...O'BRIAN:...
No comprendía tanto arranque de mal carácter, es verdad que no nos llevábamos bien, pero había pensado que la Señorita Roguina y yo estaríamos en paz después de que la salvara de las garras del vizconde, pero fue peor después de eso.
Se había vuelto más insoportable y mi paciencia se estaba acabando. El que insinuara que no hacía bien mi trabajo me había causado un desagrado, ella sabía perfectamente que la protegí de un ataque.
Ahora estaba interrumpiendo mi entrenamiento y me percaté de que aquel ensañamiento debía tener una razón más coherente que nuestros malos caracteres chocando una contra otro cada vez que respiraba el mismo aire.
Debía aclararlo de una buena vez, no soportaba estar teniendo discusiones constantes. Podría ser que la Señorita Roguina estaba tratando de llamar mi atención de aquella forma.
Me acerqué tanto cuando se quedó callada. Observando como ese rostro se sonrojaba ante mi pregunta, esa podría ser suficiente respuesta.
— ¿Qué podría querer que me haga un sujeto como usted? — Cuestionó con despectiva.
— No lo sé, usted dígame — La observé detenidamente y sus pupilas se agitaron, pero cambiaron a una furia incontrolable.
— ¡Solo un hombre tan arrogante como usted pensaría de esa forma, me desagrada, pero entiendo que su manera de pensar sea tan básica como para pretender que yo quiera algo de usted, no soy como la modista! — Gruñó alejándose, pero la tomé del brazo, empujándola con mi pecho.
— ¡No se irá de aquí hasta que me diga! ¿Qué es lo que le sucede? — Exigí e intentó zafarse — ¿Acaso está celosa de mi trato hacia la modista?
— ¿Por qué estaría celosa de eso? — Resopló, logró zafarse y me dio una mirada despectiva de arriba hacia abajo mientras daba varios pasos lejos de mí — ¡Jamás pondría mis ojos en alguien como usted!
Me reí — ¿Alguien como yo?
Apartó un mechón de su hombro.
— Así es, un asesino, con apariencia temible... No tengo tan mal gusto como la modista.
Apreté mis dientes.
— Al menos ella si se comporta como una mujer y tiene mejores modales.
Se rio — Solo es una regalada que se conforma con poco.
Me provocó demostrarle lo que podía hacer un "poco" como yo. Tocaría cada parte de ella hasta volverla loca, devoraría esos labios gruesos y sensuales que se mantenían entreabiertos la mayoría del tiempo, frotaría aquellos pezones que no me hacían falta imaginar debido que habían quedado en mí memoria.
— Es muy feo que hable así de ella... Le confecciona sus vestidos y la trata con amabilidad.
— ¿Se ha enamorado de la Señorita Liana tan rápido? — Preguntó con voz costosa.
Negué con la cabeza — No, no estoy enamorado.
Si le afectaba tanto ser comparada con la modista, esa era la razón, mi trato con ella. La Señorita Roguina estaba celosa de eso y buscaba la forma de herirme con aquellas palabras crueles, pero estaba tan acostumbrado a los menosprecios que no me afectaba en lo absoluto, en cambio, a ella sí.
No podía meterme con la Señorita Roguina, ella era prohibida. Su padre había confiado en mí, dándome techo y comida, sabiendo que yo era la escoria que cometió muchas atrocidades en nombre de la Reina Vanessa, además, me dejó la responsabilidad de proteger a su hija cuando estuviésemos afuera de la mansión. Meterme con su hija era como una ataque por la espalda, ella era una señorita y si quedaba deshonrada por mi causa, arruinaría su sueño de casarse con un noble, sin contar la enorme diferencia de edad entre ambos.
No era nada prudente de mi parte, aunque me muriera de ganas de poseerla.
Al besarme con la Señorita Liana lo había comprobado. No era una simple necesidad que podía aliviar con cualquier mujer, mi deseo tenía el nombre de la Señorita Roguina, por eso debía mantener la distancia.
Le di la espalda y coloqué mi espada en el armero que había improvisado en la pared.
— Quédese a leer, yo me marcho — Dije, girando mi cuerpo hacia la salida.
— Espere... — Se interpuso en la puerta — Aún no le he dicho la razón por la que lo detesto tanto.
— Ya no me apetece escucharla... Deme permiso — Gruñí, pero no se apartó.
— Estoy así porque me llamó regalada la vez anterior y no se molestó en pedirme disculpas... No me caería tan mal si no me hubiese tratado así.
