Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 10
Un año fue suficiente para que Hermich dejara de ser un pueblo en ruinas y se convirtiera en un lugar próspero. La bendición del chocolate había transformado la aldea; nuevas tiendas abrían sus puertas, zapateros y modistas llenaban las calles, y hasta los viajeros de la capital se quedaban más de lo previsto.
La panadería William ya no era la humilde tienda que intentaba vender aquel manjar como una curiosidad. Ahora era el corazón del pueblo, siempre llena, siempre con alguien maravillándose de un sabor que nadie podía copiar.
Diodora tampoco vestía ya ropa remendada. Como representante del lugar, debía lucir elegante y segura. Y lo hacía, aunque su corazón aún guardaba cicatrices.
— Canelita... Necesito ayuda. —William apareció con el rostro tenso.
— ¿Ahora qué pasó? —preguntó ella, avanzando hacia el mostrador.
La respuesta estaba frente a ellos. Una clienta distinguida esperaba con calma, su vestido marcado con un emblema de gato; provenía de Dorkar. Su porte elegante y la manera en que observaba el local llenaban de nerviosismo a William.
Diodora, natural, le ofreció una sonrisa.
— Puedo recomendarle nuestra tarta de fresas con chocolate.
La dama arqueó una ceja.
— ¿También con fresas? Aquí parece que todo lo endulzan con ese chocolate... Está bien.
Probó un bocado y su expresión cambió por completo. Otro rostro rendido al encanto del cacao. Diodora ya estaba acostumbrada, pero, en lo profundo, esa admiración le sabía incompleta.
Cuando la clienta se fue, Diora suspiró y llevó la mano a su bolsillo. Allí descansaba el anillo.
— Casi un año... —susurró.
Fingía haber olvidado al príncipe del bosque. Todos le creían, todos menos Tabatha.
— ¡Hermana! ¡No vas a creer lo que vi hoy! —irrumpió Tabatha, jadeando de tanto correr.
— Ay, no otra vez... —Diora le tapó la boca con una galleta.
La niña, entre mordiscos, alcanzó a decir.
— Vi a un hombre rubio... Cabello largo... Igualito al príncipe del...
Otra galleta la silenció.
— Shhh. No viste a nadie. —Diora fingió indiferencia, aunque el pecho se le apretaba. No quería volver a ilusionarse.
Desde su fama, muchos hombres le habían ofrecido matrimonio. Ninguno logró atravesar la coraza de su corazón. Nadie podía compararse con Valtor.
« Un año no es nada para otros. Para mí, ha sido una eternidad.»
En este día, Hermich celebraba. No era un festival cualquiera; es el 25 de septiembre, cumpleaños de Diodora. La plaza se llenó de música, risas y gratitud. Era la heroína del pueblo, la razón de su salvación.
La modista Norly le entregó un vestido beige con tonos dorados. Diodora lo vistió, y entre halagos parecía una princesa. El orgullo brillaba en los ojos de su padre, la ternura en los de su madre, mientras Tabatha corría entre niños de su edad. Algo que no le era posible realizar hace un año.
Todo era perfecto, y aun así ella sentía un hueco imposible de llenar.
Al caer la noche, con una sonrisa forzada, pidió su deseo en silencio ante el banquete que se conmemorar para ella. Nadie lo escuchó, porque era solo suyo. Con el corazón chiquito, se escabulló hacia el bosque. Los pasos la llevaron al claro donde una vez estuvo con Valtor. Las flores habían crecido más que el año anterior. Se sentó en el césped, colocó el anillo en su dedo y lo acarició.
— Mi príncipe... ¿Dónde estás?
El crujido de unas ramas la hizo alzar la mirada, ilusionada. Cree en los finales felices, en el felices por siempre y de que Valtor regresará en este día espacial.
— ¡Valt...!
Pero el claro estaba vacío. Solo el viento respondió. Diodora suspiró, apagada.
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« Nunca es él.»
Se levantó y regresó hacia el pueblo. La música seguía sonando; Tabatha la vio y corrió a invitarla a bailar. Diodora no pudo rechazarla, fingió una sonrisa y la tomó de la mano. Quiso creer que, por un momento, todo estaba bien.
La fiesta continuó hasta el amanecer. Muchos durmieron en las calles, entre guirnaldas y botellas vacías. Diodora, en cambio, se retiró temprano. Quería cambiarse y regresar a la panadería para preparar los chocolates de la mañana. La rutina era lo único que la distraía.
Al llegar, insertó la llave en la cerradura. La calma del comienzo del día parecía tan normal como siempre... Hasta que, de pronto, unas manos rudas le cubrieron el rostro. Una tela áspera cayó sobre su cabeza, oscureciendo todo.
— ¡Ah! —alcanzó a soltar, pero su grito se ahogó en la tela.
El tirón fue brutal. La arrastraron hacia atrás sin darle tiempo a reaccionar. El corazón le golpeaba con furia; intentó forcejear, pateó, rasguño pero fue tomada por los brazos con fuerza. Sintió el mundo girar, la respiración cortarse... Y comprendió demasiado tarde que nadie en el pueblo, ni siquiera su familia, escucharía aquella confrontación.
