NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
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Capítulo 9
...JULIETA ÁLVAREZ...
A las ocho cuarenta y cinco de la mañana, crucé las puertas de cristal de la editorial vestida con la misma ropa de ayer —planchada a la carrerita con las manos en el baño del departamento de Alejandro— y con suficiente corrector de ojeras para cubrir un crimen.
Alejandro había entrado diez minutos antes por el estacionamiento, impecable como de costumbre, vistiendo un traje azul marino sin una sola arruga y con la corbata perfectamente alineada.
Si alguien lo miraba, jamás adivinaría que cuatro horas atrás ese mismo hombre estaba despeinado, en pantalones de pijama y pasándome un analgésico por la barra de su cocina.
Me senté en mi cubículo, abrí el archivo de la novela histórica y me puse a teclear a velocidad luz. Cumplí mi promesa: no le iba a dar ni media excusa para regañarme.
A las diez de la mañana, Daniela apareció por mi lugar con dos tazas de café y una cara de detective privado que me hizo sudar frío.
—A ver, amiga —susurró, apoyándose en la mampara—. Desapareciste anoche, no respondiste los mensajes y llegas con la misma blusa de ayer. Exijo una explicación completa de cómo sobreviviste a la tormenta y al patán de Roberto.
—Me quedé atrapada en el tráfico por el árbol que se cayó en la vía—mentí con una soltura digna de un Oscar, tomando la taza—. Y con Roberto ya corté. De verdad. Se acabó.
—¡Al fin! —festejó Daniela en un susurro emocionado—. Sabía que...
—Julieta.
La voz de Alejandro resonó justo detrás de mi silla.
Daniela y yo nos congelamos al mismo tiempo. Pestañeé dos veces, sintiendo cómo el aire se me atascaba en la garganta.
¿Julieta?
¿Acababa de decir Julieta en medio del departamento de edición?
¿El mismo hombre que me había llamado "señorita Álvarez" durante tres años seguidos frente a todo el mundo?
Alejandro estaba de pie junto a mi escritorio, sosteniendo una carpeta azul. Ni siquiera pestañeó al notar nuestro estado de shock.
—Necesito que revises el índice del capítulo seis antes de mediodía —dijo con la mayor naturalidad del mundo, dejando los papeles sobre mi mesa—. Te dejé las anotaciones en el servidor. Que no se te pase el margen esta vez.
—Ah... sí, claro —balbuceé, bajando la mirada a los documentos con las mejillas ardiéndome—.En un momento lo checo.
—Bien. Me avisas cuando termines —añadió, y sin decir nada más, se dio la vuelta y caminó de regreso a su oficina.
Giré la cabeza muy despacio hacia Daniela. Tenía los ojos abiertos como platos, la boca entreabierta y la taza de café congelada a medio camino de sus labios. Me miraba como si me hubieran crecido dos cabezas.
—¿"Julieta"? —susurró Daniela, inclinándose hacia mí con una expresión entre el pánico y la fascinación absoluta—. ¿Te dijo Julieta? ¿Sin el "señorita"? ¿Sin el "Álvarez"?
—Dani, por favor, bajemos la voz...
—¡Lleva cinco años en esta empresa y jamás lo he escuchado llamar a nadie por su nombre de pila! —insistió en un silbido neurótico, agarrándome del brazo—. ¡A mí me sigue diciendo "señorita Torres"! Julieta, mírame a los ojos... ¿Qué pasó anoche mientras hacías la maquetación?
—¡Nada! —dije demasiado rápido, acomodándome el cuello de la blusa con torpeza—. Solo... acordamos que podíamos ser un poco más cordiales para agilizar el trabajo.
Daniela entornó los ojos, analizando mi nerviosismo, la blusa repetida y el rubor que no lograba ocultar. Una sonrisa maliciosa empezó a dibujarse en su rostro.
—Cordiales, claro —murmuró, volteando a ver a Alejandro, quien estaba sentado frente a su pantalla tecleando con su rigidez habitual—. El androide de hielo no conoce la palabra "cordial", Julieta. Ese hombre solo conoce la eficiencia y el sarcasmo. Si está tan diferente contigo hoy... es porque algo en su sistema cambió anoche.
