CELEBRACIÓN EN EL JARDÍN

...O'BRIAN:...

Aquella parte de Hilaria era campo y casas señoriales que se veían a lo lejos. Llegamos a un lugar llano y nos detuvimos afuera de una iglesia de paredes de madera, pintadas de blanco. Había muchos coches afuera y personas vestidas casi como nosotros.

El Señor Robert fue el primero en salir y luego le tendió la mano a su hija. La Señorita Roguina me observó por un segundo antes de salir. Fui el último en bajar, las personas en seguida observaron hacia nosotros, posando sus ojos en mí y murmurando de una manera tan indiscreta que supe lo que opinaban de mi persona a primera vista.

Desconcierto, miedo y desprecio.

De pronto el lazo en mi cuello se sintió demasiado ajustado, pero no lo desaté. La Señorita Roguina lo había atado con mucha dedicación, la verdad es que tenerla tan cerca volvió a provocar que mi masculinidad reaccionara sin que yo pudiera evitarlo y más con ese olor tan delicioso que desprendía.

Muy mala idea, tenía que desaparecer todo esto de inmediato. Estaba casi convencido de que todo era producto de mi larga abstinencia sin tocar ninguna mujer, pero era obvio que no iba ni tocarle un cabello a la señorita, por eso pensaba en seguir frecuentando a la modista.

El Señor Robert se dedicó a saludar a muchos de los invitados y me presentó como amigo y socio. Aunque eso no aligeró la presión de aquellos ojos, fue un poco más tolerable.

Las campanas sonaron, la gente empezó a entrar en la iglesia.

Seguí al Señor Robert y a Roguina al interior, buscando un banco lejano al frente, pero la iglesia estaba a abarrotar de personas.

Encontramos un banco y terminé junto a la Señorita Roguina. Mi altura superaba a la de todas las personas, así que no pude pasar desapercibido del todo.

El novio ya estaba en su posición y la marcha nupcial empezó a sonar. No le presté mucha atención a la ceremonia después de que la novia caminó al altar.

Las bodas me daban sueño, había asistido solo a dos anteriormente. La de mi madre con el rey y la de mi hermana con el Príncipe Adrian, ninguna prometedora.

Tomamos asientos.

Al contrario de mí, la Señorita Roguina parecía muy emocionada por su amiga, incluso me percaté de que tenía lágrimas en los ojos que no llegaron a derramarse.

Su costado rozó el mío cuando el Señor Robert se arrimó para que sentara un hombre que había llegado tarde.

La Señorita Roguina se tensó y me observó de reojo. Apretó el bolso en su regazo y centró su atención en la ceremonia.

Intenté hacer lo mismo, pero el discurso del sacerdote me parecía bastante tedioso. Me cubrí la boca para bostezar.

A ella se le resbaló el bolso de las manos.

Me agaché para tomarlo, pero hizo lo mismo al instante, haciendo que su mejilla rozara la mía, la piel era tan suave que se me hizo agua la boca.

Tomé el bolso y ella se separó de mí rápidamente, sus mejillas estaban carmesí cuando le tendí el bolso.

Lo tomó sin observarme, murmurando un gracias.

El resto de la velada me la pasé sumido en la sensación de su piel y ni siquiera me percaté de que la boda había terminado.

...****************...

La celebración se realizó en un jardín de una lujosa propiedad noble. Había música, comida típica de Hilaria por montón, muchas mesas y sillas decoradas para los invitados.

La Señorita Roguina se alejó de su padre para acercarse a la novia a otras dos señoritas de rasgos bronceados que conversaban al otro lado del jardín.

El Señor Robert saludaba a todos, pero no muchos se quedaban a conversar. Tal vez era por mi causa o por su falta de sangre azul.

Aproveché de tomar una copa y algunos aperitivos que los sirvientes repartían.

Robert me señaló con la mirada tres de los hombres que había rechazado en los negocios, eran los únicos que habían asistido a la celebración. Uno de ellos era un anciano delgado, el otro era un hombre como de mi edad y el último era un hombre de piel oscura.

Aún no se acercaban, pero me mantuve vigilando discretamente.

— ¿Las celebraciones de Floris son así? — Preguntó el Señor Robert, en un tono bajo para no ser escuchado.

— En lo absoluto, ésta me parece tranquila en comparación... Es sencilla, pero me siento sereno.

Si supiera la clase de fiestas que llevaba a cabo mi hermana se espantaría.

— Escuché que a La Reina Vanessa le encantaba el libertinaje, supongo que eso también aplicaba en las celebraciones.

— No escuchaste mal — Gruñí, no quería hablar de mi hermana y menos en aquel lugar.

