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Ricco: Heredero Del Caos

Ricco: Heredero Del Caos

Status: Terminada
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:297
Nilai: 5
nombre de autor: ESTER ÁVILA

Ricco Salvatore nació en la cima de la cadena.
Heredero de una de las familias más temidas de España, lleva el caos en la sangre y el peligro en la sombra de cada paso.

Pero el día en que una joven empleada doméstica se desmaya en el baby shower de su cuñada, revelando un mundo de agresiones escondidas bajo maquillaje y silencio… Ricco ve algo para lo cual ningún imperio lo había preparado:

Vulnerabilidad. Pureza. Y un valor silencioso.

Ana Lua, criada en la periferia, lo perdió todo; los padres huyeron a México, el hermano la odia y la maltrata, y el novio se volvió cómplice del dolor.

Ricco la salva una vez. Luego, otra.
Y cuando empieza a descubrir su pasado, intenta impedir que sufra, mientras ella trata de empezar de nuevo. Entonces se da cuenta de que la cercanía y la protección pueden ser tan peligrosas como los golpes que recibía.

Porque Ricco Salvatore no sabe jugar.
Él cuida. Él protege.

Y cuando ama, es hasta el final, o hasta la destrucción.

NovelToon tiene autorización de ESTER ÁVILA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Salí del edificio con las manos en los bolsillos y el pecho oprimido, como si algo mío se hubiera quedado allí dentro. O mejor... alguien.

La madrugada era cálida, pero dentro de mí parecía que quemaba. Una rabia contenida, una urgencia silenciosa, una voluntad absurda de resolver el mundo entero con las propias manos. Pero también... una paz extraña. Una sensación nueva que aún no sabía nombrar.

Ella estaba segura ahora. Por primera vez en mucho tiempo, Ana Lua estaba en un lugar limpio, silencioso, solo suyo.

Y eso debería ser suficiente para calmarme.

Pero no lo fue.

—¿Lo sientes? —la voz de Léo, mi soldado de confianza, cortó el silencio del coche así que entré.

Rodé los ojos.

—¿Sentir qué? —cuestioné sin entender.

—Olor a hombre preso. De corazón rendido. Está en el aire, hermano. —Él rió, sin pudor, acomodándose en el asiento del pasajero. —Eso que estás sintiendo es el inicio del fin.

—Cállate, Léo, no estoy sintiendo nada. —murmuré, mirando la carretera. —La chica necesita ayuda. Solo eso, para mí es como ayudar a mi hermana.

—Ajá. Igualito a tu hermana. Solo que no. —Él rió más alto. —¿Si es hermana, por qué la mirabas como si el mundo fuera a prenderse fuego si alguien la tocaba?

Me quedé en silencio por dos segundos. Tres. Lo suficiente para que él notara que la broma había acertado donde no debía.

—Vete a la mierda, Léo. —gruñí. —Ella está traumatizada, frágil. Necesita apoyo. Y yo tengo condiciones de dar eso. Punto final.

—Claro. Todo general enamorado empieza así. "Es solo apoyo", "es solo cuidado", y cuando ve ya está soñando con alianza en el bolsillo. —Él rió de nuevo y entonces paró. —Solo ten cuidado, Ricco. Ella no es de tu mundo.

—Lo sé. —rebatí, más seco de lo que quería.

Pero la verdad era que... lo sabía, sí. Y aun así, aquella chica había invadido mis pensamientos con la delicadeza de un vendaval. Y eso me dejaba en alerta.

Sacudí la cabeza, encendí el coche y disparé:

—Vamos. Tenemos cosas más serias que resolver. Quiero hablar con Eduardo aún hoy.

—¿Sobre qué tan tarde? —reclamó él con la intimidad que sabía que tenía.

—La seguridad del galpón nuevo. Los camiones que desaparecieron la semana pasada. Y la puta facción que anduvo acercándose a nuestro territorio, si tienes sueño, vuelve a casa, la madrugada es una niña.

—Ah, finalmente. De vuelta al infierno. —Léo sonrió, irónico. —Ya estaba pensando que ibas a jubilarte para montar cuna rosa.

No respondí. Solo aceleré.

Pero, por dentro, aún sentía.

El peso de la mano de ella en la mía. La mirada desconfiada rindiéndose. La pregunta que aún resonaba: "¿Prometes que no vas a querer nada a cambio?"

Y yo había prometido. Por Dios, yo había prometido.

Y si hay algo que nunca rompo... es mi palabra.

La casa de Eduardo estaba como siempre. Silenciosa demasiado para un hombre que vive rodeado de guerra. Los detalles todos impecables, como si el orden allí dentro fuera la compensación por el caos que nosotros aguantamos del lado de afuera.

Entré sin llamar. Él ya me esperaba, copa de vino en la mano y aquella mirada de quien sabe cuándo la tempestad está llegando, aunque aún parezca solo brisa.

—Dos camiones desaparecieron. —él habló así que lancé mi abrigo en el respaldo del sofá. —Gente del norte se está acercando. Quieren el puerto.

Asentí, los hombros tensos. Ya lo imaginaba.

—Activa el grupo de Axel. Quiero dos hombres más en cada entrada. Si pisan en falso, nosotros derribamos el tablero antes incluso de empezar el juego.

—Hecho. —él dijo, pero mal terminamos el intercambio de informaciones y la puerta de la sala fue abierta con fuerza.

Mirella.

Vino como vendaval.

—¿Dónde está ella? —cuestionó tensa, mandona y preocupada.

Ni me moví. Solo levanté los ojos, firme.

—Está segura. En uno de mis apartamentos. Va a quedarse allí el tiempo que necesite. Va a estudiar, respirar, recomenzar... en paz.

—¿En uno de tus apartamentos? —ella cruzó los brazos, ojos chispeando. —Entonces ¿quiere decir que ella forma parte de tu vida ahora? —yo no la culpaba de pensar eso, de achar extraño, siendo que yo nunca aparezco involucrándome en cosas que no son asunto mío.

Respiré hondo. Bloqueé todo lo que quemaba por dentro.

—No. Ella va a formar parte de la vida de ella. Yo solo... estoy dando una oportunidad que nadie dio antes.

Ella frunció la frente, como si tragara un gusto amargo, pero quien interrumpió fue Eduardo.

—Ricco no se involucra con nadie desde...

Giré el rostro en la hora, cortando la frase con la lámina de mi voz:

—No. No vamos a hablar sobre eso.

Silencio. Cargado. Demasiado familiar.

Saqué las llaves del bolsillo. Ya había dicho todo.

—Voy a salir un poco. La cabeza está llena.

—Ricco... —Eduardo llamó, pero no insistió. Él sabe.

Salí por la puerta, el aire de la noche golpeando en el rostro como una bofetada sobria. Entré en el coche. El motor ronroneó bajo. La ciudad aún pulsaba allá afuera, pero dentro de mí... silencio.

Yo no sé qué es esto. No sé lo que ella despertó.

No era amor.

No podía ser.

Pero tampoco era solo compasión.

Ella... me atravesó.

Y ahora, proteger a Ana Lua...

No era orden.

No era misión.

Era promesa.

Hecha con los puños, con el silencio... y con el corazón que yo juré que nunca más iba a usar.

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