...ROGUINA:...
Amanda estaba muy hermosa y feliz por su matrimonio, había tocado con suerte, su esposo era muy bien parecido y joven. Nos reunimos en la celebración para conversar, allí estaba Daila hija de un conde y Marta, hija de un socio de mi padre, a ellas dos las conocí en la primera celebración a la que asistí y desde ese día éramos amigas.
Amanda tenía el primer lugar, ya que la conocía desde niña y sabíamos todo de nosotras.
El vestido que le había confeccionado la modista era de falda acampanada y mangas infladas, con un velo largo que caía detrás de su cabeza. No me gustó en lo absoluto, pero no criticaría a mi amiga, así que la elogié.
— Ahora faltamos nosotras por casarnos — Dijo Marta, con emoción.
— Si, creo que la siguiente será Roguina — Me señaló Daila.
— ¿Yo? No lo creo, estoy en total desventaja, a mi parecer serás tú, tienes sangre noble — La observé y se rió.
— Pero soy demasiado pequeña y eso no le gusta a los hombres... Roguina, eres muy hermosa, te aseguro que uno de estos caballeros están interesados en ti — Observó las personas de la celebración.
La mayoría eran hombres mayores o demasiado jóvenes. Las otras dos se rieron debido a eso.
— No tengo prisa — Me encogí de hombros.
— ¿Tu padre sigue insistiendo en qué te cases con un noble? — Preguntó Amanda.
— Si, lo necesita para avanzar en el mundo de los negocios.
— Los padres siempre tomando decisiones por nosotros — Gruñó Daila y Marta le dió con el codo en el costado — ¿Qué? Es cierto — Señaló hacia donde estaba mi padre y guié mis ojos hacia allá — Seguramente te casará con ese anciano gordo.
— ¿Quién es ese?
— Es el Vizconde Marck Stevens — Dijo Amanda, con rostro asqueado — Recientemente enviudó y seguramente está buscando reemplazo a su difunta esposa.
— Es un anciano, mi padre no está tan desesperado como para darle mi mano — Resoplé, sintiendo asco de tener a ese decrépito como esposo.
— Pero es un noble y está observando hacia acá... No me gusta como ve a las jovencitas — Marta se estremeció, disimulé, apartando mi mirada — Roguina ¿No te da un poco miedo que ese noble éste conversando con tu padre?
— En absoluto, eso no quiere decir que me este vendiendo a ese anciano.
— Eso espero, sería una auténtica desgracia.
— Descuida, si tu padre te vende, yo te salvo, te refugiarás en mi casa — Se ofreció Daila.
— No creo que a tus padres les agrade.
— Ya no las arreglaremos.
— Hablan como si ya fuese un hecho, dejen de llamar la mala suerte — Advirtió Amanda y nos reímos.
— Ya no formas parte de club de jovencitas solteronas — Bromeé y frunció el ceño.
— Pero sigo siendo su amiga, así que me interesa su futuro.
Bebió de su copa.
El anciano se alejó de mi padre, pero lo ignoré completamente cuando pasó cerca de mí. Sentí su mirada llenarme de incomodidad.
— Roguina, desde hace rato que queríamos preguntar — Marta cortó el silencio nuevamente, observando hacia donde mi padre se hallaba con el Señor Alfred — ¿Quién es el hombre que acompaña a tu padre?
— Da mucho miedo — Daila abrió sus ojos como platos — Tiene una apariencia sobrenatural.
— Solo es uno de sus socios, un amigo, vino a pasar una temporada en la mansión — Me encogí de hombros.
Marta se cubrió la boca, espantada.
— ¿Y no te da miedo que este bajo el mismo techo?
Hice un gesto de desacuerdo — No ¿Por qué habría de darme miedo?
— Tiene una fea cicatriz y esa apariencia de fantasma, parece todo un psicópata — Jadeó Daila y las demás concordaron.
— El Señor Alfred no es lo que aparenta.
— Ah, no ¿Cómo es? — Amanda me observó detenidamente.
— Si es reservado y callado... Her... — Me callé y se me sonrojaron las mejillas.
Mis amigas se rieron.
