...ROGUINA:...
No pudimos cumplir con nuestros planes, llevaba diez minutos leyendo cuando alguien golpeó la puerta. El Señor Alfred se alejó de mi lado rápidamente para volver al armero. Comprendía su discreción, cualquiera que viera lo cerca que estábamos, daría por hecho que teníamos un trago íntimo, cosa que estaba empezando a suceder. Sabía que tarde o temprano, él sucumbiría, habíamos dado pie a una conversación después de lo de la cascada y cambió rápidamente a seducciones, que me dejaron con los nervios de punta. Él se estaba acercando cada vez más y sin yo buscarlo, aquellos dos días sin hablarle y tratarlo eran para que no se sintiera ofuscado, tampoco me gustaba acosarlo, yo no quería convertirme en un fastidio como la Señorita Liana.
Le ordené pasar a la sirvienta, era la misma que me había advertido sobre el Señor Alfred. Ojeo de una manera indiscreta hacia él, buscando cualquier indicio de actitud inapropiada.
— La Señorita Marta y la Señorita Daila han venido a visitarla — Anunció y me levanté de la mesa, cerrando el libro.
— Diles que me esperen en el salón, sirve café y galletas — Ordené y ella se marchó, antes de darle una mirada de advertencia al Señor Alfred.
Él no se percató.
Enrollé mi cabello en un rollo y caminé hacia la salida.
— ¿Conocidas suyas? — Preguntó él.
— Amigas.
— Supongo que el entrenamiento queda suspendido temporalmente — Me observó con insinuación.
— Si, es una pena, pero descuide, lo haremos después.
Sonrió débilmente y le devolví la sonrisa mientras salía de la biblioteca.
Entré en el salón, cerrando la puerta detrás de mí y ambas se levantaron para recibirme.
— ¿Y ésta visita tan grata? — Las abracé — Tomen asiento — Ambas se volvieron a sentar y yo me dejé caer en el sillón frente a ellas.
— Queríamos platicar, venimos de una reunión bastante aburrida — Dijo Marta.
— Es verdad, mi padre nos obligó a observar como mi hermano hacia equitación ¡Qué cosa tan aburrida! — Protestó Daila — Espero que no te hayamos molestado y estemos siendo inoportunas.
Si lo habían sido, estaba teniendo el mejor momento de mi vida con un hombre.
— En lo absoluto, mi padre se encuentra de viajes así que tengo mucho tiempo de sobra, además, conversar con ustedes no es algo que me moleste — Sonreí y ambas se observaron.
— ¿Estás sola con los sirvientes? — Preguntó Daila — ¿O también te acompaña el amigo de tu padre? — Marta siseó para callarla.
— ¿Qué clase de pregunta es esa? Deja de molestar a Roguina.
— Solo es una pregunta — Daila me dió una expresión inocente.
— El amigo de mi padre si se encuentra, a quedado al cuidado de la mansión — Dije, tomando el café que ya estaba servido sobre la mesa y una galleta para remojar.
Alzaron las cejas.
— Querrás decir que también está cuidando de ti — Daila se cubrió la boca con el guante, le dí una mordida a mi galleta.
— No soy una niña para que me cuiden.
— ¿Y si en vez de cuidarte se propasa contigo? — Jadeó Marta, aterrada.
Eso si me gustaría.
— Oh, vamos, ya dejen de referirse al Señor Alfred como si fuese un lunático, es muy buena persona — Me quejé, resoplando con fuerza — Ya veo que vinieron a buscar cotilla.
— Amanda está de viaje de luna de miel, así que la única mujer que nos puede proporcionar una buena conversación eres tú — A Daila no le importó ser tan descarada — El extraño viviendo contigo es un tema muy interesante.
— Daila no quiso decir eso — Se excuso Marta, con pena — Estamos preocupadas por ti.
— ¿Por qué? — Sacudí mi cabeza con confusión.
