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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
Popularitas:829
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

BUENOS DÍAS, AMOR.

Lauro no durmió.

No del todo. Igual que siempre.

Se acostó, sí. Cerró los ojos. Se tapó con las cobijas, escuchó el murmullo del refrigerador en la cocina, el golpeteo suave del viento contra la ventana. Pero el sueño no llegó.

Cada vez que parpadeaba, ahí estaba su voz.

—Un día, Lauro. Solo uno.

Y la forma en que se lo dijo…

No hubo manipulación. Ni rabia. Ni orgullo.

Solo eso que él ya no recordaba cómo se sentía: ternura.

Se giró sobre la cama por tercera vez. Luego una cuarta. Las sábanas ya estaban frías, y su cuerpo también. Aunque no era eso lo que le impedía dormir.

Se sentó al borde de la cama, con los pies colgando, los codos en las rodillas y el rostro enterrado entre las manos.

¿Qué estaba haciendo?

¿Realmente había aceptado fingir un aniversario?

¿Una tregua de 24 horas?

¿Qué sentido tenía eso?

Y sin embargo… ahí estaba. Esperando que amaneciera.

02:34 AM.

Miró el reloj. Volvió a acostarse.

03:11 AM.

Pensó en Cora, sola en la sala. Se imaginó la luz tenue encendida, su silueta recogida sobre el sillón, los dedos temblando sobre el celular. Tal vez también estaba despierta. Tal vez también pensaba en él.

04:48 AM.

Se levantó. Fue a la cocina. Sirvió un vaso de agua.

Vio su reflejo en la ventana. Tenía las ojeras marcadas, el cabello desordenado, el gesto cansado. Aún así, ahí estaba. El hombre que aún la amaba.

Se recargó en la barra, y su mirada se topó con la taza.

Su taza favorita.

La misma que, años atrás, le dijo que tenía suerte mágica.

“Cuando tomas café en esa taza, nada puede salir mal.”

Una sonrisa casi imperceptible se le escapó.

Qué idiota era.

Volvió a dejar el vaso en su lugar y regresó a la habitación.

06:00 AM.

El despertador sonó, aunque no hacía falta. Lauro ya estaba vestido. Pantalón gris, camisa blanca, suéter de punto oscuro. Se peinó con cuidado, como solía hacerlo cuando aún intentaba impresionarla.

Al bajar las escaleras, la vio dormida en el sillón, en posición fetal, abrazando un cojín. Ya lista pra el trabajo.

El corazón se le apretó.

Cuánto la había amado.

Cuánto la amaba.

Y cuán poco se lo habían demostrado últimamente.

Se acercó despacio. Ella tenía la boca entreabierta, el cabello despeinado y una expresión de tristeza incluso dormida. Le acarició apenas una hebra suelta de cabello con miedo a despertarla.

Pero ella lo sintió, se movió.

Abrió los ojos lentamente y lo vio, dedicándole una pequeñas sonrisa.

—¿Dormiste algo? —susurró, con voz rasposa.

Él negó con la cabeza.

—¿Tú?

—Tampoco mucho —admitió ella, y se incorporó.

Hubo un silencio breve.

Hasta que él habló, sin saber por qué:

—Te preparé café.

Ella lo miró, sorprendida. Pero no dijo nada. Solo caminó hacia la cocina.

Después de unos minutos ahí estaba.

La taza.

Su taza.

Llena, caliente, esperando.

Cora la tomó con ambas manos, como si le diera miedo romperla. La acercó a sus labios y bebió un pequeño sorbo.

Lauro la observo temeroso de que le aventara el café en la cara.

—¿Está bien?

—Perfecto —susurró ella.

Él no dijo nada más. Solo la miró. Había algo diferente en Cora. Algo más sereno.

Ella levantó la mirada y sonrió con un poco de nostalgia.

—Hoy fingimos, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo.

—¿Puedes? ¿Fingir?

Lauro la miró por un largo instante.

—No voy a fingir que te amo, Cora. Porque eso no tendría que fingirse.

Ella tragó saliva. Se quedó en silencio.

Él continuó:

—Pero fingir que somos felices… puedo intentarlo. Por ti. Por mí. Por lo que fuimos.

Ella asintió.

El día había comenzado.

Uno solo.

El último.

—¿Sabes hacer hot cakes o solo café mágico? —preguntó Cora, sentándose en la barra, con la taza aún entre las manos.

—Soy un hombre de muchos talentos ocultos —respondió Lauro desde el refrigerador, sacando un cartón de huevos y una botella de leche.

—Sí, claro… como cuando intentaste hacer pasta al vino y terminamos pidiendo pizza.