— ¿Te gusta? — Soltó Daila.
— ¡Ni hablar, no me gusta para nada! — Gruñí bruscamente.
— Yo creo que sí — Se rieron y fruncí el ceño.
— ¡No, no lo conozco y...
No conocía nada de ese hombre, solo su nombre y su oficio de asesino. Del resto era todo un misterio, pero de lo que no me quedaba duda es que no era de Hilaria.
— Es un alivio, tendrías muy mal gusto si fuera el caso — Se burló Marta y fruncí el ceño.
— Prefiero a qué te cases con el anciano — Se rió Daila y las otras la observaron con desaprobación.
— Nada es peor que ese anciano asqueroso — Gruñó Amanda.
¿Por qué tanto desprecio? El Señor Alfred no tenía la culpa de ser diferente, no tenían derecho a juzgarlo. Ellas parecían estar ciegas, a mí me parecía el hombre más guapo que había visto en mi vida.
¿Qué? ¿En serio pienso así?
— Al parecer la modista comparte el mismo mal gusto — Se rió Amanda, observando hacia la pista de baile.
Seguí su mirada, la modista iba del brazo del Señor Alfred, lo peor es que el infeliz se encontró con mi mirada, no me molesté en ser discreta, pero ignoró que lo estuviera observando.
Ambos se detuvieron en la pista de baile, empezaron a bailar muy cerca del otro. No sabía que aquel asesino bailara tan bien, sus pasos eran elegantes y fluidos, con gracia de bailarín de ballet.
¿Un asesino bailando como todo un lord?
El enojo me brotó como espuma, retirando toda idea positiva de ese idiota. Sus labios se movían cerca del otro y se dedicaron muchas sonrisas.
— El amigo de tu padre baila muy bien — Daila elevó sus cejas — Al menos tiene algo a favor!
— ¡Ese idiota no tiene nada positivo! — Gruñí y alzaron las cejas.
— ¿Y ese ataque ira? ¿Qué rayos te sucede?
— Hace nada estabas defendiendo al hombre y ahora lo llamas idiota — Marta sonrió con insinuación.
— Me dió hambre, voy por un aperitivo — Corté, alejándome antes de que empezaran las burlas.
Me acerqué a la mesa y llené un pequeño plato de delicias.
Comí allí, pero mis ojos no dejaban de observar hacia la pista.
"Descarada modista, lo observa como toda una fácil y él corresponde a todas sus atenciones"
— Qué mal gusto tiene ese idiota — Susurré, queriendo aventarle un pastelillo a la cabeza, con ese cabello blanco le iba a quedar una bonita mancha visible.
Le dió un giro a la modista y la sostuvo por la cintura.
Así me había tomado a mí cuando me atrapó, pero para él yo era una niña infantil, no una mujer como la modista.
La piel de su mejilla se había sentido tan rasposa, pero muy varonil.
— Usted es una comelona — Alguien susurro detrás de mí, me giré, dispuesta a mandar al excremento al metiche.
Era un hombre joven, bronceado y de cabello casi rapado.
— ¿Quién es usted?
— Soy Arias, primo de Amanda ¿Eres su amiga?
Dejé el plato en la mesa.
— Lo soy, Roguina Leian.
Hizo una reverencia — Mucho gusto, Señorita Roguina.
— Igualmente — Sonreí.
— ¿Le gustaría bailar? — Preguntó, aquel caballero no era un noble, pero de alguna manera me gustó la idea.
— Claro, me encantaría.
Me tendió su mano y la tomé.
Caminamos hacia la pista, me posicioné frente a él, elevó nuestras manos y posó una mano en mi cintura.
Coloqué mi mano libre en su hombro y empezamos a danzar.
— Dígame ¿Cómo se enteró que soy amiga de Amanda?
— Las observé conversando — Dijo, tenía los ojos oscuros, su mirada no era pesada, sino agradable — Y ella estuvo hablando mucho de ti durante la cena de ayer.
— ¿En serio? Espero que no haya sido para mal.
— En lo absoluto, dijo que usted era su mejor amiga y que era una señorita muy divertida.
— Eso si lo creo — Dije, mientras me giraba y volvíamos a quedar uno frente al otro.
