Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 9. CELOS DE UNA SOMBRA
La noche cayó sobre la ciudad trayiendo consigo el esperado momento de aislamiento para Estela. Tras arropar a su madre y dejar una pequeña luz encendida en el pasillo, se retiró a su santuario. El aroma sutil de la rosa roja seguía flotando en el ambiente de su dormitorio, un recordatorio constante de que su vida ya no era la misma de antes. Se sentó en la cama, cruzando las piernas, y esperó con el teléfono móvil entre las manos. No pasaron ni diez minutos cuando el dispositivo comenzó a vibrar con una llamada de número oculto.
Estela deslizó el dedo por la pantalla de inmediato, pegando el auricular a su oído con una sonrisa que ya no podía ocultar.
—Hola, Estela —la voz profunda, aterciopelada y melódica de David inundó el receptor, provocándole el familiar escalofrío de placer por toda la columna—. Estaba deseando que llegara esta hora para poder escucharte. ¿Cómo ha ido tu lunes?
—Hola... —respondió ella, exhalando un suspiro que delataba su agitación—. Ha sido un día un poco extraño, la verdad. He salido a hacer unos recados por la mañana y... me ha pasado algo que me ha dejado la cabeza dando vueltas. Creo que necesito contártelo, aunque me da un poco de vergüenza.
Al otro lado de la línea, en la intimidad de su hotel, David esbozó una sonrisa triunfal, acomodándose en el sofá mientras cruzaba las piernas. Sabía perfectamente de qué iba a hablar, pero tuvo que esforzarse al máximo para mantener el tono sereno, maduro y enigmático de su personaje telefónico.
—¿Ah, sí? —preguntó David, fingiendo una curiosidad inocente—. Cuéntame. Sabes que puedes decirme lo que sea. Soy tu refugio de medianoche, ¿recuerdas?
—Es una tontería, seguro, pero... iba distraída mirando el móvil en la esquina de la librería y he chocado de frente con un chico —comenzó Estela, mordiéndose el labio inferior—. Ha sido un impacto bastante fuerte, se me han caído todos los papeles al suelo. Él iba con una gorra y gafas de sol, apenas se le veía la cara. Pero lo extraño fue que, al agacharnos para recoger las cosas, nuestras manos se han rozado.
David contuvo el aliento de forma deliberada, disfrutando del sutil vuelco que daba la situación. Escuchar a la chica que le gustaba hablar del encuentro que él mismo había provocado era una experiencia fascinante.
—¿Y qué pasó con ese roce, Estela? —inquirió David, bajando el tono de su voz a un susurro casi imperceptible, arrastrando las palabras con una calculada pizca de solemnidad—. ¿Te ha gustado ese desconocido de la calle?
—¡No! No es eso... bueno, no de la forma en que piensas —se apresuró a aclarar ella, sintiendo que las mejillas le ardían en la penumbra de su cuarto—. Es solo que sentí una especie de descarga eléctrica, una energía muy extraña que me recorrió el brazo. Me quedé helada. Me asusté porque... sentí que te estaba fallando a ti. Llevo días enamorándome de tus palabras, de tu voz, de la magia que me envías desde las sombras, y de pronto llega un extraño en una esquina, me toca la mano y me hace temblar. Me siento fatal. Siento que soy una tonta inmadura que se confunde con cualquier cosa.
David cerró los ojos, tocándose la frente con la mano libre. Una oleada de inmensa ternura y un orgullo secreto le llenaron el pecho. No eran celos reales, por supuesto, eran celos de sí mismo, una paradoja maravillosa. Ella se sentía culpable por haber sentido una conexión física con el mismo hombre que la tenía enamorada en el plano espiritual. El disfraz de la gorra y las gafas había funcionado tan bien que ella había separado por completo ambas identidades.
—No tienes por qué sentirte culpable, mi bella espectadora —respondió David con infinita dulzura, modulando su voz para transmitirle una paz absoluta—. El cuerpo humano reacciona a los estímulos del mundo exterior, es pura biología. Un choque fortuito, la adrenalina del susto... es normal que sintieras una vibración. Pero me conmueve profundamente que pienses en mí incluso en esos momentos. Eso me demuestra que lo que estamos construyendo aquí dentro es real, mucho más fuerte que cualquier tropiezo en una acera. No te castigues, Estela. No me has fallado en nada.
