...O'BRIAN:...
Las risas de esas señoritas se oían por el pasillo después de que terminara mi entrenamiento. Me asomé al salón, comprobando que las tres seguían reunidas, sentadas en los sillones mientras hablaban sin parar. Las amigas de Roguina eran iguales o peor de dementes que ella, todas idénticas, formando un alboroto, haciendo parecer que había mucha gente en la mansión.
La puerta de afuera fue tocada y me alejé del umbral del salón. ¿El Señor Robert había vuelto? De ser él habría usado la llave para entrar directamente.
Me acerqué al vestíbulo cuando el mayordomo estaba abriendo la puerta, el hombre que entró era un desconocido, con capa y ropas sueltas típicas de Hilaria, un poco mayor y de piel bronceada.
— ¿Se encuentra el Señor Robert?
— No, está de viaje ¿Quién es usted? Le puedo dejar un recado de su parte — Dijo el mayordomo.
— Disculpe, el Señor Robert no está, pero él me a autorizado atender cualquier visita — Me acerqué y el hombre desvió su mirada hacia mí — ¿Es usted el investigador que contrató?
— ¿Quién es usted?
— Trabajo para el Señor Robert, soy el Alfred.
— Mi nombre es Mauricio Linar, soy el investigador.
— Pasemos a la biblioteca, temo que el salón está ocupado — Dije y se mostró un poco desconfiado, pero asintió con la cabeza.
El mayordomo me observó con desaprobación, disgustado con mi comportamiento, tal vez creyendo que me estaba tomando demasiada confianza y que me creía el señor de la casa, pero yo solo estaba cumpliendo las órdenes del Señor Robert.
Guié al hombre a la biblioteca.
Observó las armas con las cejas alzadas, pero se apresuró a tomar el banco junto a la mesa.
— Me gustaría saber que clase de trabajo lleva a cabo.
— Soy guardaespaldas, cuido de la seguridad de la hija del Señor Robert y estoy al tanto de la investigación — Dije, acercándome — Fui yo quien le dió la idea de vigilar a los hombres que rechazó en los negocios y a sus socios.
— Entiendo... Señor Alfred, no tengo noticias prometedoras, los hombres que e investigado y seguido, llevan vidas ordinarias, ninguno esconde nada que sea sospechoso — Dijo, cruzando sus brazos — Me hubiese gustado que el Señor Robert estuviese presente, para saber si desea que los siga investigando o que busque por otra parte.
— ¿Está seguro de qué no hay nada sospechoso?
— Completamente, lo más sucio que he encontrado en uno de ellos, es la existencia de una amante y eso no es relevante.
Me froté la barbilla.
— Investigue al Vizconde Marck Stevens.
Frunció el ceño — ¿Qué tiene que ver ese noble en todo esto?
— Es sospechoso, recientemente amenazó a la hija del Señor Robert, pretende pedir su mano, pero sus intenciones no son buenas.
— Pienso que eso no es suficiente para que sea sospechoso...
— Le digo que atacó a la Señorita Roguina, eso lo hace sospechoso, investigue a ese sujeto — Dije, un poco impaciente.
— ¿El Señor Robert está al tanto de ese ataque?
— Eso es lo de menos, él le seguirá pagando, investigue a ese individuo.
— El Señor Robert debe estar al tanto de esto, traje detalles de mi espionaje en ésta carta — Sacó una carta de su bolsillo y la colocó sobre la mesa — Debe entregársela.
— Claro, lo haré.
Se levantó para marcharse y lo guié a la salida.
— Volveré cuando tenga más noticias — Dijo mientras salía por la puerta.
El mayordomo cerró la puerta con expresión curiosa, pero se alejó cuando se percató de mi mirada.
Me marché a la habitación para tomar un baño, apestaba a sudor.
En el almuerzo encontré a Roguina con sus amigas, sentadas en la mesa comiendo y hablando sin parar como cotorras.
Al acercarme guardaron silencio.
— Sigan conversando con confianza.
Las observé de forma amable mientras me sentaba en mi puesto habitual.
— Señor Alfred ¿Usted es mayor? — Preguntó la Señorita Daila, morena de cabellos miel.
— Daila, esa no es una pregunta apropiada — La Señorita Roguina le dirigió una mirada de advertencia.
Ella había hecho la misma pregunta.
— No me ofende — Dije, picando la carne — ¿Cómo cuánto creen que tengo? — Me erguí para que ambas amigas me observaran.
— Se ve muy conservado, pienso que tiene cuarenta, pero por el cabello — Dijo la Señorita Marta, ella en cambio tenía el cabello de tono rubio y Roguina frunció el ceño.
Me reí — No pensé que luciera tan viejo.
Ella se sonrojó, muy apenada — Lo siento, no quise ser tan imprudente.
— No se preocupe.
— Eres una tonta — Gruñó la Señorita Daila — Es obvio que no llega a esa edad, tiene treinta y seis.
— De hecho tiene treinta y cinco, ninguna acertó — Gruñó la Señorita Roguina, bastante ofendida, como si se lo hubiesen dicho a ella.
— ¡Aah! — Pronunciaron al mismo tiempo.
— Mi cabello es así desde que nací — Confesé y ambas alzaron sus cejas.
— Es increíble — Susurró Daila, atónita — Me gustaría haber nacido con un color diferente de cabello, fuera de lo común, como un azul o rosa, violeta también e incluso verde.
— Esos colores no son naturales, quedarías como una bufona — Rió Marta y ella estrechó sus ojos.