— Soy de la parte llana de Hilaria.
— Ah, interesante lugar, he oído que hay muchas haciendas.
— Si, mis padres tienen una hacienda de reces... Pero lamentablemente allí no hay muchas aspiraciones de las que yo deseo alcanzar.
— ¿Cuáles son esas aspiraciones?
— Quiero estudiar medicina y casarme — Confesó y alcé mis cejas — Necesito a una Señorita de sangre noble para tener más posibilidades.
— Conozco a una que le encantará, es otra de las amigas de Amanda, la Señorita Daila.
— La conozco, pero no lo sé, no estoy muy convencido... Usted en cambio es mucho más interesantes — Me observó con intensidad.
— No tengo sangre noble.
— Es una pena, verdad.
Me reí — Me encuentro en la misma encrucijada, necesito casarme con un noble para ayudar a mi padre en sus negocios.
— Vaya dilema, si no eres de la realeza, la vida es más complicada.
El baile se hizo más lento y me acerqué mucho más.
Observé por encima del hombro de Arias y mi estómago punzo cuando me percaté de que el Señor Alfred me estaba observando, la modista estaba de espaldas a mí, así que no se percató de la atención que me estaba brindando su pareja de baile.
Tenía el ceño fruncido y elevé mi barbilla con altanería.
Giré mi rostro un poco, hacia el rostro de Arias.
— Usted baila muy bien — Susurré contra su oído, siendo consciente de lo cerca que estaba Alfred para escuchar, lo había hecho con toda la intención.
— Usted también baila excelente.
Me reí como una boda, observando de reojo hacia el Señor Alfred. Me percaté de que sus hombros estaban tensos.
Giró para darme la espalda y la irritación volvió a tomar el control.
La Señorita Liana estaba sonrojada, hablándole y riendo a todo lo que decía.
Infeliz.
Hubo cambio de pareja de imprevisto.
Arias se alejó, girando para bailar con la Señorita Liana, dejándome a mí frente al Señor Alfred.
No me moví, quedándome quieta al igual que él. Lo observé de forma despectiva y empecé a caminar afuera de la pista de baile, pero me tomó del brazo y me atrapó, pegándome a su cuerpo de una forma que me cortó la respiración.
— No quiero bailar con usted — Gruñí, intentando empujarlo.
— Dijo que no actuaría como imprudente, si me desprecia lo notarán — Gruñó, posando su mano en mi cintura, entrelazando la otro con la mía.
Sentí la calidez en su palma y me ardió el rostro, pero posé mi mano con su hombro.
Empezamos a bailar y mantuve mi mirada baja, sin atreverme a observar su rostro.
El de su cuerpo me puso más nerviosa.
Era tan masculino.
Jamás me sentí tan ansiosa por tener tan cerca a un hombre y quise pegarme más, pero no lo hice, me mantuve al margen mientras balanceaba su cuerpo de un lado al otro.
Sentí su respiración en mi frente, tan cálida que esa sensación entre mis piernas volvió a despertar.
Mi corazón se aceleró tanto.
— No se ponga nerviosa, es solo un baile — Susurró y elevé mi mirada, lo observé con odio.
— No estoy nerviosa.
— Déjese de mentiras, con solo verla me doy cuenta — Elevó una comisura con arrogancia y su cicatriz se arqueó.
— Es muy arrogante de su parte insinuar que yo...
— ¿Por qué me está vigilando?
Resoplé — Yo no lo estoy vigilando.
— Cada vez que volteo a verla la descubro observándome.
Mi corazón repicó más y más, pero oculté con indiferencia todo lo que sucedía en mi interior.
— Es usted quien me vigila.
— Tengo razones para hacerlo, es mi trabajo vigilar su persona — Su mirada se volvió más intensa — Dígame ¿Por qué me observa tanto?
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Comments
Mel G.
Autora no puedo más tengo que preguntar, se lee Reyina o Rogüina? Por favor hágame la aclaración para continuar con la lectura
2024-11-28
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Mel G.
O tal cual Roguina ?
2024-11-28
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Delfina Sánchez
Hay que emoción!!
2025-03-06
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