Estela se recostó contra las almohadas, soltando el aire que retenía en los pulmones. Las palabras de su Fantasma eran siempre el bálsamo perfecto para sus inseguridades.
—Eres demasiado bueno conmigo —susurró ella, acariciando la sábana—. A veces me da miedo que seas solo un sueño. Deseo tanto que llegue el día en que pueda mirarte a los ojos sin pantallas ni teléfonos de por medio.
—Ese día llegará, te lo prometo —dijo David, y esta vez su voz arrastró una nota de absoluta seriedad y promesa—. De hecho, creo que ya es hora de que des el siguiente paso para acercarte un poco más a mi mundo. Mañana recibirás algo en tu puerta. Quiero que vuelvas al lugar donde cruzamos nuestras miradas por primera vez.
—¿Al teatro? —preguntó Estela, incorporándose de golpe con los ojos muy abiertos.
—Al teatro —confirmó él con una suave sonrisa en la voz—. Pero esta vez, las reglas las pongo yo. Descansa, Estela. Sueña con la música.
Al día siguiente, a media tarde, el protocolo del misterio se repitió con precisión matemática. El timbre de la casa sonó y, como ya era costumbre, Estela encontró un sobre elegante de color negro sobre la alfombrilla del rellano. Lo llevó corriendo al salón y lo abrió con dedos ansiosos. En el interior había dos entradas VIP doradas para la función de El Fantasma de la Ópera del próximo viernes, pero estas no eran para la primera fila. Eran para el Palco Principal número 5, un espacio privado, exclusivo y apartado del resto del público general.
Junto a las entradas, una nota escrita con la impecable caligrafía en tinta negra dictaba las nuevas condiciones del juego:
«Te espero el viernes en el Palco 5, mi bella Estela. Ve acompañada de tu amiga Laura para que te sientas segura. Estarás en un lugar reservado solo para ti, donde podrás disfrutar de la obra desde las alturas. Pero tengo una petición especial para esa noche, una condición para mantener nuestro pacto: quiero que lleves puesto un vestido de color rojo encendido. Quiero poder buscarte desde el escenario y saber exactamente dónde estás, contemplando la luz de mi musa entre la penumbra del teatro. Tu admirador desde las sombras».
Estela apretó la nota contra su pecho, con el corazón desbocado por la emoción. ¡Un vestido rojo! ¡El Palco 5! El nivel de romanticismo y misterio de aquel hombre estaba alcanzando cotas cinematográficas. Era una invitación en toda regla a su cubil, un pase privado hacia su arte, pero manteniendo el velo de su identidad intacto.
Inmediatamente, llamó a Laura para darle la noticia. Al escuchar los detalles del palco privado y la exigencia del vestido rojo, Laura soltó un grito de pura película americana a través del auricular.
—¡No te lo puedo creer! —chilló Laura, entusiasmada—. ¡Esto es una locura total, Estela! El Palco 5 es el más caro y exclusivo de todo el teatro. Ese hombre no es un simple trabajador, te lo aseguro. O tiene muchísimo dinero o es alguien con una influencia brutal en la compañía. ¿Y lo del vestido rojo? ¡Es súper pasional, súper dramático! Amiga, nos vamos de compras mañana mismo. Vas a buscar el vestido rojo más espectacular de toda la ciudad. Si ese misterioso hombre te va a mirar desde la oscuridad, vas a hacer que se le pare el corazón en mitad del escenario.
Estela reía, contagiada por la arrolladora energía de su amiga, pero por dentro, una dulce expectación comenzaba a inundarle el alma. El viernes volvería a escuchar al Fantasma cantar sobre las tablas, sabiendo ahora que cada nota de amor iría dirigida explícitamente hacia ella, oculta en la penumbra del palco VIP bajo el color de la pasión. El juego de la doble identidad estaba a punto de entrar en un terreno sumamente peligroso y emocionante, y ninguno de los dos estaba dispuesto a dar marcha atrás.