— Ay por favor, no estamos preocupadas, queremos que nos cuente que ha pasado entre ese hombre y tú — Susurró Daila y Marta abrió su boca.
Fingí estar ofendida con aquella insinuación.
— ¿Qué les hace pensar que este pasando algo entre el Señor Alfred y yo?
— No es que seamos insinuantes, pero en la celebración notamos que tal vez estabas un poco interesada en ese hombre, pero de seguro son ideas nuestras — Dijo Marta, muy correcta, bebiendo su café.
— Son unas metiches — Me reí — Por supuesto que no sucede nada.
— Nosotras somos tus amigas, deberías tener la confianza para admitir que ese hombre te gusta — Gruñó Daila, encajando sus ojos en mí.
— ¿Y qué si es así? ¿Le irán a contar a mi padre?
Marta se cubrió la boca, espantada y Daila sonrió, creyéndose inteligente por deducirlo.
— Tienes muy mala impresión de nosotras, por supuesto que no iremos a contarle a tu padre, de hecho a nadie, guardaremos el secreto, no te preocupes — Me prometió ella.
— Yo tampoco diré nada, pero te advierto, mantén tus sentimientos en secreto y nunca cometas la indiscreción de confesarle a ese sujeto lo que sientes, porque ese hombre se ve muy loco, tal vez no le importe mancillar tu dignidad y marcharse... Ya es una locura que hayas puestos tus ojos en él — Marta parecía exagerar con su angustia y Daila puso los ojos en blanco.
— Creo que es demasiado tarde para ese consejo — Susurré, quitándome las sandalias para subir las piernas sobre el sillón.
— ¿Qué? — Jadeó ella espantada.
— ¿Qué fue lo que hiciste? — Preguntó Marta, pálida — ¿Te has vuelto loca?
— Al fin algo interesante — Daila sonrió — Vamos, cuenta ¿Qué dijo? ¿Cómo reaccionó? ¿Pedirá tu mano?
— En realidad... — Solté una respiración antes de atreverme a contarles, me mordí los labios — Estoy llevando a cabo un plan para que... — Enrojeciendo por la vergüenza — Para que me haga suya.
Los dos se quedaron estupefactas, por tanto segundos que me sentí incómoda.
Marta soltó la taza sobre la mesa, temblando con fuerza del bochorno.
Daila se quedó quieta.
— ¡Definitivamente te has vuelto loca, ese hombre es amigo de tu padre, evidentemente mucho mayor que tú y su aspecto ni se diga! — Gruñó Marta, indignada.
Si supiera que no era ningún amigo de mi padre, que era un asesino. Terminaría patas arriba en la alfombra.
— Shhh, baja la voz o te oirán los sirvientes — Dije y apretó su boca en una línea.
— Esto es muy peligroso para ti, puede que a ese hombre solo le interese llevarte a la cama y luego salir huyendo, perjudicando tu futuro. Ningún hombre te querrá como esposa, lo mínimo que aspiraría es a amante y eso es una desgracia — Dijo, más tranquila.
— He tomado todo eso en cuenta, pero llego a la misma conclusión, no quiero casarme... No es mi voluntad, mi padre es el que desea que me case, pero eso está lejos de pasar... Si voy quedarme soltera entonces prefiero tener la oportunidad de experimentar, de sentirme viva en los brazos del Señor Alfred — Confesé, tan seria que ambas se quedaron parpadeando.
— ¿Ese hombre sabe de tus pretensiones? — Daila habló por primera vez.
— Si lo sabe y opina lo mismo que Marta — Dije y ella alzó las cejas.
— Al menos eso lo hace un caballero.
— Tal vez, pero él también quiere y eso podría hacer que cambie de opinión.
Ambas enrojeciendo y bajé mi mirada.
— ¿Qué tanto has hecho? — Daila me dió una mirada insinuante.
— No mucho, fuimos a los Escalones del Ángel.
— ¿Nadaste desnuda con él? — Jadeó Daila.