—Esa receta estaba mal escrita —alegó, alzando las cejas—. Además, tú casi incendias la cocina intentando hacer brownies sin harina.

Cora sonrió. Una sonrisa chiquita.

—Ok, empate técnico.

Lauro encendió la estufa mientras ella lo observaba. Sacó los ingredientes con soltura, buscando también harina y azúcar en la alacena. Ella no le dijo dónde estaban, y él no preguntó. Parecía recordarlo.

—¿Quieres ayudar o solo vas a mirar?

—Solo mirar. Es parte de la fantasía —dijo, recargando el mentón en su palma—. El esposo amoroso que cocina mientras su esposa admira sus habilidades culinarias inexistentes.

Él soltó una risa breve.

—Estás muy burlona esta mañana.

—Estoy de buen humor.

—¿De verdad? — Preguntó incrédulo.

Hace mucho que Cora no estaba de buenas con el un día.

—Todavía no lo sé —dijo ella, con la mirada fija en sus manos batiendo la mezcla—. Pero está empezando bien.

Él asintió, sin decir nada. Echó un poco de mantequilla en el sartén y la mezcla comenzó a chisporrotear. Un aroma cálido y conocido empezó a llenar la cocina.

—¿Vas a hacer alguna forma especial? —preguntó ella.

—Solo círculos. Los corazones se me deforman.

—Nunca fuiste bueno con las formas —murmuró Cora.

Él la miró de reojo, sonriente.

—Pero sigo intentándolo.

Ella bajó la vista a la taza. Y no dijo nada más.

Lauro volteó el primer hot cake con destreza. Luego preparó otro. Y otro más. El silencio era incómodo pero lindo.

Al terminar, sirvió dos platos. Uno frente a ella, otro en la barra junto a su lugar.

—¿Miel o mermelada?

—Miel. Como siempre.

Se la pasó. Ella roció la superficie con calma. Luego tomó el primer bocado.

Cora pensó en cómo era posible le que si no le gustaban tanto los pancakes los de Lauro siempre le parecieran deliciosos.

—Están buenos —dijo con la boca medio llena—. En serio.

—Tal vez lo mío no era el análisis fiscal. Tal vez nací para esto.

—¿Hot cakes mediocres?

—Hot cakes sinceros.

Ella se rio. No fuerte, no fingido. Solo un sonido leve que le calentó el pecho.

—¿Sabes qué sería bonito? —dijo Cora, tras un rato.

—¿Qué?

—Una broma. Como antes. Una tonta.

—¿Una broma?

—Ajá. Quiero que me hagas reír. Solo una vez. Por si se me olvida cómo se hace.

Lauro se cruzó de brazos, pensativo.

Luego alzó las cejas, muy serio:

—¿Sabías que el café en esa taza se convierte en veneno si lo bebes antes de decir “buenos días, amor”?

Ella lo miró, entre incrédula y divertida.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una regla mágica. Te advertí. Café maldito. Se activa con el sarcasmo.

Cora sonrió. El estaba jugando en su contra.

Pero como si ella no quisiera perder dijó las palabras.

—Buenos días, amor.

Él la miró de frente, sin burlas.

—Buenos días, amor —respondió, muy bajo.

Y aunque se dijeron como broma eran tan ciertas.

ELauroncomenzo a colocar los platos en el fregadero, rompiendo el silencio que se había situado nuevemanete entre ellos. Cora se puso de pie, acomodándose el saco con un gesto automático.

—Voy por las llaves —dijo mientras revisaba su bolso.

Lauro ya estaba junto a la puerta, con las llaves del coche en la mano. Esta vez no habría chofer. Siempre iban con uno desde que Cora había empezado a criticar su manera de manejar, pero esa mañana, sin explicación previa, él simplemente había tomado las llaves. Y ella no dijo nada.

Al salir, Caminaban en silencio, pero no había tensión.

Lauro se adelantó unos pasos y le abrió la puerta del copiloto con la naturalidad de alguien que solía hacerlo antes, que aveces aun hacianpero ella rechazaba.

—¿Crees que tu papá ya esté ahí? —preguntó mientras ella se acomodaba en el asiento.

Cora se detuvo un segundo antes de responder y lo miró, sin dureza, casi con cansancio.

—No tienes que renunciar si no quieres, Lauro. El divorcio no cambia eso.

Lauro se quedó quieto por un momento, la puerta del conductor aún sin cerrar. Dudó en responder. Quiso decirle que él ya había tomado su decisión, que no era por su padre, ni por la empresa, ni siquiera por ella. Pero conocía esa mirada: la de ella cuando no quería discutir, pero aún así estaba lista para hacerlo si la contradecían.

Así que solo asintió.

—Está bien.