Por suerte llegó un hombre mayor con sobrepeso que tenía una calvicie pronunciada.

— El Señor Robert, genio de los negocios, un gusto encontrarlo aquí — Saludó, sonriendo abiertamente.

Él tomó una postura erguida e hizo una reverencia.

— Mi lord, pero que sorpresa tener el honor de que se acerque — Dijo, el hombre elevó su copa.

— Me llama mucha atención sus negocios, es un hombre admirable ¿Por qué no podría acercarme a saludarlo?

— Oh, eso es muy halagador, solo intento sobrevivir.

— Todos los intentamos, pero no todos tienen tal éxito como usted — El lame suelas me dió un poco de mala espina, giró sus ojos hacia mí y casi derramó el vino de su copa del susto, como si yo luciera peor que su calvicie y su enorme panza — ¿Quién es su acompañante? Jamás lo había visto.

— Es el Señor Alfred Elmar, es mi amigo y uno de mis socios.

Cambió de expresión, con cortesía inclinó su cabeza en un saludo.

— ¿Usted quién es? — Usé un tono despectivo, observándolo con el mismo desprecio que me mostró.

— Soy el Vizconde Marck Stevens — Inclinó su cabeza a un lado, con postura arrogante.

No mostré ningún tipo de pleitesía, bebí de mi trago indiferente y frunció el ceño ante mi grosería.

— Por cierto, he visto a su hija Señor Robert, la última vez que la observé era tan solo una niña pequeña — Sus ojos se oscurecieron cuando observó discretamente al grupo de señoritas donde se hallaba ella, riendo con sus amigas — Me sorprendí mucho, es toda una mujer y muy hermosa.

— Muchas gracias — Dijo el Señor Robert.

— ¿Ya tiene algún pretendiente? — Preguntó el sujeto y lo reparé detenidamente, ese infeliz podría ser el abuelo de la Señorita Roguina ¿Con qué intención estaba preguntando aquello?

— No, está debutando desde la temporada pasada — El Señor Robert no pareció percatarse de intenciones de aquel cerdo asqueroso.

— Supongo que debe ser difícil, sin sangre noble no se tiene mucho éxito, pero su dote debería ayudarla — La expresión de ese sujeto era de un buitre y apreté mi mandíbula.

— Si, quisiera que se comprometiera con un noble, eso me ayudaría en los negocios.

— En los negocios y en la descendencia — Asintió el viejo — Si no encuentra a un pretendiente, yo podría ayudarla sin ningún problema.

— ¿En serio?

— Sí, conozco a muchos nobles solteros, movería mis influencias para que su hija pueda casarse, como último recurso si no tiene suerte.

— Muchas gracias, mi lord, lo tomaré en cuenta.

— Un gusto hablar con usted, iré a saludar a otros invitados — Se despidió, cuando me observó me encargué de darle una mirada tan intimidante que palideció.

Se alejó rápidamente, pasando muy cerca de la Señorita Roguina, le dió una mirada tan sucia que me provocó romperle los dientes.

— Voy a buscar más vino.

Me alejé del Señor Robert, yendo a la mesa a servirme más bebida. Siguiendo con la mirada al vizconde.

Saludó a otros estirados.

Supongo que una pequeña amenaza le vendría bien, como guardaespaldas debía alejar a sujetos así y ese sujeto podría ser el causante de las amenazas. Sus oscuras intenciones me daban mala espina.

En alguna oportunidad que estuviese solo le daría un merecido por desear con malos ojos a alguien tan joven e inocente como la Señorita Roguina.

Me estremecí un poco, al percatarme de que aquel pensamiento también podría aplicar conmigo. Yo ya había pasado mis viente años, pero era muy diferente, aquel hombre tenía malas intenciones y yo no tenía ninguna intención, solo deseo, pero era por mi necesidad masculina acumulada y eso se diciparía cuando me aliviara con cualquier mujer.

Nada más.

La modista me observó desde lejos y se acercó a mí.

Ella podría ser la solución.

— Señorita Liana — La saludé.

— Señor Alfred, pensé que no había venido.

— No me perdería una celebración tan elegante.

Estaba radiante, con un vestido azul y el cabello recogido con peinetas.

— Lo sé, es una linda celebración.

— Usted se ve muy encantadora — La halagé y se sonrojó.

— Muchas gracias, es usted todo un caballero.

— ¿Quiere bailar? — Le propuse y asintió con la cabeza.

Le ofrecí mi brazo a la Señorita Liana y caminamos hacia la pista de baile.

Sentí una mirada siguiéndome y giré mis ojos hacia el grupo de señoritas.

La Señorita Roguina me estaba observando.

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