— ¿En serio me crees tan atrevida? Mi plan no incluye desnudarme frente al Señor Alfred, aunque es algo fácil, no soy tan atrevida, eso implica que tenga más confianza en mi misma y también que él lo desee sin ninguna objeción, jamás me he desnudado frente a alguien y no es algo que se tome a la ligera — Gruñí, bebiendo mi café — Nade, pero con ropa puesta y él también, de hecho no quería bañarse conmigo, así que fingí ahogarme para que se metiera al agua y me tomó en sus brazos, fue allí donde estuvimos a punto de besarnos.
— Fingir que te ahogas también es una forma de orillar a ese sujeto, no deberías seguir con esto... ¿Qué tal si pasa y te desagrada? — Preguntó Marta y negué con la cabeza.
— No, no me puede desagradar, cuando me sostuvo sentí tantas cosas que en mi vida había experimentado, sensaciones distintas, nuevas e intensas — Suspiré pesadamente y Daila se rió nerviosa — Tan agradables que a cada instante quiero sentirlas y es con él que me pasa.
— Ya veo que ese hombre te tiene mal... Pero debes ser cautelosa e ir despacio — Aconsejo Daila.
— ¿En serio piensas apoyarla? — Se espantó Marta — ¿Qué hay de su futuro?
— Marta, nosotras sabemos lo que se siente estar obligadas a actuar y hacer cosas que no queremos solo porque es voluntad de nuestros padres... Lo que está haciendo Roguina es admirable, está decidiendo por si misma, se atrevió a hacer algo diferente.
— Gracias Daila, pero Marta tiene algo de razón, esto será irreversible y tal vez mi padre me repugne si llega a enterarse — Me abracé las rodillas — Hay algo que no les he dicho, sus sospechas sobre el vizconde era ciertas.
Se sobresaltaron.
— ¿Ha pedido tu mano? — Preguntó Daila.
— No, pero ese día en la celebración me acorraló y me insinuó que pediría mi mano, ofreciendo un trato apetitoso a mi padre para poder tenerme en sus manos — Gruñí y soltaron gemidos de indignación — De no ser por el Señor Alfred, habría sufrido un ataque de parte de ese asqueroso.
— Te gustó porque te salvó de las garras de ese degenerado — Se rió Daila y Marta la fulminó con la mirada.
— El vizconde no cesará hasta tenerte de esposa — Dijo ella — ¿Qué harás al respecto?
— No lo sé, hablaré con mi padre antes de que el vizconde se aparezca, le contaré sobre sus malas intenciones.
— Pienso que él no le dará tu mano a un hombre tan anciano — Marta se frotó las manos.
Daila rió irónicamente — Su padre es empresario, es tan ambicioso que si lo creería capaz.
— Pero es su hija, no una cosa.
— Marta, a veces eres tan ingenua, vender a las hijas es muy común y más a nobles ancianos — Gruñó ella, queriendo escupir del asco.
— Es verdad, debo prepararme para algo así, el vizconde es un hombre con tanto poder y si le ofrece una gota a mi padre, él no dudará en beberla, porque está tan sediento de éxito y ganancias que no me sorprendería — Dije, con expresión amarga.
— Si resulta ser así, mi oferta de venir a vivir conmigo sigue en pie — Me consoló Daila.
— Claro, la tomaré en cuenta.
— Ojalá tengas éxito seduciendo al Señor Alfred, así ese viejo no tendrá la oportunidad de ser el primero y tal vez te libres de un casamiento a causa de eso — Dijo, con expresión furiosa.
Ahora que lo pensaba era una buena idea, una señorita mancillada sería una mala opción para un anciano vizconde.
— No demos por hecho, confío en que tu padre rechazará la oferta — Suspiró Marta — Y por favor, ten cuidado con el amigo de tu padre.
— No te preocupes, lo tendré.
— Me sorprende tu optimismo, Marta — Daila alzó las cejas.
— Antes de que sigan juzgando al Señor Alfred deberían conocerlo, se los presentaré si gustan.