— Le recuerdo que usted me llamó degenerado solo porque le rompí la camisa por accidente — Metí las manos en los bolsillos de mis pantalones.
Estaba tan sonrojada y tragó con fuerza.
— Esa fue la primera vez que alguien me veía tan desnuda, por eso reaccioné así.
Mi masculinidad se tensó con esa confesión.
— Entonces ambos nos debemos una disculpa por todos los malentendidos — Acepté y se quedó pensativa — ¿A menos que usted le agrade estar en una constante pelea conmigo?
— No, no me gusta — Suspiró.
— ¿Entonces, es una tregua de paz? — Extendí mi palma hacia ella.
— De acuerdo, acepto... No debí acusarlo de degenerado.
Tomó mi mano.
— Lo siento por llamarla regalada.
Era la primera vez que nuestras manos entraban en contacto piel con piel y nos quedamos inmóviles. Su mano era delicada y pequeña, tan suave, muy diferente a mis manos llenas de callos y cicatrices.
Solté su mano.
Y las introduje de nuevo en mis bolsillos.
Ella cerró sus dedos y los dejó a un costado.
— Siga entrenando, yo tomaré unos libros y leeré en mi habitación.
— No, mejor me iré — Insistí, negó con la cabeza.
— No, siga en lo suyo, yo puedo leer en otro lugar, además, si mi padre lo ordenó entonces debe hacerlo.
Caminó hacia los estantes y la observé detenidamente, contemplando como leía los títulos en los lomos de los libros, sin tomar ninguno.
Volví al armero, pero mi atención seguía en ella, parecía indecisa en cuál libro leer, no estaba muy animada por eso.
— ¡Señorita Roguina! — La llamé y se giró rápidamente.
— ¿Qué?
— ¿Por qué no entrena conmigo? — Propuse y se desconcertó por mi propuesta — Sé que quería estar sola, pero es mejor aprovechar el tiempo para fortalecer su habilidad.
— ¿Habilidad?
— Es muy ágil y eso es una habilidad.
Me dio una mirada tímida — No lo sé...
— Es de utilidad que sepa defenderse, cuando vuelva a encontrarse con el vizconde podrá ponerlo en su lugar por sí misma — Me posicioné en medio de la biblioteca — ¿Le gusta la propuesta?
— Sí, si me gusta — Aceptó con emoción — De hecho leer no es nada divertido para mí... Esto sí.
Se acercó, deteniéndose frente a mí.
— Me gustaría ver todo lo que sabe hacer.
Se tensó, nerviosa — ¿Es eso necesario?
— Por supuesto, así podré ver que tanto sabe y sacar provecho de eso — Me crucé de brazos y entrelazó sus manos — Comience cuando guste.
— Necesitaré un poco de espacio.
Retrocedí, apoyando mi cuerpo de la pared.
La Señorita Roguina tomó una respiración larga y luego estiró sus brazos hacia arriba, se agachó rápidamente, apoyando sus palmas del suelo impulso su cuerpo y se elevó sus piernas quedándose apoyada de manos, luego aterrizó sobre sus pies, después de dar un giro.
No terminó allí, elevó una pierna, con tanta flexibilidad se tomó la punta de sus pies, apoyando el peso en una sola pierna.
Lo siguiente fue arquear su espalda hacia atrás, hasta que aterrizó con sus manos en el suelo, formando un puente con su cuerpo.
Se levantó y dió un giro en el suelo para aterrizar sobre sus pies.
Intenté concentrarme, pero la agilidad con que se movía, haciendo sus acrobacias me hizo alucinar. Se veía realmente sexy, tan encantadora con esa gracia de bailarina.
Se detuvo, jadeando y acomodando su cabello, se había despeinado con los movimientos.
— ¿Qué le pareció? — Preguntó.
Parpadeé para salir del ensueño.
— Acepto que ésta vez si me ha impresionado — Me acerqué.
— ¿Qué es lo que va a enseñarme? — Preguntó mientras ataba su cabello en un rollo.
— Es muy buena esquivando, pero le falta, de ser una experta no se había dejado agarrar por el vizconde — La observé con severidad y frunció el ceño.
— Me tomó por sorpresa.
— ¿Al igual que esto? — Hice ademán de agarrarla con rapidez, se agachó rápidamente, no me detuve y ataqué de nuevo.
Giró en el suelo y se alejó lo suficiente.
La perseguí hasta acorralar contra la pared.
— Si logran acorralarla y no encuentra una salida debe atacar.
— No se hacerlo — Se quejó, respirando con fuerza.