— Solo a ustedes se le ocurren esas tonterías — Gruñó la Señorita Roguina, comportándose.
Como si no hubiera hecho travesuras en mi presencia.
— No finjas que eres muy educada solo porque está el Señor Alfred, eres peor que nosotras — La desmintió Daila y ella tomó una semilla de calabaza tostada para lanzarla a su amiga.
La chica pegó un pequeño grito.
— ¿Se da cuenta del comportamiento irrespetuoso de éstas señoritas? — Marta me observó avergonzada — Me hacen pasar tanta vergüenza.
— Vergüenza habría de darte a ti por llamar anciano al Señor Alfred — La Señorita Daila le aventó una semilla también.
Me concentré en mi comida cuando empezaron a hablar como cotorras nuevamente.
...****************...
Desperté, pero no por el sonido del reloj, sino por el golpe de la puerta.
Me levanté, preguntándome que hora era, poniéndome un albornoz cuando recordé que estaba desnudo.
El toque en la puerta volvió a sonar y me apresuré, abriendo solo un poco con desconfianza.
Me sorprendió hallar a la Señorita Roguina de pie, despeinada, envuelta en una bata y un camisón.
— ¿Qué hace usted aquí? — Susurré espantado.
— Necesito su ayuda — Murmuró con rostro de pánico.
No abrí la puerta, me mantuve observándola por la abertura con los ojos estrechados.
— No voy a caer en otra de sus artimañas.
— No es una artimaña, Señor Alfred, se lo juro.
— ¿Cuál es la razón de su presencia aquí? — Exigí.
— Es que hay una araña en mi cama y necesito que usted la mate antes de que se escape, no podré dormir en toda la noche si no me ayuda — Jadeó, con expresión suplicante.
— ¿Ese es todo el problema? — Resoplé — ¿Por un pobre insecto indefenso viene a despertarme?
Soltó un gruñido — No es nada indefenso, es enorme y peluda, me puede picar... Por favor, venga conmigo.
— No soportaré otra de sus artimañas, le advierto... Ya no puede engañarme.
— No es un engaño, venga de prisa, antes de que escape — Susurró, dando pequeños brincos.
Accedí, saliendo de la habitación sin hacer ruido, acompañé a la Señorita Roguina hacia el segundo piso.
Abrió la puerta de sus aposentos y ondeó su mano para darme permiso de entrar.
Caminé dentro y el olor femenino me llegó a la nariz. La habitación tenía muchos colores crema, rosados y violetas. Todo era delicado, incluso los sillones, la cómoda y la cama, con sábanas floreadas y cojines con formas de corazón.
Se detuvo a un lado de la cama y señaló las mantas.
Seguí su mirada, dando con la intrusa.
Una tarantula negra permanecía quieta allí.
Contuve una carcajada ante la expresión de pánico de la Señorita Roguina.
— Mate esa cosa o voy a sufrir un trauma — Suplicó.
Me acerqué mientras soltaba una risa pequeña y me arrodillé sobre la cama.
Tomé la araña entre mis manos y ella se apartó bruscamente.
— Abra la ventana — Le ordené, con el animal atrapado entro mis manos.
— ¿No la matará?
— No, la pobre no tiene la culpa de asustarla, merece vivir — Dije, caminando hacia la ventana — Abra la ventana o la voy a liberar en el suelo.
— ¿No sería tan malvado? — Jadeó y alcé una ceja.
No necesitó de una respuesta para apresurarse, apartó las cortinas y abrió la ventana.
Me acerqué y saqué mis brazos.
Abrí mis manos, la araña extendió una telaraña y descendió hasta el jardín.
La Señorita Roguina cerró la puerta cuando me alejé.
— ¿Y si vuelve?
— No volverá, quédese tranquila — Dije, con ganas de reír.
— Tendré pesadillas, casi pego un grito en el suelo cuando la hallé en mi cama.
— Tan exagerada — Me burlé y se cruzó de brazos.
— Es usted un desconsiderado.
— Una araña no puede hacerle daño.
— De solo imaginar que se sube a mi cuerpo y camina sobre mí, me da escalofríos — Se abrazó — Y usted lo minimiza.
— Deje de ser tan dramática.
Gruñó caminando hacia la cama.
— Ya puede largarse.
— Usted es una malagradecida.
— Si le parece una pequeñez, no tengo porque agradecer.
Apartó la manta a un lado y los cojines.
Me acerqué por detrás.
La tomé de las caderas, todo su cuerpo se tensó ante el toque.
Presioné mi cuerpo contra su espalda.
Empezó a respirar con dificultad, se me endureció de inmediato al sentir su olor y su calidez.
Apoyó su cabeza de mi pecho y envolví su abdomen con mis brazos. Empezó a temblar, intentando girarse, pero la sostuve firme y moví mis manos por sus costillas.
Se arqueó, inclinando su cabeza a un lado para observarme. Se mordió los labios y aferró sus dedos a mis brazos.
Elevé mis manos un poco más, ahuecando la parte inferior de sus senos.
Froté y ahogó un gemido.
Debería mandar al diablo todo, necesitaba sucumbir y dejarme llevar por mis emociones.
Cerró sus ojos e incliné mi cabeza para besarla.
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Comments
Delfina Sánchez
Hay que emoción!! amo a O'Brian
2025-03-08
0
Mel G.
Lo que me gusta de esta protagonista es que ella está tomando la iniciativa, le gusta el hombre y lo quiere para ella
2024-11-30
3
Lesly Argumelo
facinante la historia
2024-11-19
0