Mientras la arrastraban, alcanzó a escuchar un murmullo entre los captores.
— El Priorato la quiere viva. La Capital de Dorkar espera a su siguiente bruja.
Un golpe certero en la cabeza fue lo último. Después, todo se volvió negro.
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Con un fuerte palpitar en la cabeza, Diodora volvió a tener conciencia de la situación. Estaba perdida, sin comprender qué pasaba.
Escuchaba el traqueteo de la carreta y, a través del saco que le cubría el rostro, apenas distinguía motas de luz. Intentó moverse, pero sus manos y pies estaban amarrados.
«¿Dónde estoy? ¿Que diablo pasa?»
La carreta se sacudía con cada piedra del camino. Diodora forcejeaba contra las cuerdas, hasta que sintió cómo el nudo le raspaba la piel. El guardia que iba junto a ella soltó una carcajada áspera.
— De nada sirve, bruja. —le quita el saco para verle mejor el rostro lleno de desesperación.
Pero ella no se rindió. Fingió un tropezón y dejó que su cabeza cayera sobre el hombro del hombre; en ese segundo, le mordió la mano con toda la rabia acumulada. El grito del guardia retumbó en la carreta.
— ¡Maldita! —rugió, apartándola de un golpe.
El sabor metálico de la sangre quedó en sus labios, y aunque no había logrado liberarse, el corazón de Diodora ardió con un fuego distinto. Podrían atarla, golpearla, arrastrarla... Pero no le arrancarían la voluntad de luchar. Le volvieron a colocar el saco.
El traqueteo de la carreta cambió de ritmo. Diodora lo notó incluso a través del saco; el suelo ya no era de tierra, sino de adoquines. El aire se volvió con olores con aroma de incienso, mezclado con el olor a grasa y hierro.
Murmullos distintos comenzaron a rodearla. Ya no eran las voces del campo, sino un murmullo refinado.
El retumbar de una campana la estremeció. Dorkar. La capital. Allí no había espacio para dudas ni piedad; bastaba una acusación del Priorato para que cualquier mentira se convirtiera en verdad. El ruido de la multitud no tardó en llegar. Eran voces furiosas, desconocidas. Cada vez que traían a una mujer de esta forma, asumen que es una...
— ¡Bruja!
— ¡Quémela!
— ¡No merece vivir!
Las piedras comenzaron a impactar contra su cuerpo. Sin manos para cubrirse, cada golpe era un tormento. Una alcanzó su espalda y le arrancó un gemido. Diodora forcejeó contra las ataduras, intentando cubrirse como podía, pero era inútil.
No entendía cómo había llegado a esto. En Hermich, nadie la había vuelto a molestar desde la desaparición del loco Dave, y los hombres del Priorato jamás habían regresado al pueblo. Hasta ahora.
La carreta se detuvo con un chirrido áspero. Un par de manos la sujetaron con rudeza y la arrastraron hasta la entrada de un inmenso castillo de piedra. A través del saco, Diodora lo veía todo. Escuchaba los pasos y voces que se mezclaban como un susurro peligroso. Entre ellas, una se alzó, grave y de tono de santidad.
— Hace un año que la observamos. —dijo un hombre mayor, con voz que helaba la sangre.— Sabíamos que su dulzura era veneno lleno de engaño. El pueblo estaba ciego, pero nosotros no. Esta mujer debe ser eliminada.
— Sí, Prior. Ya hemos comunicado al rey Valerius sobre su llegada. Quiere hablar con usted de inmediato.
— De acuerdo. A la bruja llévenla a prisión. Sin agua, sin comida. No merece ni un bocado tras jugar con los alimentos del Señor. Lo más probable es que la quememos esta misma semana.
Las palabras la atravesaron como un cuchillo a su corazón. La empujaron sin piedad, arrastrándola por pasillos helados. El saco en su cabeza se impregnaba del olor a moho y humedad, mientras las piedras bajo sus rodillas se clavaban en la carne. El hierro de los barrotes chilló al abrirse. La arrojaron dentro del calabozo, con un trapo apretando su boca, las muñecas sueltas y adoloridas por el fuerte amarre.
El silencio fue sofocante. Solo quedaba el goteo constante de agua cayendo en algún rincón oscuro. Diodora sollozaba contra la pared helada, sintiendo que todo se le venía abajo.
El sonido de aquel silbido misterioso, que una vez la protegió, parecía ahora un milagro que no volverá a suceder. Llevó instintivamente las manos hacia su bolsillo, pero no encontró nada. El anillo que Valtor le había dado, su seguro, su salvación, había desaparecido. ¿Lo perdió en la lucha? ¿Se lo arrebataron?
La respuesta no importaba. Sentía que, con él, se habían llevado también al príncipe del bosque. Y en esa oscuridad, las promesas que él le había susurrado se volvían tan vacías como el calabozo donde ahora respiraba sola.