— Por supuesto que sí, me encantaría — Daila sonrió abiertamente.
Marta no estaba muy convencida, pero me levanté para salir del salón y me siguieron hacia la biblioteca.
Entré sin tocar y hallé al Señor Alfred dando patadas en el aire, girando y agachándose. Lanzando puños tan rápidos mientras gruñía.
Daila y Marta se quedaron atónitas, con las bocas abiertas.
Aclaré mi garganta y el Señor Alfred se detuvo, dándose cuenta de nuestra presencia.
Me acerqué y mis amigas me siguieron.
— Disculpe la interrupción, pero quería presentarle a mis amigas — Dije y él las observó, con su pecho agitado y el sudor corriendo por su frente, la camisa estaba arremangada hasta los hombros, dando una vista de sus brazos gruesos.
— Soy Daila — Se atrevió a presentarse, extendiendo un brazo firme hacia él — Un gusto conocerlo.
Él tomó su mano en un apretón sutil.
— Es un honor, Señorita Daila.
Mi amiga sonrió, observándolo detenidamente.
Marta se quedó unos segundos distraída.
— Mi nombre es Marta, Señor Alfred, un gusto — No le tendió su mano como Daila, pero hizo un saludo con la cabeza.
— Igualmente Señorita Marta.
— Nos sentíamos un poco curiosas por usted — Dijo Daila — Roguina nos contó que es amigo de su padre.
— ¿Ah sí? — Él alzó sus cejas y me tensé cuando me observó — ¿Por qué se sentían curiosas?
— Porque es un extraño y en ésta región no llegan muchas personas de otras partes, nada más por eso — Se apresuró Marta.
Daila me lanzó una mirada— Sin mencionar que...
— Que debemos dejar al Señor Alfred porque debe seguir entrenando — Interrumpí antes de que soltara alguna indiscreción.
— Tan rápido, tenía curiosidad de saber en dónde aprendió a combatir — Se quejó ella.
— Entrené con un experto.
— Vamos, volvamos al salón — Las tomé a ambas de los brazos, guiando a las chicas afuera de la biblioteca.
— Adiós, Señor Alfred, un gusto conocerlo — Daila ondeó su mano.
— Adiós.
Lo observé cuando salieron al pasillo.
— Esas dos están un poco locas — Susurré.
— Se parecen mucho a usted — Se burló y fruncí el ceño, pero cerré la puerta.
Mis amigas estaban riendo nerviosas y sonrojadas.
— No me sorprendes que quieras comerte ese caramelo exótico, está de buen ver — Daila hizo un gesto con las cejas y le cubrí la boca para callarla.
Me lamió la mano y me aparté asqueada.
— Silencio, no es algo que se deba hablar tan cerca de la puerta.
— Admito que me dejó impactada, es un hombre intimidante, tal vez la primera impresión no fue buena, pero ahora parece muy guapo — Dijo Marta mientras caminábamos de vuelta al salón.
— Eso es porque viste los músculos y como le apretaba el pantalón en esa zona — Daila rió y le dí una palmada en la espalda.
— Basta... Deja la locura.
— No te pongas celosa, solo es una apreciación.
— No estoy celosa — Resoplé, con la única que sentiría celos era la Señorita Liana.
— No deberías hablar así, es bochornoso — Jadeó Marta — Y menos de sus partes privadas, eso es repugnante... Es increíble que observaras eso.
— Repugnante para ti que no sabes nada, pero para Roguina y para mí, ese hombre tiene un buen instrumento.
Marta enrojeció, indignada por la forma de hablar de Daila.
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Comments
Delfina Sánchez
jejejeje divertido tener amigas así 😂/Facepalm/
2025-03-08
1
Margarita Acuña Cerda
Estan entretenido hablar con tus amigas sobre los atributos de los hombres
2024-12-22
1
Lesly Argumelo
Daila es otra cabra loca como Roguina
2024-11-19
2