que estremecían todo mi ser, elevándolo hacia el cielo. Sus manos recorrieron mi figura y una ola de calor se extendió entre mis piernas cuando frotó mis costillas. Más cuando ahuecó mis senos, sosteniendo como cuencas.
Arqueé mi cuerpo y apoyé mi cabeza de su pecho.
Sentí su respiración en mi cuello y lo observé, con el corazón haciendo eco hasta en mis oídos. Su boca se acercó a la mía, pero antes de que me besara me giré como pude. Necesitaba sentirlo frente a mí, todo su calor.
Apoyé mis manos de su pecho.
— Me está volviendo loco, mi chiquilla — Su voz me estremeció, acerqué mi rostro al suyo.
Posó sus labios en los míos, los dejó quietos por unos segundos y luego los deslizó con suavidad, con toques lentos y pequeños.
Me desesperé un poco e intenté besarlo con más rapidez. Me tomó suavemente del cuello para apartarme.
— Con calma, mi boca no va a desaparecer — Se burló, me sonrojé, sintiéndome torpe y tonta por querer hacer algo en lo que era inexperta.
— Lo siento, es que las sensaciones me dominan... Soy una torpe.
— No lo es, no se sienta mal — Posó sus manos en mis mejillas y lo observé a los ojos — No se preocupe, le enseñaré como hacerlo.
Volvió a besarme y ésta vez dejé que me guiara, atrapó mis labios, succionando suavemente y acariciando con delicadeza.
Lo hice de la misma forma o lo intenté.
Tomé esos labios con los míos, suaves y carnosos.
Profundizó, abriendo mi boca y le permití saborearla. Deslizó su lengua en el interior y ahogué un gemido, pegando mi cuerpo al suyo. Siendo consciente de que su masculinidad se sentía más fuerte y prominente contra mi abdomen.
Mi lengua se aproximó tímidamente a la suya y cuando dió un toque perdió todo el control.
Sus manos se movieron por mis hombros mientras que las mías separaron su bata un poco para tocar su piel, la sensación de sus músculos era como de hierro forrado en terciopelo.
Toqué sus pectorales y bajé hacia su abdomen.
Se apartó, jadeando con tanta fuerza.
Me percaté de que mi bata se había deshecho, cayendo hacia el cielo y revelando mi blusón delicado.
Sus ojos recorrían cada parte de mí.
Bajé mi mirada por su cuerpo, la fina tela no podía ocultar el enorme bulto que se elevaba hasta mí.
Volvió a besarme mientras sus manos recorrían hasta mi trasero.
Deslizó su boca por mi cuello y me estremecí cuando sus dedos entraron por debajo del blusón y no llevaba nada allí. Tocó la piel de mis muslos, pero adelante había tal dolor que necesitaba aliviar.
Como si leyera mis pensamientos desvió una mano mientras me mordía el cuello y no pude contener el gemido cuando sus dedos se posaron en mi feminidad.
Sus dientes mordieron delicadamente mi cuello.
— Está tan deseosa que me empapa los dedos.
— Siempre estoy así hasta con pensar en usted — Confesé, sosteniendo sus hombros para no caer.
Soltó un gruñido, acariciando lento y pausado, demasiado para soportarlo, las olas pesadas de placer me recorrieron con deliciosa agonía.
— ¡Señorita Roguina!
El Señor Alfred se separó de golpe de mí y todo el pánico se apoderó de mí cuando me giré hacia la puerta.
Había olvidado que estaba entre abierta y la luz de un candelabro estaba aproximándose, alumbrando el interior de mi habitación.
Observé hacia el Señor Alfred, pero me sorprendí al no hallarlo por ninguna parte cuando una de las sirvientas entró a la habitación.
Recogí rápidamente mi bata y me la coloqué.
Me quedé de pie, tratando de calmar mi respiración agitada y el calor en mis mejillas.
— ¿Qué hace usted aquí? — Pregunté.
— Lo siento Señorita Roguina, pero escuché ruido y al encontrar la puerta abierta me preocupe — La sirvienta llevaba sus ropas de cama e iluminó más la habitación cuando se aproximó.
Los nervios se me dispararon, con miedo a que se diera cuenta de la presencia del Señor Alfred.
— ¿Por qué está afuera de la cama y por qué está la puerta abierta? — Preguntó, observándome detenidamente.
— Es que había un insecto y me estaba deshaciendo de él, hasta abrí la puerta para que se saliera — Dije, con expresión neutral, tratando de no parecer nerviosa.
Se quedó un momento pensativa, observando todo como si pudiera oler al Señor Alfred.
— ¿Logró dar con el insecto?
— Si, ya me ocupe de eso — Me senté en la cama, haciendo ademán de acostarme — Ya puede volver a dormir, estoy bien.
— Espero que no la moleste otro insecto, buenas noches Señorita Roguina, es mejor que no vuelva a dejar la puerta abierta porque alguien podría entrar sin su permiso — Me aconsejó, caminando de vuelta hacia la salida — Gracias al cielo que fui yo y no el asesino que contrató su padre.
— Lo tomaré en cuenta, buenas noches.
Cerró la puerta y solté una larga respiración, tan aliviada.
Me levanté de nuevo y observé a todas partes. Incluso me agaché para ojear debajo de la cama.
El Señor Alfred salió de detrás de la cortina, pegándome un pequeño susto. Ni siquiera yo me había percatado de donde estaba escondido.