Subió al auto. Ella cruzó las piernas y giró la cara hacia la ventana, pero no podía evitar verlo de reojo. Lauro conducía con naturalidad, una mano en el volante y la otra descansando sobre la palanca, aunque el coche fuera automático. Llevaba un suéter oscuro, y las mangas estaban remangadas hasta los antebrazos. Cora se encontró observando detalles que hacía mucho tiempo no notaba: el anillo brillando en su mano izquierda mientras apretaba el volante, el reloj justo al borde de su muñeca, firme, discreto. Los vellos de sus brazos eran oscuros, como su cabello, y se dibujaban en la parte externa de su mano. Esa mano… grande, tan masculina, tan suya.

El perfil de Lauro era perfecto para sus ojos, Las cejas pobladas, el mentón firme, y esa barba de un día sin afeitar que no llegaba a ser descuido, pero que quería ella sentir . Cora suspiró. No porque estuviera molesta o abrumada, sino porque de pronto lo deseó. Así, sin más.

Y sin pensarlo demasiado, le tomó la mano.

Él apenas se sorprendió. Su respiración se alteró un poco, y la miró por el rabillo del ojo, sin apartar la vista del camino por completo. Una parte de él tembló por dentro, ese gesto era demasiado claro para ignorarlo.

Pero no dijo nada. Solo giró su mano suavemente, entrelazando sus dedos con los de ella. Su pulgar acarició apenas la línea entre sus nudillos. Sonrió.

Y siguió manejando.

Apenas bajaron del coche, Cora y Lauro llamaron la atención sin decir una sola palabra, No porque discutieran como era habitual, sino porque Lauro, en lugar de ir directo a la entrada como de costumbre, rodeó el auto, abrió la puerta del copiloto y extendió la mano.

Ella lo miró de reojo, aceptó sin comentarios… y ambos caminaron hacia el edificio tomados de la mano.

Esteban y Alina ya estaban esperándolos afuera. Cada uno con una carpeta bajo el brazo, una lista de pendientes.

Pero hoy… había silencio. Casi paz.

Y fue entonces que Lauro, sin detenerse ni soltar la mano de su esposa, habló sin voltear:

—Después. Dennos cinco minutos.

Los asistentes se quedaron congelados. Literalmente. Como si alguien hubiera presionado “pausa” en sus cerebros.

Alina frunció el ceño y bajó lentamente la carpeta.

—¿Nos mandó a callar?

Esteban parpadeó, todavía mirando cómo sus jefes caminaban juntos como si fueran pareja feliz.

—Nos pidió cinco minutos —repitió, en shock—. Con tono… cordial.

—¿Esto es sarcasmo o estoy teniendo un derrame cerebral?

—No lo sé, pero si en tres días más se piden vacaciones juntos, yo renuncio.

—¿Tú viste lo que vi? —preguntó Alina, mirando la mano de Lauro entrelazada con la de Cora—. ¿O estoy alucinando porque desayuné yogurt vencido?

—Vi lo mismo. Pero si dices algo, nadie te lo va a creer. Yo mismo no me lo creo.

Los siguieron discretamente, o eso creían ellos, hasta la puerta principal del edificio. Entonces, justo antes de separarse para entrar a sus oficinas, Lauro se detuvo, Cora le acomodó el cuello de la camisa que sobresalía del suéter y Lauro le colocó un mechón detrás de la oreja a Cora y le dijo algo al oído. Ella sonrió. De verdad.

Esteban bajó la vista como si acabara de ver algo indecente.

—¿Le dijo algo bonito? ¿Qué es esto, el día de los esposos rehabilitados?

—No, no. Esto es una alerta. Cuando algo parece bien entre ellos… algo muy malo se está cocinando.

—¿Y si es una tregua antes de la guerra?

—O un “vamos a fingir ser civilizados mientras enterramos a alguien en el sótano de Legal”.

—Uf. Suena más creíble eso.

Ambos se quedaron mirando cómo los jefes se separaban cariñosos.

Entonces, ambos asistentes suspiraron al mismo tiempo.

—Algo va a explotar. Lo huelo. —dijo Alina, sin despegar los ojos del pasillo.

—Y lo peor es que no sé si quiero estar aquí para verlo o no perderme el espectáculo —respondió Esteban.

Pero no hubo tiempo para más análisis.

—Alina. —La voz de Cora atravesó el aire con precisión quirúrgica.

—Esteban. —Lauro no tuvo que alzar la voz; bastó el tono exacto.

Ambos se enderezaron, se miraron como soldados al borde del campo de batalla y desaparecieron tras sus respectivas puertas.

Uno pensando que algo se había roto.

El otro, que algo acababa de comenzar.

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