— No se detendrán si les dice eso, no demuestre debilidad, quiero que bloquee cuando le lance un golpe — Gruñí, lanzando un puñetazo directo a su rostro, respondió por instinto, elevando su brazo.
Se estremeció cuando mi brazo chocó con su antebrazo. Empujé y sus rodillas se arquearon, me observó desde arriba, apretando sus dientes por el esfuerzo.
— Muy bien, pero siendo un agresor buscaré un punto abierto para contraatacar — Dije, guiando mi otro puño hacia su abdomen, bloqueó con su otro brazo — Ahora, debe atacarme, rápido.
— ¿Qué? ¿Cómo? — Jadeó.
— No lo piense, debe actuar antes de que yo retroceda.
Elevó su pierna para darme una patada.
Retrocedí, alejándome y se quedó jadeando.
— Debe ser más rápida — La reprendí y se separó de la pared — Venga, le mostraré como colocar los puños.
Se acercó y le ordené elevar sus brazos.
Corregí la postura de sus dedos y luego la alenté a darme un puñetazo en el rostro.
Los esquivé y bloqueé, mostrándole la manera adecuada para hacerlo. Ella me imitó, con mucha eficiencia. Aprendía rápidamente y disfrutaba de todas las lecciones.
Lanzó otro puñetazo, la tomé de la muñeca y giré su cuerpo para dejarla inmóvil, aplicándole una llave.
Soltó un gruñido y se sacudió.
— ¿Qué va a hacer ahora? — Me burlé y se quedó quieta — Fingir un desmayo no le servirá de mucho si se encuentra en manos de un degenerado.
Bajé mi mirada cuando noté que interponía su en mi pantorrilla para hacerme caer. Bastante ingeniosa, pero no podía moverme, no tenía suficiente fuerza.
— ¡Use más fuerza! — Gruñí, aplicando más presión en mi agarre.
— ¡No tengo más! — Gritó, observándome de reojo.
— ¡Oh, vamos, inténtelo!
No siguió haciéndolo, en cambio, elevó una de sus piernas tan rápido que me dio con la punta de la sandalia en la mandíbula.
La solté y retrocedí, el dolor fue lo suficiente para hacerme trastabillar.
Me tomé la mandíbula, apoyándome contra la pared.
Se giró y alzó sus cejas — ¡Oh, Señor Alfred, no fue mi intención! — Se avergonzó, acercándose.
Bajé mi mano, notando la sangre que salía de mi labio.
— ¡Ay no! — Jadeó y observó mi boca — ¡Le rompí el labio!
Me reí y frunció el ceño — ¡No tiene porque disculparse, muy bien hecho, excelente golpe! — Lamí la sangre con mi lengua.
— ¿Lo golpeo y se ríe?
— Estamos entrenando, es normal que eso suceda.
Elevó su brazo y extendió su mano hacia mi boca. Tocó mi labio con su pulgar, con delicadeza y me estremecí.
Sintiendo esa ola de escalofríos en todo mi cuerpo.
— Debería colocarle algo para que no inche — Susurró, su pecho estaba agitado.
Rozó sin querer mi labio inferior y la tomé la muñeca. Empujé su cuerpo contra la pared, ahogó un grito y me observó con confusión en su mirada cuando presioné mi dureza contra su abdomen.
Su respiración se agitó mucho más y me observó a los ojos, con sus manos aferrándose a la tela de mi camisa.
Elevé una mano la coloqué en su cuello.
Tracé mis dedos por la piel y ella se estremeció.
Me percaté de lo que estaba haciendo y paré en seco, alejándome de ella rápidamente.
— Las lecciones han terminado — Gruñí dándole la espalda, saliendo apresuradamente de la biblioteca.
Había una sirvienta muy cerca de la puerta, se apartó de golpe al verme y disimuló, limpiando un florero con un plumero.
¿A caso estaba expiando?
Me observó de reojo, con cautela mientras pasaba a un lado, pero sentí su mirada acusativa mientras me alejaba. Así que la observé por encima de mi hombro, dándole una mirada asesina que casi la hace volcar el jarrón.
No, no podía acercarme.
Esa sirvienta podría malinterpretar todo e irle con el chisme al Señor Robert. No era prudente estar a solas con la Señorita Roguina, por mucho que me había divertido entrenando con ella, era un auténtico riesgo.
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Comments
Mel G.
En esta novela no suben fotos de los protagonistas?
2024-11-28
0
Mel G.
Ya los pusiste linda, o por que tu comportamiento
2024-11-28
0
Delfina Sánchez
O'Brian todo un caballero 🥰
2025-03-07
0