Narra la historia de Eliza Valantine, una mujer ruda de los barrios bajos que terminará reencarnando en Ofelia, la villana de secundaria de una novela que leyó. La Ofelia original era una mujer sin dignidad que drogó al protagonista, obligándolo a casarse con ella. Esta nueva Ofelia es una mujer empoderada, ruda y fuerte de pies a cabeza que no necesita usar a un hombre para ascender. No se deja de nadie y no necesita un héroe que la salve; ella es su propio héroe.
Si te gustan las protagonistas poderosas que reparten bofetadas a diestra y siniestra, quédate aquí.
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9Enfrentamientos
Una amiga de Theo llamada Adriana se acercó a nosotros.
Bruno fue a tomar una llamada, Elza volvió a su clase y Aurora entró al auto. Theo se quedó a mi lado, yo estaba apoyada contra la pared, mientras revisaba los mensajes en mi teléfono. De repente, una chica de cabello rubio recogido en una coleta se acercó a Theo con una sonrisa forzada.
—«Oye, Theo», —dijo ella, jugueteando con el collar de perlas blancas que llevaba al cuello.
—«Mi prima hace una fiesta esta tarde en su casa, con música y todo. ¿Te vienes?», —dijo la chica con una sonrisa.
Theo se encogió de hombros, a punto de responder, cuando alcé la vista. Mi mirada se clavó en el collar: las perlas tenían un tamaño irregular, con un cierre de oro amarillo en forma de corazón , el mismo que yo había visto en las fotos de la madre de Theo, quien había fallecido hace años.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, yo me acerqué con paso firme. Agarré el collar con precisión y lo arranqué de un tirón, haciendo que la chica diera un paso atrás con un grito de sorpresa.
—¡Eso no te pertenece! —exclamé, sujetando el joyero con la mano temblorosa por la rabia.
—«Theo, ¡es el collar de tu mamá! Esta chica es una ladrona!», —grité furiosa.
La joven se puso roja como un tomate, moviendo los labios sin poder articular palabra. Theo se quedó helado, mirando el collar en la mano de Valentina con los ojos llenos de lágrimas. Reconocía cada perla.Recordaba cómo su madre se lo ponía cuando iban a pasear por el parque.
—«¿De dónde lo conseguiste? »—pregunté ahora con la voz más baja, pero igual de enojada.
—«¿Se lo robaste a Theo, o lo encontraste y decidiste quedártelo? —pregunté furiosa.
La chica bajó la cabeza, mordiéndose el labio inferior. Mientras tanto, Theo se acercó a tomar el collar con cuidado, pasándoselo alrededor del cuello como si fuera un talismán.
La chica soltó un suspiro entrecortado y, finalmente, alzó la cabeza; las mejillas aún rojas de vergüenza.
—«No… no lo robé. Theo me lo dio… hace una semana. Dijo que no lo quería más, que le recordaba demasiado a ella…» —dijo la chica con la voz temblorosa.
Yo me quedé muda por un instante, volviéndome hacia Theo, quien ahora miraba el suelo con la cara oculta por el cabello. El collar brillaba suavemente contra su camiseta gris.
—¿Es cierto? ¿Por qué lo hiciste, cariño? »—pregunté con voz suave, acercándome a él y colocando una mano sobre su hombro.
Theo tragó con dificultad antes de responder, las lágrimas ahora rodando por sus mejillas:
—Cuando la veo en las fotos, me duele mucho, y Adriana dijo que se lo pondría siempre con mucho cariño… pensé que así mi mamá estaría bien cuidada —dijo entre sollozos.
Adriana, la chica rubia, asintió con la cabeza, secándose una lágrima propia:
—«Lo sé, es muy especial… yo también perdí a mi abuela el año pasado, y sé cómo se siente tener algo que te recuerda a alguien que amas. No quería quedármelo para mí, solo… cuidarlo.»
Yo sentí cómo la rabia se disipaba, reemplazada por una sensación de tristeza y cariño. Tomé la mano de Adriana con suavidad.
—Perdóname por acusarte. ¿Te gustaría que, de vez en cuando, Santiago te lo preste para que lo uses? Así pueden cuidarlo —le dije con una sonrisa.
Adriana sonrió tímidamente mientras asentía, y Theo echó un brazo alrededor de ella; fue entonces cuando comprendí que Theo estaba enamorado de esa chica. Bruno regresó de hacer su llamada.
—«Ofelia, tenemos que regresar; esta noche hay un banquete familiar, tenemos que ir juntos. Además, debemos ir a la compañía para que presentes tu carpeta para crear ropa sintética» —exclamó Bruno con prisa.
Finalmente anocheció y llegó la hora del banquete. Bruno, Theo y Elza se adelantaron; yo decidí llegar un poco más tarde.
Sasha Owen, la villana de esta historia, también llegó al banquete. Ella llegaba en un año, pero todo se adelantó.
El salón de cristal y mármol del club estaba lleno de murmullos de admiración cuando Sasha Owen hizo su entrada. Vestida con un vestido rojo de seda que marcaba cada curva de su figura, con su cabello hermoso suelto y joyas de que brillaban como brasas, acaparó todas las miradas. Los invitados se apartaban para dejarle paso, y hasta los hermanos de Bruno —Theo, Elza y Aurora— levantaron las cejas de sorpresa ante su imponente presencia.
—¡Qué belleza, Sasha! —dijo Aurora en voz baja, mientras Bruno permanecía inmóvil en su asiento, su expresión tan fría como siempre.
Sasha:
Sasha sonrió con suficiencia, saludando con una mano adornada de anillos de oro. Estaba a punto de dirigirse a la mesa principal cuando el sonido metálico y preciso de tacones golpeando el suelo de mármol blanco cortó el aire.
Las puertas se abrieron de par en par, y allí estaba yo — Ofelia Sánchez—. Mi vestido plateado fluía como un río de estrellas encendidas, con un escote en V profundo que resaltaba mi porte real. Mi cabello rubio platinado caía en ondas suaves sobre mis hombros, mis ojos azules brillaban con una seguridad inquebrantable y mis labios de color carmesí se curvaron en una sonrisa sutil pero contundente. Cada paso era una declaración: hombros erguidos, columna recta, moviendo mi cuerpo con la gracia de una soberana que regresa a su trono.
Ofelia:
El murmullo del salón se convirtió en un silencio absoluto. Theo soltó la copa de jugo que sostenía, y Elza se llevó las manos a la boca. Bruno, que hasta ese momento había mantenido su expresión impasible, quedó petrificado en su asiento —sentía cómo su corazón, que llevaba años latente, se aceleraba con fuerza, golpeando contra sus costillas como si quisiera escapar. Sus ojos no podían apartarse de mí, maravillado por la mujer con la que se había casado pero que nunca antes había visto así.
Sasha se volvió con un movimiento brusco; su rostro se tensó hasta quedar casi pálido, solo que sus mejillas ardían de ira. El brillo de su vestido rojo pareció desvanecerse frente a mi resplandor plateado; los invitados que hasta hace un momento la alababan ahora miraban con la mandíbula caída hacia la entrada. Intentó sonreír, pero sus labios se torcieron en una mueca de fastidio que no pudo ocultar.
Mientras yo avanzaba hacia la mesa, el sonido de mis tacones resonaba como un tambor que marcaba el fin de la sombra que Sasha había intentado proyectar sobre el banquete.
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