Se acomodó la bata y me acerqué a él.
— Afortunadamente no nos descubrió — Dije mientras intentaba besarlo, pero se apartó.
Fruncí el ceño, su expresión había cambiado, ya no tenía el deseo escrito en sus ojos, sino la firmeza y la seriedad.
— Será mejor que me vaya.
— ¿Por qué? — Me desilusioné.
— ¿Es en serio? — Gruñó, poniendo los ojos en blanco — Todavía lo pregunta. Casi nos descubren.
— Pero no lo hicieron, tendremos más cuidado para que nadie vuelva a interrumpir — Dije, tomando sus manos, pero se zafó.
— Definitivamente, usted no mide peligros.
— Es una simple sirvienta...
— Una simple sirvienta que no tendrá contemplaciones si nos llega a descubrir, irá directo a contarle a su padre... Por la forma en que habló no apelará por mí.
— No nos descubrió...
— Esto debe parar — Se alejó y fruncí el ceño.
— ¿Qué quiere decir?
— No continuaré con ésta locura — Me observó de forma severa — Debemos mantener la distancia.
— Le recuerdo que usted fue en ésta oportunidad quien rompió la distancia — Gruñí, completamente en desacuerdo — Yo no lo estaba obligando a besarme y a tocarme.
Resopló y se despeinó el cabello.
— No me busque cuando estemos a solas, por su bien y el mío, manténgase lejos de mí — Gruñó, caminando hacia la puerta y saliendo por ella antes de que pudiera detenerlo.
Solté un gruñido de enojo antes de dejarme caer en la cama.
...****************...
A la mañana siguiente me desperté tarde, de hecho fue la sirvienta quien me levantó y me trajo el desayuno.
Tomé un baño antes de comer.
Intenté no pensar en lo sucedido de anoche, pero fallé. Todo había sido mágico e intenso, pero la presencia de la sirvienta lo había arruinado, de no ser así, el Señor Alfred no hubiera vuelto a tomar su determinación de resistirse a lo que nos sucedía.
Bajé al vestíbulo, directo a la biblioteca, pero no encontré al Señor Alfred, decidí buscarlo en el comedor, tampoco dí con él. La sirvientas ya estaban recogiendo las sobras y el plato sucio.
No había ni señal de él, pero decidí esperar encontrarlo por casualidad, aunque si su decisión estaba tomada no podía contradecirlo.
Al menos me había permitido experimentar los besos y un poco de las caricias, pero no me parecía suficiente, necesitaba más y cuando lo recordaba, me desesperaba.
Salí al jardín para tomar aire y me senté en uno de los bancos.
Alguien estaba llegando, del otro lado del ruido se oían los caballos tirando de un carruaje.
Los sirvientes abrieron las rejas y el carruaje entró en el patio.
Me levanté cuando supe que era mi padre, quien había vuelto de su viaje y me aproximé a saludarlo.
Él bajó del carruaje, con su sombrero y una valija en su mano.
— Padre, has vuelto.
Me observó y se acercó para abrazarme.
— Roguina, te extrañé mucho.
— ¿Cómo te ha ido? — Tomé su brazo.
— Muy bien, todo solucionado ¿Tú cómo te has portado?
— Mejor, imposible.
Caminamos con los brazos entrelazados hacia las escaleras.
— ¿Estás segura de eso?
— Por supuesto, padre — Gruñí ofendida.
— ¿Le diste muchos problemas al Señor Alfred? — Estrechó sus ojos.
— Claro que no.
"Le había dado tantos problemas que terminamos besándonos en mi habitación"
— Bueno, ya le preguntaré personalmente y más te vale no estar mintiendo — Agitó su dedo en advertencia.
— Ay, te dirá lo mismo, me porté muy bien.
"Tanto que lo estaba enloqueciendo"
Entramos en la mansión y para mi sorpresa, el Señor Alfred estaba en el vestíbulo, con sus ropas al estilo de Floris, muy bien peinado y pulcro.
Mi corazón se aceleró con su presencia y me sentí nerviosa, así que solté el brazo de mi padre para que no se diera cuenta.
— Señor Robert, bienvenido de vuelta, espero que le haya ido bien — Dijo, inclinando su cabeza, pero no me observó ni una sola vez.
— Gracias Señor Alfred, me fue muy bien, por suerte pude solucionar el problema.
— Me gustaría hablar con usted en privado — El Señor Alfred lo dijo con tanta seriedad que me preocupé.
Mi padre también se desconcertó.
— Claro, por supuesto.
Me quedé en el vestíbulo, después de que mi padre le dejara la valija al mayordomo y se alejara junto con el Señor Alfred.
Él había ignorado por completo mi presencia y eso me dejó una sensación amarga.
¿Y si esa conversación tenía algo que ver conmigo y con lo que estaba pasando entre ambos? ¿Si renunciaba?
Me llené de pánico y quise ir a escuchar detrás de la pared, pero en ese momento la puerta volvió a sonar.
El mayordomo abrió y como si hubiese olido el regreso de mi padre, el vizconde entró con aires de grandeza, sonriendo ampliamente mientras posaba su mirada en mí.
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Comments
Francisca Miranda Garcia
pues que caliente está parejita
2024-12-12
0
Delfina Sánchez
Que horror de hombre ese tal vizconde /Smug//Smug/
2025-03-08
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Jazmin Salgado Ro
jajajaja cuando tú vas el ya se vino 🤣🤣🤣
2025-02-13
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