—Estás alucinando, Daniela —mascullé, clavando la vista en el monitor para disimular la risita boba que amenazaba con salírsele a mi boca—. Ya deja de decir estupideces y ve a trabajar.
—Me vas a contar todo en el almuerzo —sentenció ella, dándome un golpecito en el hombro antes de alejarse—. Y no intentes escapar, porque voy a revisar hasta el último detalle de esa "cordialidad".
El teléfono en mi escritorio comenzó a vibrar justo cuando intentaba procesar cómo sobrevivir al interrogatorio que Daniela ya estaba preparando para la hora del almuerzo.
—Hola, ma —contesté, bajando la voz al mínimo y escondiéndome detrás del monitor.
—¡Julieta! ¿Dónde diablos estabas? —su voz retumbó en mi oído—. ¡No llegaste a dormir anoche! Mira que yo sé perfectamente que a veces te quedas desvelándote en la oficina con tus compañeros cuando hay entregas, por eso no llamé a la policía a medianoche, ¡pero que no aparezcas ni para cambiarte en la mañana me tenía con el corazón en la boca! ¿Estás bien?
—Sí, ma, perdón, estoy bien —respondí de prisa, sintiendo un remordimiento feroz mientras recordaba la verdadera razón de mi falta de sueño—.Se cayó un árbol enorme en la vía principal por la tormenta y el tráfico se colapsó por completo. Me tuve que quedar resguardada... en un lugar seguro. Perdón por no avisar, se me descargó el celular con todo el caos.
Un suspiro dramático al otro lado de la línea indicó que había sobrevivido a la primera ráfaga.
—Bueno, menos mal. Pero no me vuelvas a hacer esto, que casi me da algo —mencionó, recuperando el tono firme de siempre—. Y no se te vaya a olvidar: mañana tienes que acompañarnos a Sabrina y a mí a las pruebas de ensayo de la boda. Tenemos que organizar todo lo de las damas de honor y cerrar los detalles de la recepción. No me vayas a salir con que tienes trabajo, ¿escuchaste?
—Sí, mamá, no se me ha olvidado —asentí, imaginándome ya atrapada en el temido vestido rosa pastel—. Mañana estoy ahí sin falta.
—Está bien. Come algo decente, por favor. Te veo en la noche.
Colgué el teléfono con un largo suspiro, dejándome caer contra el respaldo de la silla. Cuando volví a abrir los ojos, una sombra alta se proyectaba sobre mi escritorio.
Alejandro estaba parado ahí.
Había dejado sobre mi mesa un vaso térmico con un popote y un paquete pequeño de galletas artesanales de avena. Un vistazo rápido al vaso me reveló el color: una malteada de mora.
Mi favorita absoluta.
Giré la cabeza muy despacio y le alcé la ceja, mirándolo con una mezcla de sorpresa e incredulidad.
—¿Qué es esto, Santana? —pregunté en un susurro, tratando de descifrar la expresión impenetrable de su cara.
Alejandro no pestañeó, manteniendo la postura erguida y las manos metidas en los bolsillos del pantalón, aunque la ligera tensión en sus hombros lo delataba.
—Deberías comer algo —dijo con su habitual voz grave, usando ese tono clínico que intentaba disfrazar la atención—. El trabajo de esta tarde va a estar pesado y no necesito que te desmayes sobre los manuscritos por andar con el estómago vacío.
Tierno... a su muy extraña y sociópata manera.
—La malteada es de mora —añadí, sin poder evitar que una sonrisa ladina se me escapara—¿Cómo sabías que es mi favorita?
—No lo sabía. Solo utilicé la lógica —mintió con una soltura insultante, aunque la comisura de su boca traicionó un milimétrico ademán de calidez—. Es la única que pides cuando salimos a comer en grupo los viernes. Ahora deja de hacer preguntas absurdas y come.
Estiré la mano para tomar el paquete de galletas al mismo tiempo que él bajaba la suya para acomodar el vaso sobre una servilleta.
—Gracias, Alejandro.
Él sostuvo mi mirada por dos segundos más —dos segundos eternos donde su respiración se volvió ligeramente más profunda—, antes de aflojar el agarre, dar un paso hacia atrás y retirarse.